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La entrevista: una forma de entender la literatura

En 2012, Nitro-Press en coedición con Fomento Editorial BUAP publicó Veintiuno. Charlas con 20 escritores, del periodista y escritor Óscar Alarcón. A finales del año pasado llegó (a manera de segunda parte) Veintitrés y uno. Charlas con 23 escritoras, que busca cerrar el trabajo periodístico iniciado con Veintiuno.

Acerca del libro

En la primera entrevista (con Sylvia Aguilar Zéleny), Óscar Alarcón menciona que Sylvia ha emprendido un viaje largo (ella es de Sonora y la entrevista se realizó en Puebla), esto da pie al tema de los viajes: en esta primera conversación se ejemplifica el largo camino que recorrió Alarcón para llegar a Veintitrés. Desde la publicación del primero hasta la llegada de éste hay seis años de conversaciones sobre literatura.

Las pláticas abren temas cuya postura cambia según la autora (una de las preguntas que más respuestas generó fue “¿Es difícil ser escritora en México?”, conforme el libro avanza se genera un debate interno que enriquece el material. Cada entrevista abre una ventana hacía diferentes perspectivas sobre la literatura, la realidad y cómo las escritoras plasman estas visiones en su obra. Resulta agradable la estrategia que emplea Alarcón al generar preguntas relacionadas con los libros de cada escritora para después encaminar la charla hacia otros temas, de modo que trasciendan su obra y toquen aspectos que, para el momento de la entrevista, eran coyunturales. Raquel Castro habla sobre etiquetas generacionales y la utilidad que les encuentra, Ana García Bergua da su postura en torno a las formas electrónicas de hacer literatura (como la llamada twitteratura) y con Ana Clavel se abordan los entrecruzamientos de las diferentes disciplinas artísticas. Después de todo, la visión del mundo de una escritora posee mucho peso, y aunque decida no adoptar una postura intelectual, es notorio su compromiso con la realidad inmediata y las derivaciones que ésta tiene por medio de la imaginación. Las 23 escritoras recopiladas por Óscar son un ejemplo formidable. Ahí están, por ejemplo, Magali Tercero y sus crónicas sobre la violencia desde la perspectiva del afectado, Fernanda Melchor y su trabajo periodístico-literario acerca de la violencia de los últimos años en Veracruz, Aura Xilonen y la migración, Sylvia Aguilar Zéleny con los reflejos crudos de la violencia que impera en el norte, Brenda Ríos y sus ensayos que nacen a partir de digresiones personales.

Las pláticas, en vez de volverse especializaciones de la obra y relegar su lectura para quienes ya las han leído, funcionan, más bien, como una invitación por voz de ellas mismas.

Los temas hablados también reflejan el complejo bagaje humanístico que se adquiere con la escritura, las autoras constantemente tocan temas relativos a las emociones, en donde ahondan en construcciones emocionales, ya sea de sus personajes, de ellas mismas o de la sociedad y cómo ésta funciona. Personalmente me sentí desolado al leer la forma en la que Brenda Ríos entiende las estratificaciones sociales, que en ciertos niveles se planean para luchar contra la soledad. Para aclarar su punto utiliza la familia. Sorprenden las coincidencias: Raquel Castro también habla al respecto de las familias. El debate es constante. Lo interesante llega cuando surgen temas ya tratados y se generan los ecos de esas conversaciones.

“…ir a restaurantes y que tú seas la única persona sola. Es abrumador. Tú no eres consciente de que estás solo, comiendo solo, porque te parece normal, pues tienes que comer y no vas a cocinar diario, hasta que te ves rodeado de estas familias mexicanas que van de diez a doce personas a todas partes, como muéganos. Te sientes más solo los domingos, más vulnerable”.

( Entrevista a Brenda Ríos. Pág. 185).

“Lo que comentas de la soledad tiene que ver con que por mucho tiempo se nos enseñó que la compañía es sinónimo de multitud, todavía hay familias en las que están los ocho sentados viendo la tele y te dices: ‘¿de veras se están acompañando?’”.

(Entrevista a Raquel Castro. Pág. 72

Óscar Alarcón muestra audacia para plantear las preguntas. Varias de éstas funcionan como detonadores para lograr que la autora se explaye en un tema y haga otras conexiones. En la mayoría de las conversaciones, las preguntas poco a poco envuelven a las autoras en una especie de monólogo en donde hay una profunda reflexión sobre lo dicho. Al llegar a la última página, el lector hallará una construcción gigantesca de múltiples ventanas que guardan diferentes diseños en su interior.

El mapa geográfico

Ya desde las primeras entrevistas hay evidencia de un aspecto que se reafirma al llegar hacia el final: hay detrás de la conformación de la antología un extenso mapa con la procedencia geográfica de las autoras. Escritoras del norte, centro y sur se hacen presentes, así como dos extranjeras. Esto se refleja en los temas abordados y sus diferentes perspectivas.

