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Hibridación y radicalidad

La virgen cabeza (recién publicada en México por Nitro/Press) es una novela delirante. Fue escrita por la bonaerense Gabriela Cabezón Cámara. Su registro construye personajes, espacios y temas desde una visión radical e híbrida del mundo. Radical, porque aborda con un lenguaje crudo lo grotesco de la pobreza, la siempre latente criminalidad (muchas veces homicida) y el dolor y resolución de sus personajes.

Por otra parte, practica la hibridez, en la configuración de Cleopatra, un travesti que cree poder hablar con la virgen; este personaje habita casas lumpen de una zona marginal de los suburbios argentinos. Es cantante de un género musical denominado óperacumbia, cuya fama le llevará a recorrer Latinoamérica y, eventualmente, a toparse con Qüitty, otro de los personaje principales. Qüitty, cuya nostalgia por la carrera en Letras Clásicas no termina de resolver, es reportera y explora las zonas más peligrosas de la ciudad, buscando un nota periodística que mejore su salario. Así, Celo y Qüitty, convergen y son desarrollados a lo largo del texto.

Hablamos de una visión radical e híbrida en esta reseña porque son los códigos que modelan, en grandes términos, la pieza novelística de la escritora argentina. Sin embargo, en la obra también coexisten altas expresiones del amor humano. El poso es el lugar donde Cleo predica a sus habitantes hendidos en la miseria; es allí, donde se predica sobre la voluntad de la virgen: no robar, no drogarse, salir a venerar y aplaudir a la divinidad con un afecto que  surge desde un espacio que se revela, a su vez, como el núcleo de la opresión.

Porque El Poso, lugar donde  habitan los más desposeídos de la ciudad, es constantemente acosado por la verticalidad de la civilización. La escritora enfoca su atención en las zonas donde el sujeto subalterno habita. Sujeto que es constantemente acosado por policías y balas perdidas, muertos y por noticieros que anuncian y denuncian la degradación en aquellas esquinas olvidadas de la ciudad.

 

 

No obstante, es ahí mismo, en El Poso, donde se produce el clímax; aquí la escritora decide asentar una narrativa de la redención humana, de la filiación de los sujetos, de la salvación, del amor, de una alternativa travesti-religiosa del mundo. He allí la radical hibridación de esta novela que también se despliega en su construcción formal: 25 capítulos y un epílogo. La mayoría de estos apartados inician con un poema al estilo spanglish con jergas porteñas.

La virgen cabeza, aparte de hacer un planteamiento que subvierte muchos de los códigos que habitan en la convención social, también formula un saneamiento ético del mundo, logra generar un lenguaje riquísimo en el cual, como lectores, podemos presenciar su textura narrativa o su textura lírica, muchas veces indiferenciables en esta novela.

Los lectores, al momento de enfrentarse al primer capítulo, titulado “Qüity: «Todo lo que is born se muere»”, podrán experimentar esta hibridez. Ya se percibe la perspectiva del personaje desde su primera oración: “Pura materia enloquecida de azar, eso pensaba, es la vida”. El ritmo es vertiginoso y no desistirá hasta el final.

En suma, La virgen cabeza es una obra límite, fragmentaria e híbrida, altamente recomendable si buscan novedades temáticas o de estilo literario. Esta obra, en términos generales,  es de ruptura; es una exploración de las filias humanas en sus diversas manifestaciones pero, también, de la oscuridad que persigue y rodea. Este libro es una pieza formidable de la literatura latinoamericana contemporánea.

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Pedos de biblioteca

Dicen por ahí que no hay cosa más placentera en la vida que tirarse un pedo. Es un alivio, acompañado de decoro, su ejecución, sobre todo cuando llegas a esa edad en la que tienes la capacidad cognitiva para reconocer los pedos de la caca. Aunque tampoco es garantía: a veces, salen gases premiados. 

Pero bien, de lo que se trata aquí es de hacer un repaso bibliotecario sobre las flatulencias que se suelen olfatear y escuchar en las bibliotecas, esos recintos que guardan orden, clasificación, conocimiento y sobre todo un silencio lapidario para cumplir con esa función de aprendizaje que alimenta las ideas y que sólo da la lectura. Pienso en lo complicado que debe ser tirarse un pedito sin ser descubierto y luego ser sancionado por el bibliotecario. Lo más desafiante es distraer al lector de su lúdica concentración. Los que estén libres de pedo, que tiren el primer pedo. 

