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Como la gotera de un grifo mal cerrado

En cuanto se descubría silbando dejaba de hacerlo. Siempre la misma melodía… las mismas notas con los mismos silencios. No sabía por qué lo hacía… tampoco si la pieza existía o la había inventado. Sólo recordaba que toda su vida la había silbado. Bastaba con distraerse un poco para empezar. Cuando recuperaba la conciencia… se detenía. Avergonzado. Incómodo ante la idea de que alguien lo hubiera escuchado.

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La enfermera se dio cuenta de que el niño había despertado porque oyó que alguien silbaba. Entró al cuarto y el niño enmudeció. Acostado sobre la cama… sin saber que hacer… fingió no haberla visto. ¿Qué chiflabas?‑ preguntó ella. No chiflaba‑contestó él y empezó a llorar. Casi de inmediato apareció su madre… quien –en cuanto lo vio‑ estallo también en llanto. No se comentó nada sobre el silbido.

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Cada que lo escucha silbando ella llora. No puede evitar que el recuerdo de los golpes que su esposo dejó caer sobre el niño se apodere de ella y la coloque detrás de la ventana desde donde miró… paralizada… como el hombre azotaba a su hijo. No pudo hacer nada. Eso era lo que más le dolía… lo que se clavaba en su pecho y no la dejaba respirar… recordarse quieta. No había más de tres pasos entre ella y la puerta que daba al pequeño patio interior donde su hijo perdió la consciencia. No los caminó. Tampoco gritó. Ni siquiera lloró. Sólo miró como… los puños primero… y después las patadas… sacudían a su niño. Luego lo contempló cuando dejo de moverse… cuando dejó de escuchar que se quejara. En ese momento corrió. Cuando su marido ya no golpeaba al pequeño. Corrió y lo cargó como pudo para sacarlo de la casa y llevarlo al hospital. Deja de silbar jilguerito‑ le decía en cuanto conseguía escapar de aquel recuerdo… y se enjugaba las lágrimas con el dorso de la mano derecha. Su hijo guardaba silencio de inmediato… se sonrojaba y veía al suelo… concentrando su atención en lo primero que cruzaba su mirada… si tenía suerte encontraba un insecto y lo seguía con los ojos hasta que la vergüenza se sentía menos pesada… o hasta que su madre lo envolvía entre sus brazos.

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Estuvo en coma casi cuatro meses. No había quien pudiera decir que iba a pasar con él. Una vez al día lo limpiaban con una esponja húmeda y lo secaban bien. Lo movían y curaban sus yagas. Los moretones habían sanado poco a poco… igual que las costillas y el brazo roto. Su mamá hizo guardia todo el tiempo. Preguntando a diario las mismas preguntas a los doctores y las enfermeras que revisaban al niño. Nadie respondía con certeza. Su papá nunca fue al hospital.

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De pie. Parado detrás del ventanal de su oficina. Contemplando la avenida que pasa por detrás del edificio… silba la misma tonada. Su secretaria abre la puerta sin tocar y él cierra los ojos y deja de silbar. Se lleva la mano izquierda a la boca y suspira molesto ¿Interrumpo licenciado?‑ dice ella. ¿Qué necesita?‑ pregunta él… y respira profundo para tranquilizarse mientras observa un coche rojo diluirse a la distancia. Solo entonces voltea a ver a su secretaria. Lo busca el contador‑ dice ella.

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¿Por qué chiflas… papá?‑ preguntó la más pequeña de sus hijas un día mientras comían y él había empezado a silbar. No pudo contestar. Se puso rojo. Intento explicar algo. Balbuceo. Y las cuatro niñas –junto a su mujer‑ rieron. Sólo su hijo se quedó callado. Eres chistoso… papá‑ dijo la misma niña. Él fingió reír. Incómodo. Después de un rato… interrumpiendo a una de sus hermanas… el niño preguntó: ¿Cómo se llama esa canción? ‑¿Qué canción?‑ preguntó su mamá. Esa… la que siempre está chiflando papá. No lo sé‑ respondió él. ¿Cómo que no sabes?‑ volvió a preguntar su hijo. No tenemos porque saberlo todo‑ dijo su mamá. Nunca más se tocó el tema.

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La única materia que repitió en la facultad fue la de “Métodos y estructuras organizacionales II”. La primera vez que la cursó… casi al final del semestre… empezó a silbar en clase. Compositor… año y título‑ dijo el profesor sonriendo y mirándolo a los ojos. Él… se quedó paralizado. Compositor… año y título de la pieza… joven‑ repitió el maestro. Eso no tiene nada que ver con la clase. Concéntrese en su materia‑ respondió. Estoy de acuerdo‑ dijo el maestro sin perder la calma. Pero usted me ha distraído. Hágame el favor de salir y darse de baja del curso.