Alarcón deja ver cómo influye el espacio y su propio contexto en la obra de las autoras y de su vida, de manera que con algunas se tocan temas como la narcoliteratura, así como sus relaciones con la frontera norte y la influencia de la lengua anglosajona en el español, mientras que en el sur se habla de comunidades autóctonas, diferentes lenguas, un extenso marco cultural y, en fin, una riqueza temática (aunque el común denominador pareciera ser la violencia). Sylvia Aguilar Zéleny retrata sus impresiones como maestra de español para angloparlantes, mientras que Natalia Toledo habla sobre su experiencia al traducir sus poemas del zapoteco al español. También destaca la figura de la argentina Mónica Maristain y la colombiana Ana María Jaramillo, quienes residen actualmente en la CDMX.

El mapa dibuja uno de sus límites: desde Mexicali hasta Argentina, su antípoda geográfica latinoamericana, y pasa por Sonora, Ciudad de México, Tlaxcala, Puebla, Guerrero, Oaxaca, Veracruz y Colombia.

La amplitud demuestra que la literatura se descentraliza cada día más, de modo que ya no es necesario trasladarse a una capital para buscar oportunidades y, muy por el contrario, es posible hallarlas en la zona de origen. También muestra el esfuerzo del entrevistador por abarcar un extenso territorio en donde la riqueza radica en la no estandarización de la literatura mexicana. Él mismo lo señala en la conversación que sostiene con Mónica Neponte.

“Hasta hace unos 25 años parecía que teníamos una estandarización, se seguían ciertos cánones, en este momento existe una polifonía, […] tenemos una gran cantidad de voces que hacen que la literatura entre en crisis, no en términos negativos sino que existen tantos que ya no podemos localizarlos a todos”

Página 216.

El rescate de la oralidad

Decir que la oralidad ha muerto es descabellado, pese a ello, en términos académicos y aspectos formales se le ha relegado a un papel inferior, lo que genera una brecha entre éstos y la vida cotidiana, en donde tiene mayor uso –y quizá peso–. Para luchar contra esto bastaría recordar que la escritura está plagada de cuestiones orales: al repetir en voz alta una frase que no acaba de gustar en momentos de corrección, o al acudir a eventos en donde la manera de difundir la obra propia es leyéndola, o fomentando la lectura a través de lecturas grupales (proyectos como Descarga Cultura UNAM apuestan por esto). Sobra decir que la figura más remota del escritor occidental es la de los rapsodas (y aedos) que acudían a las plazas y a los banquetes a enunciar poemas, aquellos cantos épicos que tanto conocemos nacieron de esta forma. (Homero es el ejemplo por antonomasia, aquella tortuga que carga al mundo, o una especia de báculo inalcanzable). En ese sentido, un libro con las transcripciones de las charlas llevadas a cabo por medios orales funcionan como puentes entre ambas formas de comunicación, y no sólo eso: abre la posibilidad de revalorizar otros medios ajenos a la escritura desde la escritura misma. Este nuevo libro de Óscar plantea la importancia de la conversación como forma de entender el mundo, y enfocarse en literatura profundiza en una parcela de la compleja y a veces agobiante realidad.

Inserte metáfora sobre las voces y el agua.

La estructura del libro

Al igual que Veintiuno, la estructura del libro se conforma de tanto autoras consagradas dentro y fuera del panorama nacional, como por un grupo en proceso de consolidación y otra fracción con libros poco conocidos por cuestiones de marketing pero con propuestas interesantes y una calidad literaria innegable. Esta forma de armar el compendio ayuda a replantear los parámetros de valorización de un libro, además nos muestra algo que ya muchos sabemos: leer implica una experiencia personal que debe alejarse de las imposiciones editoriales. Y sobre eso también encontramos hilos conductores al libro anterior: preguntas sobre qué opinan algunas de las escritoras sobre la campaña del gobierno pasado que incentivaba la lectura planteando una lectura de 20 minutos al día.

Sobre que las entrevistas sean sólo a mujeres

Si bien la separación de género en la conformación de Veintitrés podría resultar conflictiva para muchas personas, no se trata de un sesgo despectivo, yo más bien lo veo como el resultado del actual panorama que vive nuestra literatura, en el que se busca aclarar que una escritora debe ser valorada y criticado bajo los mismos criterios que un escritor: por sus letras y nada más. Veintitrés y uno. Charlas con 23 escritoras se puede ver como un reflejo de la segunda década del nuevo mileno que poco a poco llega a su fin. Además, entiendo una especialización no como algo negativo, el año pasado Liliana Pedroza publicó Historia secreta del cuento mexicano, que busca retomar a autoras del siglo XX, cuya obra fue menospreciada por cuestiones de género. Especializaciones como éstas, más allá de entorpecer la lucha feminista por la igualdad, ayudan a profundizar en ciertos temas.