Los libros no toman en cuenta al lector y la flatulencia sale sin la menor duda, sin escuchar a nadie, sin responder preguntas, sin hacer juicios. El clásico pedo silencioso es el más apestoso. Los de ésta clase son los que abundan en las bibliotecas. Es el más socorrido por la discreción que implica el recinto. Una buena medida de inclusión gaseosa en las bibliotecas sería colocar una señalización similar a la que indica a los usuarios que pongan en silencio el timbre de su teléfono, pero en este caso la consigna sería: sólo se permiten pedos silenciosos para evitar el agravio de los lectores. 

Surge una complejidad: ¿son permitidos o no los pedos en las bibliotecas? Aquí comparto algunos puntos a tratar con seriedad.

 

Usuari@s

En 200, en una universidad prestigiosa al poniente de la ciudad de México, sucedió lo siguiente. Ocurrió en esa época dorada,  donde las alumnas de prepa y universidad, a modo de reto o quizás de moda, usaban la tanga a media cintura, lo que provocaba una infinidad de miradas. Era una primavera calurosa y estaba atendiendo el servicio de consulta de la biblioteca; había una fila compuesta por ocho usuarias solicitando el servicio de préstamo a domicilio y, de súbito, percibimos un olor agrio, rancio, como si algo se hubiera echado a perder. La peste se mezclaba con el bonito aroma del perfume de las chicas formadas con libro en mano. Sin embargo, prevalecía el olor del  pedo y subía de tono pausadamente haciendo turbio el ambiente, lo que provoco que poco a poco se fueran alejando de la fila las usuarias sin decir una sola palabra. Al final, solo una, la más valiente, se llevó su libro en préstamo. Aprendimos esta lección bibliotecaria: el pedo no respeta clases sociales, ni género, ni mucho menos los préstamos a domicilio, las híper mamacitas con tangas también se pedorrean sabroso. ¡Ah jijo! Aún recuerdo el hedor. 

El del hijo de los padres trabajadores

Es una tradición que en las instituciones públicas, en las vacaciones de verano, los padres lleven a sus hijos a las oficinas a modo de guardería o curso de verano. Lo siguiente aconteció en un Centro de Investigación: llevaron a  un nene de 20 años, aproximadamente, un usuario bien desarrollado, de casi dos metros de estatura y 110 kilogramos. Habitualmente llegaba a las computadoras, se ponía los audífonos para ver videos recreativos. En una ocasión, mientras exploraba el Youtube, se desató un concierto variado que combinaba eructos y pedos muy tronados de alto metano que hacía huir a los investigadores más duchos de sus tareas. La gente abandonaba la biblioteca digital ante la pestilencia y dejó de usarse. Desde ese momento, el tacle de dos metros solía quedarse ahí, solitario, soñando a pierna suelta que él mismo era el Rey del Pedo/Eructo de la era digital. La lección de biblioteca que aprendimos: A los pedorros o pedorras, no los multes ni les apliques el reglamento, dado que para los tiempos actuales, es muy probable que te señalen por discriminación y de estar limitando el acceso a la información científica. 

 

El de los estantes

Los pedos que aquí ocurren, son elementales y recurrentes. Se presentan en cualquier biblioteca, ya sea pública, universitaria o especializada. Y digamos que esto es un pedo genérico (siempre los hay) que no discrimina, ni se limita. Puede estar el bibliotecario acomodando libros y, al mismo tiempo, en medio de la concentración de registro, intercalar el libro acomodado y expulsar ese particular sonido de las flatulencias. Los usuarios suelen voltear, aunque nadie dice nada. No falla, como establecimos antes, el pedo silencioso que pica hasta los ojos. Esto ocurre cuando pasas por los estantes buscando el conocimiento y la verdad y te internas en una capa de olores enrarecidos que se van filtrando hasta en los libros. La pestilencia desaparece poco a poco dejando a su paso el olor rancio de un huevo podrido mientras los usuarios más escurridizos corren por sus vidas. La lección bibliotecaria es simple: ningún usuario se salva de las flatulencias cuando ocurren en una biblioteca de estantería abierta. Oh, qué alegría ser tú el bibliotecario que se los echa.