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Su silbido sonaba como la gotera de un grifo mal cerrado. Cada sonido era una gota que lentamente caía y se estrellaba contra la superficie metálica del fregadero… formando un pequeño charco. De cuando en cuando… había una gota que al caer sobre las demás… rompía la tensión superficial y hacia que el agua se deslizará por todos lados. Luego volvía a empezar el goteo sobre el metal.

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No recuerda cuánto tiempo lleva internado. En ocasiones ni siquiera recuerda que esta en un asilo. Es raro que se sorprenda a si mismo silbando. Es decir… es raro que cobre conciencia de que esta silbando. Sus días se reducen a largas horas en las que permanece de pie frente a una ventana de la planta alta que da al jardín. No hace nada más que contemplar y silbar la única canción que ha silbado durante toda su vida. Sólo deja de hacerlo cuando come… cuando duerme… y cuando alguna de sus hijas lo visita. Resulta imposible saber si su mirada se deposita en algo o si observa la nada.

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Cada día chiflaba por periodos más largos. Lo hacía sin darse cuenta de ello.

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Sus hijos pensaban –lo siguen haciendo‑ que lo único que podía molestar a su padre y sacarlo de sus casillas… era darse cuenta de que estaba silbando aquella extraña canción que parecía gotear de sus labios. Con el tiempo aprendieron a tener miedo en cuanto lo escuchaban. No decían nada. Esperaban que les diera tiempo de alejarse de él antes de que cayera en cuenta de que lo estaba haciendo. Otra vez‑ murmuró su hijo una tarde mientras estudiaba para los exámenes finales. ¡Otra vez! ¿Qué?‑ preguntó él. La incomodidad hacía tiempo que se había transformado en ira cuando cobraba conciencia de su silbido. Nada papá‑ intentó decir sin éxito. El vaso que su padre tenía en la mano voló a través del comedor y se estrelló en la frente del joven. Hicieron falta doce puntadas para suturar la herida.

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La idea del trabajador social era que cada anciano pudiera disfrutar de un poco de la música que le gustaba. Había visto un documental de cómo esta técnica ayudaba a viejos con Alzheimer e intentaba replicar –en la medida de sus posibilidades‑ el experimento en el asilo. Así que se dedicaba a platicar con los viejos… a estudiar sus expedientes y a poner música a través de las bocinas con la esperanza de que resultara familiar para alguno de los huéspedes y ello despertara sus recuerdos. Por eso le interesaba tanto el anciano que chiflaba… porque le daba una pista de la música que debía poner para sacudirlo. El problema era entender ese goteo y traducirlo en la canción que el viejo recordaba. Lo grabó. Luego reprodujo la grabación durante varios días con amigos y conocidos con la esperanza de que alguien la reconociera.

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Mientras estaba frente a la ventana… empezó a escucharse… a través de las bocinas del asilo… la misma tonada que él silbaba. El sonido lo congeló. A sus espaldas… el trabajador social y un grupo de enfermeras y doctores esperaban su reacción. Habían sido testigos de cómo la vida regresaba a varios ancianos cuando tenían una conexión con la música que ponían y estaban seguros que en esta ocasión los resultados serían espectaculares. El viejo volteó buscando con la mirada el sitio del que salía aquel sonido. Sus ojos brillaban. Por su cabeza cruzaron recuerdos desordenados de su infancia. Sonrió como nunca lo había hecho. Luego pudo ver a su padre con un disco de Gardel en las manos… el mismo disco de vinilo que él… un día antes… había intentado escuchar y sin querer había rayado. Sintió golpes que no recordaba. Vio a su madre llorando. Su mirada volvió a apagarse. Dejó de sonreír. Caminó hasta su cama y se metió en ella. No salió en todo el día.

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Nadie más lo ha escuchado silbar. Tampoco habla. Y es evidente que su mirada –las pocas veces que tiene los ojos abiertos‑ está postrada sobre la nada.

Sobre el autor

(Ciudad de México, 1979) escritor mexicano perteneciente a la llamada “Generación Inexistente”. Autor de los libros de narrativa: "El imperio soy yo" (Nula, 2007), "Perro viejo y cansado" (Nitro/Press, 2014) y "Tormentas en vasos de agua" (Abismos, 2015). En 2007 fundó la ahora desaparecida Editorial Nula y en 2013 el Sindicato de Escritores Independientes (S.E.I.). Parte de su obra ha sido traducida al inglés e italiano. La crítica ha elogiado su mirada singular, su prosa de trazo imprevisible y el lenguaje funcional, sin encrucijadas ni andamiajes «posmodernos», que logra germinar una narrativa de sello personal.







Artículo de: ESCRITURAS

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