Veintitrés funciona como una guía de lectura, una sucesión de consejos, un espejo de la producción literaria de los últimos años, una reflexión profunda de la literatura por parte de sus creadoras, un poco como una especialización de mujeres escritoras, y también como un extenso mapa geográfico de lo que se escribe en el país y, sobre todo, como un acercamiento a obras con mucho peso tras de sí. Se trata de un libro multifacético que no te dice cómo debe leerse, sino que propone varias formas de hacerlo para, al final, descubrirse creando las propias y lo más importante: descubrirse reflexionando en las ideas planteadas para perpetuar los canales de comunicación y debate. Es una lectura que conduce a muchas otras. Cuidado, que la lista se puede volver interminable.

El entrevistador, Óscar Alarcón, fotografiado por el gran ©Ale Meter.
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Hibridación y radicalidad

La virgen cabeza (recién publicada en México por Nitro/Press) es una novela delirante. Fue escrita por la bonaerense Gabriela Cabezón Cámara. Su registro construye personajes, espacios y temas desde una visión radical e híbrida del mundo. Radical, porque aborda con un lenguaje crudo lo grotesco de la pobreza, la siempre latente criminalidad (muchas veces homicida) y el dolor y resolución de sus personajes.

Por otra parte, practica la hibridez, en la configuración de Cleopatra, un travesti que cree poder hablar con la virgen; este personaje habita casas lumpen de una zona marginal de los suburbios argentinos. Es cantante de un género musical denominado óperacumbia, cuya fama le llevará a recorrer Latinoamérica y, eventualmente, a toparse con Qüitty, otro de los personaje principales. Qüitty, cuya nostalgia por la carrera en Letras Clásicas no termina de resolver, es reportera y explora las zonas más peligrosas de la ciudad, buscando un nota periodística que mejore su salario. Así, Celo y Qüitty, convergen y son desarrollados a lo largo del texto.

Hablamos de una visión radical e híbrida en esta reseña porque son los códigos que modelan, en grandes términos, la pieza novelística de la escritora argentina. Sin embargo, en la obra también coexisten altas expresiones del amor humano. El poso es el lugar donde Cleo predica a sus habitantes hendidos en la miseria; es allí, donde se predica sobre la voluntad de la virgen: no robar, no drogarse, salir a venerar y aplaudir a la divinidad con un afecto que  surge desde un espacio que se revela, a su vez, como el núcleo de la opresión.

Porque El Poso, lugar donde  habitan los más desposeídos de la ciudad, es constantemente acosado por la verticalidad de la civilización. La escritora enfoca su atención en las zonas donde el sujeto subalterno habita. Sujeto que es constantemente acosado por policías y balas perdidas, muertos y por noticieros que anuncian y denuncian la degradación en aquellas esquinas olvidadas de la ciudad.

 

 

No obstante, es ahí mismo, en El Poso, donde se produce el clímax; aquí la escritora decide asentar una narrativa de la redención humana, de la filiación de los sujetos, de la salvación, del amor, de una alternativa travesti-religiosa del mundo. He allí la radical hibridación de esta novela que también se despliega en su construcción formal: 25 capítulos y un epílogo. La mayoría de estos apartados inician con un poema al estilo spanglish con jergas porteñas.

La virgen cabeza, aparte de hacer un planteamiento que subvierte muchos de los códigos que habitan en la convención social, también formula un saneamiento ético del mundo, logra generar un lenguaje riquísimo en el cual, como lectores, podemos presenciar su textura narrativa o su textura lírica, muchas veces indiferenciables en esta novela.

Los lectores, al momento de enfrentarse al primer capítulo, titulado “Qüity: «Todo lo que is born se muere»”, podrán experimentar esta hibridez. Ya se percibe la perspectiva del personaje desde su primera oración: “Pura materia enloquecida de azar, eso pensaba, es la vida”. El ritmo es vertiginoso y no desistirá hasta el final.

En suma, La virgen cabeza es una obra límite, fragmentaria e híbrida, altamente recomendable si buscan novedades temáticas o de estilo literario. Esta obra, en términos generales,  es de ruptura; es una exploración de las filias humanas en sus diversas manifestaciones pero, también, de la oscuridad que persigue y rodea. Este libro es una pieza formidable de la literatura latinoamericana contemporánea.