 

Pedo al jefe

Una vez tuve un jefe en una biblioteca universitaria de ésos que abundan: pendejos y con mucha iniciativa. Nos visitaba regularmente al Módulo de Servicios con cualquier pretexto. Teníamos un compartimiento común en el piso donde guardábamos información y teníamos un pensamiento en común: era un inepto total. Una tarde lluviosa, con pocos usuarios, después de tomar mis alimentos y al incorporarme a mis labores, dejé escapar un pedito vespertino, uno de los que perduran y que, si no se tiene precaución, es altamente inflamable, dado que ha reposado unas horas y viene de una digestión balanceada (esa tarde había comido alubias). Justo cuando la flatulencia experimentaba su plenitud expansiva y su peor olor añejado, entró el susodicho y se inclinó por unos documentos cerca de mí. Se lo fumo todito. El tipo era de esos güeros de rancho y se puso como jitomate con el pinche hornazo que salió de mi ser. Me dije, entonces, para mis adentros y sin voltear a verlo: te mereces uno por cada compañero de trabajo. La lección bibliotecaria es: nunca menosprecies los pedos de tus subordinados, sean cuales sean, de olor o de sabor o de expansión. Sé prudente y lo agradecerán sin rafaguearte. ¡Viva el pedo y el olor de los libros en las bibliotecas!

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The Man Who Killed Don Quixote

Está lista, por fin, después de casi dos décadas, The Man Who Killed Don Quixote, la película de infinita producción de Terry Gilliam. Muertes, inundaciones, contratos, dinero, la gran maldición de Gilliam, todo esto impidió durante un lutro que se concretara el proyecto. Sin embargo, la cinta está lista y tiene las actuaciones de Jonathan Pryce (el High Sparrow que odiamos en Game of Thrones) y Adam Drive (el berrinchudo Kylo Ren de la nueva saga de Star Wars) como Don Quijote y Toby Grisoni (un Sancho flaco y moderno) respectivamente. Ahora, el último obstáculo de la maldición es una demanda por la que atraviesa el director sobre los derechos de este filme de lento cocimiento. El productor portugués Paulo Branco asegura ser el propietario legal de este filme, por lo que, si el próximo 15 de junio (en Francia), se declina en favor del lusitano, es posible que la cinta no salga a la luz. ¿Cuál será el final? ¿Será Branco el hombre que haya matado el nuevo proyecto de Don Gilliam? Mientras tanto, aquí el trailer:

 

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Escritura y prisión: Mujeres que matan

Seis de la mañana es la hora en la que se pasa lista. […] Dos pesos cuesta recibir una llamada telefónica. Quince días barres la cancha si no sales a la lista. Quince días barres el comedor si le faltas el respeto a la custodia. Treinta días en el área de segregados si te peleas con alguien. Doce celdas hay en la planta alta. A las seis se reparte el desayuno. A las once la comida y a las cuatro la cena.  […] Dos meses permanece en castigo a quien se le sorprende con droga o celular. Ochos años es la condena a quien comete homicidio. Dos pesos cuesta un cigarro suelto. […] Ocho lavaderos y un boiler abastecen aproximadamente a 140 mujeres. Diez regaderas, cinco en cada planta. Seis camas en cada celda. Se permite un refrigerador y un cooler por cada celda. Quince pesos cuesta bailar cuando se organiza uno. Seis y doce horas duran es el tiempo que duran las conyugales. Quince minutos dura la visita de corto tiempo.

Fragmento del texto “Numeralia”, pp. 37.

 

 

Las cárceles han existido prácticamente desde el comienzo de la vida civilizada. En la antigüedad, el cómo se debía castigar al que cometiera un crimen fue una interrogante a la que le dedicaron tiempo de reflexión filósofos como Platón, Heráclito, Sócrates, Protágoras y demás.

Pese a tantos siglos de historia, lo que actualmente conocemos como sistema de justicia penal nace en el siglo XVIII con el fin del feudalismo y entró en un constante proceso de cambio hasta mediados del siglo XX. La idea de cómo debe funcionar un reclusorio ha sido más o menos constante: rehabilitar al que cometa un delito aislándolo de la sociedad para inducirlo a un proceso de meditación –casi siempre ligado a una religión, películas como Sueño de fuga o La naranja mecánica lo demuestran- que lo reforme para su posterior reintegración a la sociedad. La idea suena convincente, como mucho de lo que se plasma en papel, desafortunadamente, en la realidad se interponen factores como corrupción, autoritarismo, impunidad, mafias internas y en general un ambiente putrefacto, que más que una reformación proporciona la maleabilidad del sujeto. 

