Modelo Especial

En Hermosillo, la ciudad donde vive nuestro personaje, las temperaturas en verano suben hasta casi los sesenta grados centígrados. No estoy exagerando: es un hecho que el lector puede comprobar fácilmente en Google. Por una razón inconcebible, cuando los hermosillenses son pequeños acostumbran ir a la tienda de la esquina (al mandado) con los pies descalzos. Es decir, desde muy temprano eligen el dolor. 

Quemarse los pies es una ofrenda absurda que cumplen con vehemencia. Cuauhtémoc, el último huēyi tlahtoāni, hubiera agradecido ser de estas tierras el día de su lamento. Ahí van los plebes (niños en sonorense), como cachoras (lagartijas en sonorense), saltando de sombra en sombra hasta llegar al puesto de la esquina. ¿Acaso es necesario recordar que los hermosillenses habitan una de las zonas más áridas del planeta? Un sitio donde es común escuchar esta queja; sobre todo entre los meses de marzo a septiembre: “¿A quién chingados se le ocurrió fundar un pueblo aquí?”. Bailando sobre lumbre contenida en los caminos, así van a la tienda los niños y niñas de esta ciudad. Hay los que lloran de dolor, pero cumplen con firmeza la extraña penitencia. Hay los que se divierten, en un guiño de temprano masoquismo, al realizar la hazaña. 

El asunto es que nuestro personaje fue testigo de un caso extremo de quemaduras de pies: el Julio o Cara de Culo, como le decían al pobre chico. Cara de Culo aceptó el reto de ir descalzo hasta la tienda de Don Tequida, a dos cuadras de la calle en que vivía nuestro personaje. Cuando regresó, lo hizo gimiendo de dolor. En las plantas de los pies de Julio, nuestro personaje pudo advertir aterradoras úlceras que supuraban algo inconcebible. Una mezcla entre pus y sangre. Por si eso no fuera suficiente, nuestro personaje también observó cómo la mamá de Cara de Culo se lo llevaba hasta su casa jalándolo de los cabellos, gritándole, humillando al pobre chico que exigía, a la distancia, la justa recompensa por cumplir el reto. 

Al extinguirse las risas alimentadas por la maldad, tan natural en esas edades del señor, nuestro personaje se compadeció de Julio. Incluso sintió arrepentimiento. Después de todo, la idea de que fuera hasta la tienda de Don Tequida había sido de él. No creemos que este hecho haya marcado la vida de Julio, pero sí percibimos que desde entonces se volvió un lepe (otra variación de niño en sonorense) rebelde y embustero. Un chamaco que manifestaba, a la menor provocación, esa sed irrefrenable de humillar a los otros que sólo poseen los infelices. 

Recordamos este pasaje, entre otras cosas, porque el día que Cara de Culo se quemó los pies con la tierra y el concreto hirviente de las banquetas que lo llevaron y trajeron de la tienda de don Tequida, coincidió con el día que nuestro personaje bebió su primera lata de cerveza. Experiencias antitéticas, se podría decir.

En los ochenta del siglo xx, la gente les decía latas a los botes de cerveza. Eran unos artefactos duros y hermosos. Se abrían activando un mecanismo distinto al que tienen ahora. Nuestro personaje nunca olvidará, como tampoco olvidará una golpiza siniestra que le propinó un desconocido a las afueras de su escuela primaria, ni el primer beso plantado en la boca rojísima de una niña que tenía abejas en el pelo, su primera lata de cerveza. Beber cerveza en esta zona del país es casi una religión; además de la más eficiente manera de mandar de vuelta al infierno el calor. Después de un par de cervezas, el ardor extremo, el aire caliente, como si un incendio estuviera vivo muy cerca, mengua y hasta se convierte en algo soportable. Sonora —esto también lo puedes investigar, desconfiado lector— es uno de los territorios donde se bebe más cerveza en el mundo. La gente compra millones de botes de cerveza cada fin de semana. Entre semana la cantidad es menor: cientos, inclusive miles. Pero la gran oleada de cerveza llega los fines de semana. Hay surfistas que se suben a la cresta  de la pisteada (tomadera en sonorense) que barre con los barrios los días sábados y domingos. A estos trepadores en otras partes se les reconoce como personas que “vienen de gorra”. En el Hermosillo se les dice auras o gaviotones. En este extraño territorio estos gorrones cumplen una función: son la válvula de escape por la que fluye el vapor de la carrilla. Mientras el gaviotón aguante las bromas pesadas de sus contertulios; además de lanzarse, sin chistar, por la cerveza al expendio cuando esta se termina (siempre se termina y hay que ir por más), podrá seguir bebiendo. En el momento que el aura se molesta o no quiera ir por la cerveza se acaba su beca etílica. Los porches, de por lo menos cinco casas de cada cuadra, se nutren de bebedores que prenden el asador como una mera fachada. De lo que se trata es de beber. El calor, en este punto, sólo existe para los chamacos que van, absurdamente, descalzos a la tienda. 