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Escritura y prisión: Mujeres que matan

Seis de la mañana es la hora en la que se pasa lista. […] Dos pesos cuesta recibir una llamada telefónica. Quince días barres la cancha si no sales a la lista. Quince días barres el comedor si le faltas el respeto a la custodia. Treinta días en el área de segregados si te peleas con alguien. Doce celdas hay en la planta alta. A las seis se reparte el desayuno. A las once la comida y a las cuatro la cena.  […] Dos meses permanece en castigo a quien se le sorprende con droga o celular. Ochos años es la condena a quien comete homicidio. Dos pesos cuesta un cigarro suelto. […] Ocho lavaderos y un boiler abastecen aproximadamente a 140 mujeres. Diez regaderas, cinco en cada planta. Seis camas en cada celda. Se permite un refrigerador y un cooler por cada celda. Quince pesos cuesta bailar cuando se organiza uno. Seis y doce horas duran es el tiempo que duran las conyugales. Quince minutos dura la visita de corto tiempo.

Fragmento del texto “Numeralia”, pp. 37.

 

 

Las cárceles han existido prácticamente desde el comienzo de la vida civilizada. En la antigüedad, el cómo se debía castigar al que cometiera un crimen fue una interrogante a la que le dedicaron tiempo de reflexión filósofos como Platón, Heráclito, Sócrates, Protágoras y demás.

Pese a tantos siglos de historia, lo que actualmente conocemos como sistema de justicia penal nace en el siglo XVIII con el fin del feudalismo y entró en un constante proceso de cambio hasta mediados del siglo XX. La idea de cómo debe funcionar un reclusorio ha sido más o menos constante: rehabilitar al que cometa un delito aislándolo de la sociedad para inducirlo a un proceso de meditación –casi siempre ligado a una religión, películas como Sueño de fuga o La naranja mecánica lo demuestran- que lo reforme para su posterior reintegración a la sociedad. La idea suena convincente, como mucho de lo que se plasma en papel, desafortunadamente, en la realidad se interponen factores como corrupción, autoritarismo, impunidad, mafias internas y en general un ambiente putrefacto, que más que una reformación proporciona la maleabilidad del sujeto. 

Al pensar en un reclusorio -o toparse con uno en diferentes medios- lo más común es imaginar un lugar de paredes grises y aspecto mortecino con cientos y cientos de hombres habitando las rejas. Resultará extraño para muchos imaginar un cerezo femenil, tal vez se daba a los matices machistas todavía impregnados en nuestra sociedad, los mismos que nos hacen sentirnos los únicos seres del mundo; pero no es así, también existen los reclusorios femeninos y están igual de saturados, ahí se hallan mujeres criminales y Mujeres que matan.

Sylvia Arvizu es la encargada de transmitirnos las voces que pueblan este libro de crónicas elaboradas con narraciones abrumadoras: imágenes reflexivas o contundentes, según lo necesite la historia. El volumen se encuentra dividido en tres segmentos: “Prófuga”, “Breve Azul” y “Mujeres que matan”, cada parte en un fragmento poderoso que hace de la obra un todo. El primer apartado es la presentación de la autora ante el lector y a su vez un ejercicio de autorreflexión entorno a ella y sus años venideros; elaborada magistralmente, la primera crónica, “Prófuga”, narra los meses de su corta vida como evasora de la ley por el crimen que no conocemos de una persona –la misma autora- de la que sólo sabemos está embarazada, la fuerza narrativa que hay en cada párrafo es tal que basta con eso para sentirnos cercanos a ella; cada página no se agota y más bien se reinventa en una segunda lectura. Hay garantía de llanto, de sentir una fuerza opresora en el vientre al pasar las hojas, y también de profundo reconocimiento hacía Arvizu, quien no busca tergiversar las cosas para adornarlas, todo lo contrario: emplea el lenguaje como un arma contra el olvido de las historias que transitan frente a nosotros. Cada texto deja una sensación de vacío e injusticia; nada parece inverosímil, cada escena nos aproxima a una realidad probablemente ajena hasta antes de la lectura, el tabaco -se aprende con el libro- es fundamental para sobrellevar los días de cautiverio.

Las descripciones de sus compañeras y el ambiente en el penal llegan en el segundo apartado: “Breve azul”, publicado de forma independiente en 2008 (Ediciones La Cábula) y retomado para esta edición. Las reflexionas predominan aquí y su lectura en un sentido profundo induce a la interrogante de si realmente es la cárcel un reformatorio efectivo o si por el contrario se trata de un sistema errado. La respuesta parece contundente, y también entristecedora. Las abstracciones sobre lo que dejan afuera son una constante en las anécdotas de las reclusas, pero también lo es la efímera felicidad y la sensación de que ahí también se puede encontrar un hogar. El libro fue publicado en 2013 en paquete -e individualmente- con Matar, de Carlos Sánchez (aquí una reseña), la estructura de éste es semejante pero con historias de hombres. Hay una marcada diferencia entre la actitud que denotan las mujeres en comparación con los varones: la empatía, la solidaridad que construyeron dentro del cerezo para hacer del lugar un poco más confortable, o al menos tolerable. Por irónico que suene, en los textos de los crímenes y asesinatos perpetuados, no se encuentran a personas buenas o malas, solamente humanas. Leer, entender cómo llega alguien a prisión sin caer en juicios de valor es el mayor mérito del libro.