Al pensar en un reclusorio -o toparse con uno en diferentes medios- lo más común es imaginar un lugar de paredes grises y aspecto mortecino con cientos y cientos de hombres habitando las rejas. Resultará extraño para muchos imaginar un cerezo femenil, tal vez se daba a los matices machistas todavía impregnados en nuestra sociedad, los mismos que nos hacen sentirnos los únicos seres del mundo; pero no es así, también existen los reclusorios femeninos y están igual de saturados, ahí se hallan mujeres criminales y Mujeres que matan.

Sylvia Arvizu es la encargada de transmitirnos las voces que pueblan este libro de crónicas elaboradas con narraciones abrumadoras: imágenes reflexivas o contundentes, según lo necesite la historia. El volumen se encuentra dividido en tres segmentos: “Prófuga”, “Breve Azul” y “Mujeres que matan”, cada parte en un fragmento poderoso que hace de la obra un todo. El primer apartado es la presentación de la autora ante el lector y a su vez un ejercicio de autorreflexión entorno a ella y sus años venideros; elaborada magistralmente, la primera crónica, “Prófuga”, narra los meses de su corta vida como evasora de la ley por el crimen que no conocemos de una persona –la misma autora- de la que sólo sabemos está embarazada, la fuerza narrativa que hay en cada párrafo es tal que basta con eso para sentirnos cercanos a ella; cada página no se agota y más bien se reinventa en una segunda lectura. Hay garantía de llanto, de sentir una fuerza opresora en el vientre al pasar las hojas, y también de profundo reconocimiento hacía Arvizu, quien no busca tergiversar las cosas para adornarlas, todo lo contrario: emplea el lenguaje como un arma contra el olvido de las historias que transitan frente a nosotros. Cada texto deja una sensación de vacío e injusticia; nada parece inverosímil, cada escena nos aproxima a una realidad probablemente ajena hasta antes de la lectura, el tabaco -se aprende con el libro- es fundamental para sobrellevar los días de cautiverio.

Las descripciones de sus compañeras y el ambiente en el penal llegan en el segundo apartado: “Breve azul”, publicado de forma independiente en 2008 (Ediciones La Cábula) y retomado para esta edición. Las reflexionas predominan aquí y su lectura en un sentido profundo induce a la interrogante de si realmente es la cárcel un reformatorio efectivo o si por el contrario se trata de un sistema errado. La respuesta parece contundente, y también entristecedora. Las abstracciones sobre lo que dejan afuera son una constante en las anécdotas de las reclusas, pero también lo es la efímera felicidad y la sensación de que ahí también se puede encontrar un hogar. El libro fue publicado en 2013 en paquete -e individualmente- con Matar, de Carlos Sánchez (aquí una reseña), la estructura de éste es semejante pero con historias de hombres. Hay una marcada diferencia entre la actitud que denotan las mujeres en comparación con los varones: la empatía, la solidaridad que construyeron dentro del cerezo para hacer del lugar un poco más confortable, o al menos tolerable. Por irónico que suene, en los textos de los crímenes y asesinatos perpetuados, no se encuentran a personas buenas o malas, solamente humanas. Leer, entender cómo llega alguien a prisión sin caer en juicios de valor es el mayor mérito del libro.

En “Mujeres que matan” –la sección inédita del libro- los texto se enfocan en eso: describir los asesinatos de sus compañeras, vecinas de celda que con refresco en mano vieron privadas sus libertades, o que encontraron en el fuego la oportunidad de acabar con la huella de un cadáver fresco. En las cinco crónicas que dan forma al apartado se demuestra una ardua labor periodística ya antes ejercitada gracias a la conducción del programa radiofónico que condujo varios años antes de su reclusión, ahí se puede detectar la enorme carisma que fue clave en el proceso de sinceridad de las reclusas; por eso no deja de sorprender el libro, que alguien se desnude en palabras ante los ojos del lector ya es de por sí complicado, y más tratándose de asesinatos perpetuados no hace mucho, pero Sylvia lo hace ver como un trabajo fácil.

 

Perteneciente a la colección Letras Rojas de Nitro-Press, Mujeres que matan es un libro que cuesta trabajo terminar: al llegar por primera vez a la última página el lector querrá regresar  la primera y comenzar desde cero; no hay exageración al afirmar que se trata de un libro inagotable y de una autora que escribe con el alma en la pluma.

