Comentario 0

Uñas anchas

El timbre del celular interrumpió la clase vespertina que daba Héctor. Con una señal de su mano, el maestro les concedió cinco minutos libres a los estudiantes, que recargaron sus brazos en la mesa del pupitre y dejaron descansar el lápiz. Héctor salió del salón. La voz angustiada de su mamá se escuchó en la línea, sollozando —Los volví a ver, m’hijo, ahorita que salí a echarle el agua a las plantas, tienes que venir, por favor. —Sí, mamá, no te preocupes, en cuanto termine esta materia voy a tu casa. —Rápido, hijo, que no quiero entrar. Héctor colgó. Su rostro de fastidio se contraponía a la voz de súplica nerviosa de su madre, ansiosa por que le creyeran de una vez. Doña Helena había salido a su patio trasero para tirar una sopa de pollo Campbell’s que tenía tres días en una vieja cazuela sobre un quemador de su estufa. La vació en una gran macetera redonda en el centro del patio, en la que crecía toda clase de yerbas. Acostumbraba tirar ahí los desperdicios para que se los comieran los gatos. Luego de vaciar la cacerola, doña Helena levantó la vista entre las penumbras. Se quedó rígida cuando, en la sombra, vio una forma humana, de pie, cerca de la barda, en una esquina donde se encontraban sus cerros de ropa vieja, electrodomésticos, recipientes de plástico y muebles decrépitos a merced de los elementos. Un grito hizo correr a la silueta lóbrega, que desapareció entre los montones de cacharros. Otra figura humana escaló el muro con la agilidad de una araña en persecución y luego se perdió en el patio del vecino. Helena corrió de vuelta al interior de la casa para llamar a su hijo. En los últimos dos meses, eran tres las ocasiones en que avistaba algo similar.

Héctor le mandó un mensaje a su hermano Ulises, quien probablemente se encontraba en servicio cerca de la zona. “Échale una vuelta a mi mamá, dice que vio gente otra vez, yo ahorita voy para allá”, decía el mensaje. Ulises leyó el texto y resopló. Puso su vista al frente, hizo una mueca y luego encendió los códigos de la patrulla. Llegó en cinco minutos a la casa de su madre, quien se encontraba en el oscuro portón del frente. —Qué haces aquí, ya le hablé a tu hermano. —Me mandó un mensaje, dice que los volviste a ver. —Sí, pero le hablé a él, no a ti, yo sé que tú no me crees y tu hermano dijo que en un rato más viene, ándale, vete, debe haber mucho trabajo en la calle—. Doña Helena miraba alrededor cuando le dirigía la palabra a Ulises, con los brazos cruzados. Las últimas veces que la había visitado, ella le había reprochado que no le creyera sobre las personas que decía ver en el patio de atrás, mientras él le recriminaba por los montones de basura, ropa vieja y cachibaches que acumulaba en todos los cuartos de la casa. El páramo perfecto para los gatos y las plagas, le decía.
De camino a casa de su mamá, Héctor llamó a Artemisa, una amiga, psicoterapeuta y compañera de la universidad que se había especializado en el tratamiento del Síndrome de Diógenes o de acumulación compulsiva. Ella respondió con prontitud y su ilusionada y risueña voz se escuchó en las bocinas del auto. Héctor le propuso revisar, de una vez por todas, el caso de su mamá. Para Artemisa fue el pretexto perfecto para ver de nuevo a Héctor, de quien estuvo enamorada en la época de la licenciatura. Acordaron verse al día siguiente. El vehículo se detuvo frente a la patrulla que Ulises conducía esa noche. Doña Helena se lanzó a los brazos de Héctor y se echó a llorar. Él y Ulises intercambiaron miradas. Ulises se encogió de hombros y la patrulla arrancó la marcha perdiéndose al final de la calle, mientras Héctor se quedó con su madre en la banqueta. Hubiera detestado entrar a un lugar que ni siquiera tenía un resquicio para sentarse y platicar con ella. Ahí mismo le habló de Artemisa y ella aceptó ayudar.

A la mañana siguiente, después del desayuno, Héctor regresó a casa de su madre. Detrás de él, Artemisa. En el pórtico de la casa estaba doña Helena, con su bata afelpada, gris, y sus chanclas de pata de gallo, recubriendo con sus manos una taza de café. Artemisa no pudo saludar a Héctor como quisiera haberlo hecho. No así, ni ahí, frente a una mujer de casi sesenta años de edad cuyas ojeras amoratadas revelaban una noche de insomnio. Ambos se sonrieron y caminaron hasta doña Helena. En el porche había tres sillas dispuestas que ella la anciana señaló con la mano. Después de presentarse y de rechazar amablemente el café de la sexagenaria, Artemisa, con un gesto, pidió a Héctor que las dejara un momento a solas. Repasaron su historia y, gradualmente, como una ampolla a punto de reventar, la mujer llegaba al meollo de sus problemas.