En “Mujeres que matan” –la sección inédita del libro- los texto se enfocan en eso: describir los asesinatos de sus compañeras, vecinas de celda que con refresco en mano vieron privadas sus libertades, o que encontraron en el fuego la oportunidad de acabar con la huella de un cadáver fresco. En las cinco crónicas que dan forma al apartado se demuestra una ardua labor periodística ya antes ejercitada gracias a la conducción del programa radiofónico que condujo varios años antes de su reclusión, ahí se puede detectar la enorme carisma que fue clave en el proceso de sinceridad de las reclusas; por eso no deja de sorprender el libro, que alguien se desnude en palabras ante los ojos del lector ya es de por sí complicado, y más tratándose de asesinatos perpetuados no hace mucho, pero Sylvia lo hace ver como un trabajo fácil.

 

Perteneciente a la colección Letras Rojas de Nitro-Press, Mujeres que matan es un libro que cuesta trabajo terminar: al llegar por primera vez a la última página el lector querrá regresar  la primera y comenzar desde cero; no hay exageración al afirmar que se trata de un libro inagotable y de una autora que escribe con el alma en la pluma.

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Algunos libros sobre pedos

Tirarse pedos es un arte, y por lo tanto, algo útil a la vida,
tal como señalaron Luciano, Hermógenes, Quintiliano y tantos otros
Pierre-Thomas-Nicholas Hurtaut, 1751

Para empezar con la verdad por delante, pensé que sería más fácil hacer una lista de libros sobre pedos. Uno pensaría que es un tema de interés general, ampliamente conocido y tratado extensamente por cualquier género de la literatura, incluida la biografía, libros que tienen como punto de partida un pedo transcendental que cambió por completo el rumbo de la historia (más adelante les daremos un ejemplo). Pero no.  El arte de tirarse pedos. Ensayo físico-teórico y metódico de 1751, del historiador francés Pierre-Thomas-Nicholas Hurtaut, publicado ahora por la Editorial Pepitas de Calabaza,  tendría que ser my only way out para salir de ésta. Este libro escrito a modo tratado, dedicado a estudiar el fenómeno de los pedos con rigor artístico e intelectual, tal como indica Antón Ventolin,  encargado del prólogo de este tratado tan particular, es un libro dedicado enteramente a los pedos.  No sólo es un análisis teórico y analítico sobre los pedos, sino que además de la teoría, nos ofrece datos curiosos sobre el tema, e incluso consejos prácticos. Esta edición moderna del tratado de Pierre-Thomas es además ilustrada.  El ilustrador José María Lema consigue que los pedos de esta edición no solo se lean sino que se vean. Y sus pedos, son hermosos. Compruébenlo ustedes mismos. No está de más añadir que Pierre-Thomas- Nicholas  Hurtaut era miembro de uno de los salones literarios más célebres del siglo XVIII. Y parisino. ¿De dónde si no?

Lo que no deja de sorprender es que este interés intelectual por los pedos y por los misterios del cuerpo humano en general, parece ya antiguo, pasado de moda casi podríamos afirmar. Este tratado recuperado es un claro recordatorio de que desde mucho antes de la Revolución Francesa, ya se interesaban los escritores e intelectuales por las ventosidades. Desde el Emperador Tiberio Claudio, sobrino de Calígula, pasando por Chaucer, Quevedo, Rabelais o Benjamin Franklin, muchas personalidades relevantes de los libros de literatura e historia han hablado de pedos en sus obras escritas. Pero, ¿por qué es más fácil encontrar obras alrededor de los pedos fechadas en un año que empieza con un uno que con un dos? Parece que con la llegada del segundo milenio y su amenaza de desastre mundial informático, regresó el pudor, el rechazo por lo natural, y haría falta que algún intrépido, quizás salido de las páginas de esta revista que tienen en las manos, se de a la tarea de crear El arte de tirarse pedos 2049.

Para que no corran a googlear “libros sobre pedos” para comprobar la veracidad de mis palabras, ya que es lo primero que hice al entrar en pánico pensando en el lío en el que me había metido aceptando escribir este texto, les diré que mi afirmación anterior no es enteramente cierta. Actualmente si hay libros sobre pedos. Y sobre mocos, y  caca y pis, y demás cosas etiquetadas hoy día como “asquerosas” (no duden de que haya alguno sobre el vómito a punto de entrar a imprenta en lo que escribo estas líneas). Pero son libros infantiles. Sí, libros para niños y niñas. Parece que los pedos hay pasado de tener interés científico y médico, a ser una simple diversión infantil, si acaso un acto de rebeldía de algún papá moderno.