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Señor Bigotes

A Óscar David López

 

Como muchas mujeres pasadas de peso, Doris Camarena lo había intentado todo para adelgazar sin obtener resultados. Incluso se había sometido a dos intervenciones menores, la primera para colocarse una malla supralingual que sólo le permitiría ingerir líquidos y la segunda para hacer que la retiraran porque, efectivamente, no la dejaba comer. 

Probó con la dieta del licuado de pepino, con la de la alcachofa horneada, la del jugo de sandía, la de la infusión de jengibre, la del atún, la de la piña, la del huevo cocido, la de la manzana verde, la de la savia, la de la sábila, la de la manzanilla, la del apio, la de la chía, la de la alfalfa, la del té verde, la del abedul, la de los brócolis, la de la hierbabuena, la de la menta, la de la lechuga, la del agua de avena, la de la linaza, la del caldo de repollo, la del repollo crudo, la diurética, la que estimulaba el tránsito gastrointestinal y la de los dos traguitos de vinagre antes de cada comida. Esta última, particularmente, le había sentado fatal, porque con todas las comidas que hacía en el día antes de la cena ya se había tomado litro y medio de vinagre. Le había sentado peor que la del ajo, que ya es mucho decir, porque aunque supuestamente es excelente para desintoxicar el organismo, a ella le había hinchado la barriga con las más olorosas flatulencias.

Aquella mañana en que Doris Camarena iniciaba su affaire con la Dieta Monocromática, abrió la ventana y dijo qué mañana más radiante mientras respiraba hondo una brisa fresca que le onduló la bata, ruborizándole la papada y haciéndola lanzar una risilla pícara, porque Doris Camarena era cursi y sólo sabía expresarse así, con las frases hechas y los recursos del estereotipo que leía en revistas del corazón y noveletas rosas, que como es bien sabido, erigen su escritura en frases vacuas. Pero como ya apuntó un clásico francés con la sagacidad propia de los franceses: no se leen necedades impunemente, así que cuando Doris Camarena lograba construir una expresión suya, la repetía hasta convertirla en un cliché. Lo mismo que con cualquier acto espontáneo, por nimio que fuera, Doris Camarena sabría integrarlo a su pedante repertorio de gestos ostentosos. 

Cuando a Doris Camarena le recomendaron la Dieta Monocromática, supo que sería la dieta perfecta, porque pocas veces una dieta se molesta en incluir el elemento estético, así que la indicación de organizar los platos como si fueran arreglos decorativos, más que incentivarla, le pareció una verdadera señal. Decidió comenzar con el rojo, porque como ya se dijo, era cursi y, como todas las gordas, también un poco dada al drama. Entonces, todos los alimentos que consumiera debían formar parte de una paleta de color que iría del rosa viejo al borgoña suave. Con sólo pensarlo su apetito se estimuló y un grueso hilo de saliva con regusto a pollo empanizado le humedeció el mentón antes de caer en su descomunal busto, junto a dos migas de algo que se confundía entre waffle y galleta. 

Galleta, en definitiva, pensó Doris Camarena luego de pasarse grácilmente los dedos del escote a la boca y secarse la barbilla con tres golpecitos de una borla cubierta con talco perfumado. El polvo proporcionó una capa sedosa, delicada y aromática a los pliegues de piel que separaban su rostro de los hombros, ahí donde otras personas tendrían lo que se conoce como cuello. Doris Camarena se sintió sensual y hambrienta, bostezando, calzó sus piececitos rechonchos en dos babuchas de tul que la elevaron brevemente algunos centímetros del suelo, antes de que el exiguo tacón, vencido por el peso, se desplomara haciendo pasar las babuchas de diseñador por vulgares pantuflas. Pero Doris Camarena no lo notó, y si lo notó, no pareció importarle mientras se desplazaba hacia la cocina con la cadencia concerniente al tamaño de sus muslos y caderas.

 Doris Camarena terminó de verter la jamaica con betabel en sus mejores copas, agregó un toquecillo de agua gasificada y un acento de sirope, ingredientes que por su transparencia se permitía incluir con un contento singular, y contempló un momento el primor de coquetería con que había puesto la mesa. Porque una cosa era hacer dieta y matarse de hambre y otra muy distinta hacerlo sin tener siquiera una satisfacción: cisnes de bolonia con salchichas, flores de queso de puerco y pimentón, pirámides de jamón bañadas de cerezas en almíbar, manzanas caramelizadas, lonchas de lechón en gelatina, pepperonis rebozados con tomate frito. Todo en porciones industriales porque donde decía un vaso, Doris Camarena bebía un galón. Donde decía una pieza, el querubín se zampaba un kilo. Donde un tazón, desaparecía la cara metiéndola en una bandeja.