Pero regresemos a la primera cerveza de nuestro personaje. El acto inaugural lo dirigió su tío Pato, a quien esa tarde acompañó al expendio por la primer ronda de cheve (cerveza en sonorense), después del incidente con Cara de Culo y antes que llegara el gaviotón de ese domingo. Ahora, era nuestro personaje el que recibía un reto. La familia de nuestro personaje era de desafíos. Siempre estaban retando a todo el barrio a cumplir cometidos imposibles. Cuando alguien lo lograba, cosa que raramente sucedía, pagaban sin chistar. Su tío Pato: un tipo que se manejaba con un extraño y afilado humor negro. De ojos claros y hundidos en unas cuencas demasiado profundas y ojerosas. Con el pelo chino y rubio. Con una incipiente enfermedad en la piel conocida como neurofibromatosis severa, que terminaría, dos décadas más adelante, por arrojarle cientos de burbujas de carne por todo el cuerpo. Algunas miserablemente grotescas. Una enfermedad que ocasionó que aquel hombre, tan bromista y elegante, se encerrara en una habitación la mayor parte de su madurez. Fue su tío Pato, el hombre burbuja, quien que compró un doce de Modelo Especial aquella tarde dominical. En el estacionamiento del negocio, cosa que estaba prohibido desde entonces, incitó a nuestro personaje: “Si te terminas el bote de un solo trago, te doy cinco mil pesos”. Mientras el tío de nuestro personaje lanzaba el desafío, balanceaba el billete de un lado a otro. Aquel pedazo de papel era de color salmón y tenía grabados los rostros de los niños héroes que murieron defendiendo el Castillo de Chapultepec. En el sur de México, los niños pueden hasta morir defendiendo castillos; acá sólo se laceran los pies cuando van a la tienda. Antes de pensar en un muñeco de León-O —hijo de Claudus, y líder y señor de los ThunderCats, al que se le encendían los ojos—, nuestro personaje recordó a Cara de Culo, sus pies llenos de pústulas, y en algo que él podía darle como recompensa justa: un trompo. Julio Cara de Culo había perdido, esa misma mañana, el suyo ante el mejor del barrio, el hermano de nuestro personaje. Cara de Culo había aceptado el reto de ir a la tienda, descalzo, para recuperar aquel cilindro de madera. 

Nuestro personaje tomó el bote blanco, elegante. El narrador opina que no ha existido un bote más elegante de cerveza que el de la Modelo Especial de finales de los años ochenta. La lata estaba fría, con una película de hielo adherida en el metal que provocó que se pegara en la piel de la pequeña mano inexperta de nuestro personaje. Por fin, abrió la lata y al hacerlo activó el particular sonido que aún le remite a ese instante. Pato, su tío, con la cara hinchada, amanecido quizá, le observaba con una sonrisa que no cazaba con aquel rostro rojo, curtido, ni con el tenue brillo de sus pequeños, claros y vidriosos ojos verdes. “Venga pues”, le instó. “No seas culón”. Nuestro personaje tomó la cheve y empezó una larga y convencida succión: un trompo nuevo para Cara de Culo y León-O esperaban, de cumplir el reto, en ese horizonte épico que era su infancia; caramelos y duvalines también; quizá, si alcanzaba, un Big Hunk, ese enorme chocolate blanco que le fascinaba a su madre. 

El líquido era frío, gaseoso, espontáneo y denso. El primer sorbo, cargado hasta el límite, pasó por su faringe apenas. Su sabor le recordó a las bellotas y nueces que solía comer en invierno, junto a sus primos, en el patio de la casa de su abuela. Cuando se dispuso a vaciar el segundo trago por el esófago, el cuerpo ya no le permitió paso. La garganta simplemente cerró las compuertas y el líquido salió expulsado con potencia causando miles de pequeñas gotas escurriéndose en el tablero y parte del vidrio del viejo Volkswagen de su tío Pato, que se burló copiosamente al tiempo de guardar el billete de cinco mil varos en la bolsa de su camisa. Nuestro personaje tosió algunas veces, quizá muchas veces, mientras observaba de reojo una parte del billete que sobresalía de los bordes de la camisa del hombre burbuja. La cara de Agustín Melgar, el niño héroe más equis de todos, lo miraba como burlándose de él. 

Pato quitó de las manos de nuestro personaje la lata de cheve y soltó una risa todavía más hiriente. Encendió el estropeado autoestéreo de casete y se escuchó lo que para el hombre burbuja era un particular mantra: 

Chiquitita, tell me what’s wrong
You’re enchained by your own sorrow
In your eyes there is no hope for tomorrow..

Con Abba de fondo, Pato le dijo “Culón” de nuevo a nuestro personaje; después activó la máquina del vocho, oprimió el embrague y metió primera. Nuestro personaje sintió una inyección de coraje en alguna parte del estómago. Algo que no había experimentado hasta entonces. Quizá eso que más adelante llamaría orgullo le hizo arrebatarle la lata de cheve a su tío para luego bebérsela ya sin pretensiones ni estímulos. Adiós a León-O y a todas las esperanzas de reivindicar su arrepentimiento con Cara de Culo. El hombre burbuja patinó el Volkswagen observando a su sobrino con una risita irónica. Nuestro personaje demoró en terminar el contenido de la lata las siete cuadras que lo separaban de su casa.

Chiquitita, you and I know
How the heartaches come and they go and the scars they’re leaving
You’ll be dancing once again and the pain will end
You will have no time for grieving…   

Iván Ballesteros

(Hermosillo, Sonora, 1979). Narrador y editor. Ha publicado Monstruario (2007), Bungalow (2013) y Plaga Serena (2016). Es director de la revista Pez Banana.

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