Otro gran clásico sobre el mundo de los pedos, aunque con un título más finamente traducido, El beneficio de las ventosidades, es aún más antiguo que el tratado de Pierre-Thomas.  En 1722 Jonathan Swift, el autor de Los viajes de Gulliver, se aventó, y nunca mejor dicho, un round con el mundo de las flatulencias con esta obra. En forma también de tratado científico, riguroso y exhaustivo – incluye una taxonomía del pedo a cargo de Charles James Fox además de una lista de otros ilustres escritores del pedo- , es además divertidísimo. Y vigente.  Una cosa si es segura, el humor, como reírse de los pedos, nunca pasa de moda.

Pero para no caer en el terrible drama existencial del “cualquier tiempo pasado fue mejor” y “ya a nadie le importan los pedos”, añado a esta pequeña lista un libro que pese a ser publicado en 2008,  es difícil de encontrar ya que solamente se imprimieron quinientos ejemplares: La paz volátil. Conferencia sobre el pedo, de Enrique Cantos. El autor, un inspector de policía retirado, decidió, muy probablemente inspirado por los tratados pedorros de Swift y Hurtaut, escribir un libro para “redimir a esa criatura siempre prohibida y mal vista que es el pedo”.

Si comparamos los tratados de Pierre-Nicholas y Swift con unos deliciosos y embriagadores vinos añejos, el libro del ex policía experto en pedos tampoco sería ese vino joven y fresco y tan rico al paladar,  ya que pronto se cumplirán diez años de su publicación. Así que todavía nos falta añadirle un toque de actualidad a nuestra lista de bebidas, digo, de lecturas.

Es por esto que quise incluir aquí Un libro para ellas, de la humorista británica Bridget Christie. Pese a no ser un tratado sobre pedos, tiene a un pedo como protagonista. Un pedo que fue el catalizador en la carrera de la autora,  un pedo que la convirtió en feminista e hizo que escribiera este libro en dónde habla de cómo es ser mujer en el mundo del humor y de mujeres relevantes como las hermanas Brontë, Mary Wollstonecraft o Virginia Wolf, que sin lugar a dudas también se tiraban pedos. El libro de Christie y el pedo que lo denotó son una reivindicación de cómo el humor puede convertirse en un arma política para denunciar injusticias y despertar consciencias: una “arma social”, como señalaba  Hurtaud en su tratado.

Mi conclusión, ya no se valoran los “poetas de los vientos” como antaño. Pero estén atentos porque en cualquier momento se puede revertir el fenómeno puritano de esconder nuestras flatulencias puertas adentro, y los pedos volverán a resonar con fuerza en las páginas de los libros. Como dice el autor de esta pequeña joya que es El arte de tirarse pedos. Ensayo físico-teórico y metódico de 1751,  “es en el mundo social donde el pedo puede tener sus mejores desarrollos. El pedo es un arte de afirmación existencial solo al alcance de aquellos que han conquistado su libertad más allá de los prejuicios sociales”.

Y hoy en día tenemos muchos prejuicios. Y cada vez menos libertades. Así que no se los guarden, desháganse de sus pedos.

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Colección de gases

Tenía como siete años cuando descubrí que todos nos “echamos” pedos, incluso algunos animales; me lo explicó mi abuela después de ver mi cara de sorpresa al escucharle uno bien tronado. Se los juro, antes de eso yo creía que sólo algunas personas, en ciertos momentos de su vida, sentíamos la necesidad de tirar gas por el culo. Será que yo no era muy pedorra, digo, las deyecciones no son algo que trasciendan en nuestra memoria[1], o quizá no era común para mí observar a otras personas peyéndose. Claro, ahí entendí que la mayor parte de la gente se oculta para pedorrearse. Ahora sé que los pedos, como la caca y la muerte están presentes en la historia del primer humano, y estarán en la del último. Que aunque se oculte o no se hable de ello, son parte de todos nosotros.

Me gusta hablar de aquellos temas que poco se tocan, será por eso que la idea de colaborar con un escrito sobre flatulencias me pareció bastante atractivo; luego, mientras me preguntaba qué pedo sobre el artículo de los pedos, me fue recomendado el libro Una vieja historia de la mierda, obra que conjuga una investigación histórica y arte para hablar, enmarcada en una reflexión histórica, las referencias a la mierda en Mesoamérica; una jugosa investigación de Alfredo López Austin y la estética de Francisco Toledo, compuesta por 18 apartados, situada en el contexto indígena, a partir de crónicas, testimonios y documentos de variadas culturas precolombinas.  Fue entonces que decidí hablar sobre los gases en aquel libro coprofílico y ventoso.