Doris Camarena se anudó un mantel mediano a modo de servilleta con un moño en el nacimiento de la nuca. Imaginar el nudo de tela como un perifollo entre sus bucles dorados la llenó de complacencia y procedió a hundir los cubiertos directamente en las charolas. Apenas había probado bocado de un embutido tan blando y pulposo que recordaba a sus propias pantorrillas cuando sonó el timbre. A Doris Camarena le invadía un regocijo inenarrable cuando escuchaba el trino, el gorgorito y los aleteos de ruiseñor con que había hecho personalizar el llamado de su puerta, pero muchas veces podían ser inoportunos, sobre todo cuando se aposentaba en el comedor y cuando, como en esa ocasión, insistían con tanta vehemencia.  

Doris Camarena puso un ojo en la mirilla y un pepperoni rebozado en su boca. Era el mensajero del taxidermista. Visiblemente emocionada, deslizó el mantel de su pecho y abrió la puerta dando aplausos con la punta de los dedos. El movimiento, que presionaba sus senos y los desbordaba hasta la desmesura para presionarlos otra vez, era sugerente por la enorme voluptuosidad de Doris Camarena en bata, y mantuvo en coma al repartidor hasta que cesaron los aplausos y las masas insufladas bajaron a un palmo de su ombligo, donde de acuerdo con lo ocurrido tras su bragueta, el repartidor intuyó el tamaño de la areola de aquellos dos pezones gruesos que amenazaban con reventar los encajes que contenían las carnes de Doris Camarena.

Doris arrebató el paquete al repartidor. Éste pareció despertar de alguna clase de hechizo y, sudoroso, entregó la nota. Doris Camarena tomó el bolígrafo y estampó su firma en el papel, un arabesco extravagante que remataba las íes con corazoncitos. El repartidor tembló. Doris Camarena cerró sin darle propina y se arrojó en el diván para admirar a Mirriñús, un persa aperlado de tres años, el séptimo gato que disecaba con la empresa que empleaba al repartidor. Colocó a Mirriñús en un cojín de damasco conmocionada hasta el sollozo por la excelente calidad del trabajo de liofilización hecho con los ojos del gato. Le habían dejado la plaquita y habían tenido la delicadeza de ponerle otro cascabel. Y el pelaje, tan lustroso, idéntico a como era cuando Mirriñús le alegraba los días compartiendo con ella el tocino y la soledad.

Doris Camarena pasó su mano por la pancita del gato y se conmovió. Mirriñús pesaba ocho kilos pero era un gato frágil en comparación con Señor Bigotes, que al momento de su visita al taxidermista estaba impedido para maullar y moverse a causa de sus diecisiete kilos. Señor Bigotes había muerto de una complicación diabética, lo que frustró mucho a Doris Camarena porque siempre pensó que Señor Bigotes se iría como los grandes: comiendo. El suspiro con que Doris Camarena puso a Mirriñús en la vitrina fue semejante a un bufido que la desinflaba. Posó ambas manos candorosamente sobre el cristal y pretendió que se abandonaba un instante a la desolación. Pero Doris Camarena no era ese tipo de mujer, ella se recomponía de inmediato y nunca se dejaba abatir por los sinsabores de la realidad. 

Uno por uno, sacó a los gatos del aparador y fue sentándolos alrededor de la mesa con Señor Bigotes a la cabecera. Después, en el sentido de las agujas del reloj, les puso baberitos con curiosos ratones bordados en punto de cruz. Sololoy, Chimichurri, Macarrón, Budulbudur, Fígaro, Sushi, Zig-Zag, Quesito, Burbuja, Whisky, Finlandia, Cornflake, Malvavisco, Brandy, Duvalín, Nutella, Tropical y por supuesto, Mirriñús. A Whisky y a Brandy les sirvió piernas de pollo a la papikra; a Chimichurri, pavo al chipotle; a Quesito, Duvalín y Nutella, chorizo español; a Tropical, pastel de frutillas; Burbuja y Finlandia preferían las empanaditas de churrasco; a Sololoy le puso doble ración de tallarines marinara; Cornflake, Budulbudur y Macarrón se veían di-vi-nos con sendos filetes de salmón; a Fígaro le acercó un cisne de bolonia;  a Zigzag y a Sushi, lomo de lechón; y a Mirriñus y Señor Bigotes les repartió cinco flores de queso de puerco equitativamente. 