***

Doña Helena había nacido en Zacatecas pero migró a la frontera a sus quince años, luego de casarse con Néstor, su primer novio, su amor verdadero desde que cursaron juntos la secundaria. Ambos se escaparon porque sus papás no aprobaron el noviazgo. Cuando llegaron a la ciudad comenzaron a trabajar en una ferretería y luego en una tortillería, doblando en la esquina de la casa. Tuvieron dos hijos. Don Néstor comenzó a vender artículos de segunda en los mercados ambulantes de la ciudad y doña Helena lo acompañaba devotamente. Ella le ayudaba a comprar otros artículos en remate para arreglar, reacondicionar y revender. Su vida transcurrió sin lujo ni aventura, salvo cuando sus hijos se perdían en el mercado sobre ruedas. Solían ir a la playa en verano y a don Néstor le gustaba contemplar los atardeceres en el desierto. Un día, luego de regresar de unas vacaciones de Semana Santa, decidió ir a vender sus cosas al pueblo cercano a la playa. Con una paupérrima venta que gastó en gasolina, don Néstor regresaba a la ciudad cuando una llanta de la vieja camioneta explotó al circular en un tramo recto. Tres vueltas desperdigaron las cajas y rociaron por en el llano los electrodomésticos de segunda, los zapatos usados, las bolsas de ropa seminueva y las figuritas de plástico de personajes de caricaturas. Héctor y Ulises tenían once y nueve años en ese entonces. Doña Helena llegó al lugar del accidente con ayuda de un vecino que le dio un aventón. Con el grito ahogado y la mirada atormentada, observó la mercancía tirada sobre el pavimento y comenzó a recogerla. Las manos se humedecían con sus lágrimas, mientras hincada sobre el asfalto, hacía bultos con las cosas que habían salido de las cajas. A unos pocos metros estaba la camioneta, sobre su propio toldo, rodeada de cinta amarilla. Se acercó a verla en silencio y a partir de aquello, la vida familiar cambió para siempre.

***

Para Artemisa, el punto de partida del problema de doña Helena era claro. Desde entonces padecía diabetes, la que había sido la mayor preocupación de sus hijos, quienes se independizaron prematuramente por no soportar más esa casa tan depresiva. En los últimos diez años, doña Helena había acumulado desperdicios caseros y otras cosas que compraba en los mercados ambulantes. Si dejaba ir sus posesiones, tendría que enfrentar el duelo y la pérdida de su amado Néstor. Aunque le sugirió concertar más sesiones, Artemisa le adelantó que tal vez las siluetas que veía en casa eran una proyección de sus hijos, que no pudieron estar en el hogar por mucho tiempo luego de la muerte de su padre. Que tal vez su mente se esforzaba en verlos jugar de nuevo en el patio trasero. Doña Helena, confundida, le dijo que se trataba de personas que buscaban robar sus objetos de valor y que seguramente, como nadie le hacía caso, habrían estado viviendo en su patio desde quien sabe cuándo. Quedaron de ver el tema en una futura sesión. Terminada la plática, Artemisa se acercó a Héctor y éste le dijo que sus visiones seguro eran algún tipo de paranoia. —Me basta con que la convenzas de que tenemos que deshacernos de este cuchitril. —Sí, Héctor, pero a veces estos problemas requieren tiempo. —Yo entiendo, pero urge que saquemos la basura, con su enfermedad y hacinada entre estas porquerías no le debe quedar mucho tiempo…

Artemisa asintió con una sonrisa gentil.

Héctor y Ulises pagaron a dos conductores de camiones de volteo para recoger la basura de la casa de doña Helena. Luego de otras sesiones, Artemisa logró progresar con ella y obtuvo su permiso para despejar un poco, sólo un poco ciertas partes de la casa. Comenzaron en la sala, pasaron a la cocina y dos de las recámaras. Los camiones se llenaron rápido con sillas de playa olorosas a orina de gato, cajas con periódicos viejos y mojados, televisiones desarmadas, escritorios sin patas, esqueletos de alambre de colchones, impresoras inservibles, zapatos doblados como una U, escombro, tablas húmedas, tostadoras pateadas, adornos de navidad enmohecidos y varios metros cúbicos de ropa vieja y hedionda. Las dos pesadas unidades partieron al relleno sanitario pero regresarían para llevar otras cargas similares. Una lágrima llegó al labio sonriente de doña Helena. Aunque se habían llevado sus cosas, sus ojos volvieron a ver lo más parecido a la casa que compartió por tantos años con su esposo Néstor. Sus ojos vidriosos miraron de nuevo esa sala, ese comedor, esa recámara, que aunque requerían de una limpieza a ultranza, volvían a ser las de antaño. Héctor y Ulises salieron al patio posterior, se llevaron las manos a la cintura, tomaron aire y echaron un vistazo a los grandes cerros de chatarras y ropa que se alzaban a más de metro y medio, en el gran espacio en el que solían jugar de niños. Comenzaron a separar algunas la basura para cargarla en los camiones en cuanto regresaran. Ulises se acercó a los cúmulos de la esquina, que habían formado un pequeño laberinto de pasillos. Se quedó boquiabierto, con el rostro desencajado. Junto a la barda, encontró varias jeringas, condones usados, latas vacías de atún, un par de velas, cucharas hollinadas y ropa abultada en forma de almohada sobre una hoja de cartón. A medio metro de ahí, cerca de otra montaña de desechos, vio heces demasiado grandes como para ser de los gatos. Héctor se acercó y por unos segundos los dos se quedaron sin habla. Escucharon las voces de Artemisa y doña Helena a lo lejos. Apresurados, tomaron pala y escoba, asegurándose de que esa fuera la primera zona del predio en ser limpiada.

Sobre el autor

Es periodista y fotógrafo de profesión. Por añadidura y proclividad, es escritor y narrador de cuento y relato breve, aunque tenga novelas y libros iniciados que cree que algún día terminará. Es bajacaliforniano orgulloso y amante del Mar Bermejo. Estudió Ciencias de la Comunicación en la UABC. Entusiasta del café y la escritura de no ficción. Por su oficio, suele escribir sus relatos inspirados en hechos reales, en la vida de personajes que ha conocido o en lo que suele ver diariamente en la árida y malograda Mexicali, convencido de su potencial de lo absurdo. Ha publicado en algunas revistas de distribución nacional e internacional, así como en la antología Baja Noir: confesiones escritas.







Artículo de: ESCRITURAS

Deja un comentario