Pero antes de entrarle de lleno al material espirituoso de este maravilloso libro, déjenme hablarles un poco más sobre su enjundioso contenido. Una vieja historia de la mierda reúne una amplia selección de referentes sobre la caca en el mundo prehispánico. Se dice que la interpretación de los textos originales es mínima porque las indagaciones de López Austin reflejan el interés por entender la cultura prehispánica desde su propia visión, penetrando de lleno en las complejidades indígenas. Es así como éste investigador nos comparte los variados significados que tuvieron la mierda y los pedos entre las culturas mesoamericanas, y cómo algunos prevalecen en nuestra cultura mestiza.

Una vieja historia de la mierda es una proeza armada con fragmentos de relatos, testimonios y leyendas; nos habla de lo que simbolizó la popó, de los usos que se le ha dado; de su relación con las divinidades y los minerales, con la muerte, la salud y las enfermedades; nos habla sobre sus metáforas y aires. La de la mierda (y los pedos que menciona) es una historia no narrada en su totalidad, ya que son historias que siguen chorreando, como la propia caca, porque esta es antiquísima y se seguirá escribiendo hasta que la humanidad sea pura cagada. Y entonces, ya sin tanto pedo, cómo aparecen las flatulencias entre todas estas historias, cuáles fueron sus significados o tratamientos.

 

 

La primera vez aparece en el segundo apartado: “Miscelánea”. Nos habla de una creencia de los antiguos Nahuas, quienes decían que cuando un zorrillo deyectaba no era verosímil que fuese un animal, pues aquella materia gaseosa hedionda, por su magnitud, debía ser un pedo del gran dios Tezcatlipoca.

Sigue con “Otro pedo”, un mito maya-mopán que nos habla del encuentro con el grano del maíz; resulta que una zorra recogió granos de este, los probó y le supieron deliciosos; luego cuando llegó con los otros animales se echó un pedo que le fue festejado por su grandioso aroma. Así que se inició un interrogatorio y búsqueda por parte de todos, hasta que se dio el gran encuentro del hombre y los animales con el gran tesoro: el grano del maíz.

Ahora vayamos hasta el apartado siete “Salud, enfermedad, medicina y muerte” donde nos hablan sobre El daño del ayuno, una creencia de los Tojolabales de Chiapas – con la cual muchos podríamos identificarnos. Nos dicen que es malo traspasarse sin comer, pues al dejar de comer el estómago se llena de aire y al caer de nuevo el alimento, este se revuelve, se esponja, el vientre se hincha y todas las tripas entran en movimiento – ¿a poco no lo han sentido? Se le hace a uno una bola de la barriga. Pues resulta que, para curar este aire, se decía que el sobador deberá darle a una un mansaje con unto de puerco revuelto con azahares, luego golpeará para que el aire se despegue, y salga impetuoso y fétido. Hasta descansa una nomás de leerlo.

Luego el apartado diez: también “Miscelánea”. Los pedos como maldad pura. Aquí nos cuentan sobre algunos resentidos que habitaron en Sonora, seres que no soportaban la felicidad ajena y perjudicaban a todos los que celebraban. Se dice que estos amargados mataban coyotes, y con el sebo hacían velas que encendían en los bailes; el humo era muy dañino, así que la gente que estaba en la pieza comenzaba a sentirse incómoda, les llegaban los borborigmos y luego el dolor de vientre; se les inflaban las tripas y se llenaban de retortijones. La pedorrera era insoportable, todos terminaban peyéndose. Esas fiestas terminaban con vergüenza y bochornos. ¿Han asistido a alguna de esas?

Ahí va otro: “Salud, enfermedad, medicina y muerte II”, apartado doce. Los aires mefíticos, Otomíes del sur de la Huasteca: aquí nos hablan de los pedos de la tierra. Así como dentro de nuestro cuerpo, bajo la tierra circulan aires, estos se forman de las emanaciones de los muertos, están cargados de enfermedad, de muerte, de olor a podre. Dicen que estas ventosidades salen de las cavernas para doblegar a los hombres con su infección y para quebrar con su violencia las matas de maíz. Justo por esto se cubrían con costales la boca de la cueva del viejo santuario cuando se celebraban los ritos del maíz, de lo contrario esa abertura expelería la perdición de la cosecha.

Y otro más. Apartado quince: “Cuentos y mitos”. Aquí podremos encontrar el mito de El jaguar que fumó, de los Lacandones septentrionales de Chiapas. Se dice que un hombre confundió a un jaguar con su cuñado, lo recibió, lo invitó  a pasar, así como a disfrutar de atole y un buen puro; le presumió que ese sabroso humo era de un auténtico “pedo de jaguar”. Sin saber que con el humo aquel visitante recobraría su figura original, saltaría frente a él, le apuntaría con el culo y le dispararía un tremendo cuesco.

No la hago más de pedo con estas cagadas historias.  Y no se aguanten las ganas de soltar el aire de la colina, ya que como dijera mi abuela: más vale perder una amistad que una tripa.