Al terminar de servir, en estricto orden regresivo, Doris Camarena fue dando cuenta de cada platillo. Una, dos, tres, cuatro, cinco flores de queso de puerco y un sostenido gemido de placer. Lomo de lechón, cisne de bolonia, filete de salmón. Eructo. Risilla. Jarra de jamaica. Se empujó los tallarines marinara con las empanadas de churrasco y el pastel de frutillas fue un paraíso de dulzura en medio del festín salado. Devoró los chorizos, el pavo y los pollos enteros hasta arrasar con la mesa en medio de chumps y ñams. Agotada y somnolienta, se derrumbó en el diván con tal impacto que hizo cimbrar la casa, ensuciando a Sololoy con restos de salsa y mantequilla. Lucía tan apetitoso que Doris Camarena de buena gana se lo habría comido, pero al intentarlo, no se pudo incorporar.

Roncó sin dar tregua a sus cornetes nasales aproximadamente tres cuartos de hora durante los cuales tuvo un vívido sueño en el que aparecía Señor Bigotes, donde ambos ronroneaban, soltaban gases que daba gusto –alternado uno del apretado culito en forma de estrella del gato y, otro, del agujero negro capaz de absorber la galaxia de Doris Camarena– y compartían recetas desparramados sobre un algodón de azúcar al que daban mordiscos de vez en vez, pero de pronto, Señor Bigotes abría unas fauces gigantescas llenas de dientes y se la tragaba. Doris Camarena despertó con hambre y un poco agitada. Regresó los gatitos a la estantería y tomó el pedazo de jamón enlatado más jugoso de la alacena, desmenuzó la mitad y la llevó a la ventana en el platito de Mirriñús. Ahora sólo debía esperar. Comer su medio jamón de lata y esperar. Pronto tendría otro compañero de atracones a quien prodigar mimos y a quien amar. Porque Doris Camarena tenía pocas certezas en la vida, pero ahí, con su redonda faz pegajosa y colorada, con rastros de esas viandas rojas cuyo recuerdo iluminaba sus pupilas y le provocaba borborigmos, se resumían en dos: la Dieta Monocromática había llegado a su existencia para quedarse y siempre, siempre tendría lugar para otro gatito en su vitrina.

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Generación Pynchon

La imagen anterior es una de mis favoritas. Es una fotografía de 1965 que capturó la mano izquierda de Thomas Pynchon. El hombre, oculto detrás de la puerta decorada con una flor de papel, hace el saludo oficial de los hippies (¿amor y paz?): mayor e índice se alejan, uno del otro, para dibujar una “V”. Aparecen en la imagen su amiga, la maestra Phyllis Gebauer y la piñata en forma de cerdo que cariñosamente llamaron Claude. Gebauer y su esposo Fred serán dos de los pocos amigos que mantendrá a lo largo de estos cincuenta años. Es posible hallar imágenes de la dedicatoria que hizo para ellos en Arco iris de gravedad: un cerdito sonriente (el mismo Claude) que expresa con una voluta de diálogo la palabra “Love”. Esta dedicatoria se repetirá a lo largo de todos los libros que pertenecen al matrimonio que ha tenido la fortuna de sostener una relación con el fóbico social. El escritor norteamericano se ha ocultado desde entonces detrás de un velo que han puesto sus editores y que ha funcionado espléndidamente para desarrollar un branding que se ocupa de alimentar el enigma que rodea la literatura de este interesante autor elusivo. Pero es necesario aclarar que esta estrategia no está por encima de su calidad narrativa. Es decir, si le encantaran los selfies, aparecer en foros o congresos, conceder entrevistas, ser un foco de atención mediática, sus libros seguirían siendo igual de buenos. La fobia social que padece es tan real, como la que padeció J.D. Salinger o Cormac McCarthy.