 

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[1] A menos que haya sido épica; y con esto quiero hacer alusión a aquellos pedos que nos han evidenciado o metido en aprietos. No sé, los que nos salen con premio o los que causan estruendo en el peor momento, los que nos delatan con su olor fétido o con su verdoso color… ¿guardan recuerdo de algún pedo?

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La existencia líquida

Y ¿qué tal si dios fuera una tubería? Esta pregunta hace Amélie Nothomb en su novela  La metafísica de los tubos (2000), publicada en francés por el sello editorial “Editions Albin Michel”. Esta tragicomedia juega con la mente del lector hasta reducirla a un complejo entramado de tuberías.

En un mundo obsesionado por descubrir el origen, las teorías más locas para nosotros los lectores legos (verbigratia: las cuerdas  subatómicas, el Bosón de Higgs, los universos paralelos, la materia oscura, etcétera), la idea de concebir al creador como una enorme tubería por donde transita la existencia no puede extrañarnos. La idea es, incluso, un tanto cómica y muy original. Dios como una nada hueca que se auto-contiene a sí misma,  a la que un día se le ocurre crear algo fuera de sí que habite su espacio vacío (más bien lleno de sí). Esta ocurrencia es… el despertar de dios.

Al igual que esta ocurrencia del  creador como tubería, el ser humano en blanco, al nacer, fuera de los llantos y las excreciones, es algo muy similar a un tubo por el que transita oxígeno y comida. Amélie Nothomb entonces crea a su niño/dios,  un niño que no hace otra cosa más que estar ahí , al que su familia llama cariñosamente “El tubo” o “La planta”. Es un niño que no parpadea, que no emite ningún ruido, que no se inmuta por nada, un niño que se limita a respirar y comer sólo por supervivencia. Hablamos de un niño que al darle biberón resulta igual de divertido que enroscar una tubería con otra. Este niño tiene una crisis existencial tan profunda que desconcierta a los médicos y a la familia. El niño sabe que si el premio de la vida es transitar por la realidad, lo mejor es no moverse.

 

 

El niño dios cumple 2 años y medio, convencido de que la vida es aburrida y que no vale la pena el esfuerzo, hasta que un día se da cuenta de que ha sido timado y sólo le queda el llanto.  Así que, de ser un tubo inmóvil sin más función que la de respirar y comer,  pasa a convertirse en una máquina de llanto que no calla ni de noche ni de día. Éste es el llanto de los milenios del engaño y el progreso: justicia poética. Pero ¿dónde está el despertar del niño dios? ¿Y si el sentido de la existencia se redujera al disfrute de una barra de chocolate que te hiciera despertar el placer? Nothomb y su niño dios hedonista se reflexionan en ello: “El placer es una maravilla que me enseña a ser yo mismo. Yo sé de del placer. El placer soy yo: cada vez que exista el placer, existiré yo. Ningún placer sin mí, ¡yo no existo sin placer!”. Éste, al igual que el dios tubo, es el despertar de la niña dios.

La niña dios es la propia Amélie Nothomb, quien pasa un glorioso medio año descubriendo las maravillas del mundo, entre ellas, el lenguaje: “ningún tipo de pensamiento resulta posible sin lenguaje”. Esta idea le origina un conflicto lingüístico por elegir cuáles serán sus primeras palabras. Ella,  como divinidad, tiene una responsabilidad suprema en relacióncon lo que diga por primera vez. El lenguaje es la herramienta que representa un maravilloso mundo lleno de placeres e idolatría, sin embargo, sucumbe ante la convención social y decide honrar a sus progenitores, por lo que su primera palabra, como la de casi todo niño, es “mamá”. Inmediatamente después, para no hacer sentir mal a nadie, su segunda palabra es “papá”. Luego enuncia los nombres de sus hermanos, de su nana (“Nashio-san”), de objetos a su alrededor (“aspiradora”) y hasta conceptos como “muerte”, a raíz de la pérdida de sus abuela. La niña dios va reconociendo el mundo y lo va nombrando, así crece y experimenta la decepción, el asco, la frustración, etcétera.

Nothomb, en su novela, nos plantea las dualidades de lo lleno y lo vacío, el asco y el placer, el ruido y la excitación de la existencia y la serenidad y el silencio de la quietud. A partir del paraíso de la infancia en el que somos una hoja en blanco, dios de todo lo presente, a partir de los descubrimientos, la existencia fluye por nosotros como un líquido que no cesa sino hasta el final de la existencia. Como dice nuestra pequeña Nothomb, niña dios: “Mira pues. Mira con los ojos bien abiertos. La vida es lo que ves: membrana, tripas, un agujero sin fondo que exige ser rellenado. La vida es ese tubo que engulle y que permanece vacío”. Éste, al igual que el dios tubo y la niña dios, es el despertar de su novela.

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