En 2009, Pynchon confundió a sus lectores, quienes, habituados a una extensa y compleja narrativa, fueron sorprendidos por una obra de apenas cuatrocientas páginas, un número reducido en comparación con los carpetazos que conforman su repertorio literario. Se trata de Inherent Vice, un alucinante viaje a la ciudad de Los Ángeles de finales de los años sesenta. Una enredosa historia policiaca que tiene como protagonista a un fumado detective privado que se mezcla en los lugares más oscuros y los personajes más peligrosos de esta metrópoli californiana en busca del amante secuestrado de su exnovia. Los grados de complejidad tampoco son altos, por el contrario –esto también es desconcertante para los acostumbrados a la densidad pynchoniana– la novela es muy digerible. La historia fue llevada al cine por Paul Thomas Anderson (Magnolia y The Master). Cuatro años después, en 2013, se publicó Bleeding Edge, un nuevo espectro narrativo que incluye la historia que antecede al desastre de las Torres Gemelas. Interesada no por la catástrofe, ni los intereses geopolíticos, esta nueva pieza tiene como escenario a Silicon Valley, órgano compuesto por varias empresas vinculadas a Internet y que tienen dos estadios importantes en la historia de ese país: el colapso de la burbuja punto com y el impacto cultural de ese momento trágico, el sangriento desenlace de estas estructuras económicas derivado del 11 de septiembre. Todo esto en poco menos de 500 páginas.

Por esos días, era yo un poco más paranoico que de costumbre e imaginaba que algo había cambiado en la escritura de Pynchon y quería saber por qué. Menos páginas, historias más digeribles. ¿Sería que ya estaba cansado o simplemente se había enfadado de escribir textos tan complejos como Gravity’s Rainbow? ¿Tendría algo que ver la muerte de Salinger por esos años? Le di mil vueltas al asunto y hablé con varios amigos pynchonianos. Estaba perdido. Pasaba horas leyendo archivos y artículos sobre el autor. La conclusión más que adelantada fue descabellada: Thomas Pynchon en realidad era un colectivo de autores. Ésa era mi apuesta. Así que abrí un expediente e inicié una investigación. En esta sección iré publicando los resultados de mis pesquisas por entregas. Empecemos.

 

Fotograma del capítulo 15×10: “Diatribe of a Mad Housewife”

 

Lo primero que descubrí fue abrumador porque echó abajo mi teoría del autor de varias manos. Thomas Pynchon no ha sido el único Thomas Pynchon de su familia. Nuestro autor es el Thomas Ruggles Pynchon Tercero. Antes que él, está su padre, 1) Thomas Pynchon Sr. (que estuvo casado con Katherine Frances Bennett, madre de nuestro Tom), que tuvo como padre a 2) William H. Pynchon, hijo de 3) William I. Pynchon, hijo de 4) William Henry Ruggles Pynchon (hermano de Thomas Ruggles Pynchon, el primero de los Thomas Ruggles Pynchon) y que a su vez es hijo de Thomas Pynchon (que tuvo como esposa a Mary Tomilson), quien es hijo de Joseph Pynchon (quien estuvo casado con Sarah Ruggles) y, aquí se pone lo interesante, fue hijo de Katherine Brewer y, ni más ni menos que, del colonizador William Pynchon, fundador de -¡ay! Springfield, el Springfield de Massachusetts. Aquí, arranca una nueva beta de investigación. ¿Será posible que esto sea un guiño de Matt Groening para darnos una pista del elusivo (como el mismo Pynchon) punto geográfico de la mítica ciudad amarilla? El mismo Thomas Pynchon ha colaborado en al menos un par de capítulos de Los Simpsons donde ha prestado su voz.

Fotograma de los créditos del capítulo 15×10: “Diatribe of a Mad Housewife”

 

William Pynchon era un personaje singular. Nació en Springfield, Essex, Inglaterra, en 1590. Llegó a América en 1630 aproximadamente y se estableció en Roxbury, Massachusetts. Era un recalcitrante opositor del calvinismo en cuanto al tema de la expiación y publicó el libro The Meritorious Price of our Redemption (1650), que fue clasificado como una herejía por su contenido y tiene la “condecoración” de ser el primer libro censurado en nuestro continente. El texto rechazaba la noción del pecado y el exceso de castigos y predicaba la bondad y la obediencia (incluso, llegó a decir que Cristo no había redimido a la humanidad con su crucifixión). Fue autor también de A Further Discussion of… the Sufferings of Christ (1653); The Jewes Synagogue (1652); How the First Sabbath was Ordained (1654 y The Covenant of Nature Made with Adam (1662). Murió en Wraysbury, Buckingshamshire, el 29 de octubre de 1662.

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