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El amor es un pedo

No encontré otra forma de consolarla más que recitarle la “Oda al pedo”, aquel poema de no sé quién, pero recitado en mi familia por generaciones, incluso mi papá y mi tío alguna vez le pusieron música y la tocaban en el piano.

“Era un pedo maloliente que se escapó de repente de las nalgas de un mortal.
Era su olor a cagada, una cosa tan marcada que hacía mal….
quiso el dueño de ese pedo, detenerlo con el dedo… se escapó.
Y al quererse salir a partir de aquel día no dejó pedo sin par apestoso
que mi vientre generoso fabricó, del que alguna buena moza de asfixiarse temerosa se alejó.
¿Los pedos, tus compañeros acaso no fueron buenos consejeros para ti?
En mi nalga sucia y rala curso que te acompaña no te di,
Y así pasaron los días y aquel hombre no cagaba aguantando los dolores,
retorciéndose entre temblores hasta que el pedo se escapó y los calzones le ensució.”

Sin duda el poema le dio risa pero el estruendo había salido de sus entrañas y seguramente había espantado a aquel amor al otro lado de la puerta, ya no quería salir del baño le daba demasiada vergüenza…

Acabé diciéndole que es mucho peor oler que oír y que si por un pedo (por más grande, largo y asqueroso que sonara) ese pobre diablo la dejaba, había entonces valido la pena echárselo en la cara. En fin, ellos siguen juntos…ese es el buen pedo, el que ama, que une, el que reconcilia. Porque el amor es un pedo, que se escucha y/o se huele.

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¿Cómo funciona un bisturí eléctrico?

Soy un tipo en realidad
afortunado. Amo
mi trabajo.
Decía,
con grandes risotadas,
el médico que iba a practicar una incisión para drenar
una lesión cutánea en el trasero de una
desnudista.

Lo mejor para el cuerpo no sería comer
hot dogs con mucho picante y a deshoras,
pero este es un trabajo
que me odia. Y así
son las cosas.

Tal como se encontraron la máquina de coser y el paraguas sobre
la mesa de disección,
así ocurrió con el primer chispazo del bisturí
eléctrico
y la deflagración intestinal (¿No es bonito cómo
se puede hacer de un pedo algo épico
en un acta
de defunción?)

El asombro del médico fue genuino.
Ese gesto de abrir,
enorme,
la boca
y aspirar ruidosamente aire.
En este caso, una
bola de fuego
que lo mató al instante.

He aquí un ejemplo de desmesura que no se les había ocurrido
castigar
a los dioses griegos.
Pero hay tiempo
para todo.

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Otras mujeres de México Aguilera

Los hijos de Maricarmen se portan muy mal. Está harta. Al mayor le ha dado por morderle las orejas al pequeño. Ya le gastó la carne a la oreja izquierda. Ella no sabe qué hacer. Abraza al pequeño mientras le pone violeta de genciana en el lóbulo y con besos curativos pretende que la llaga cicatrice aprisa, pero él la empuja lloriqueando. Consigue zafarse de sus mimos. Ella amenaza al hijo mayor: “Si le vuelves a morder la oreja a tu hermano te voy a dar una zurra”. La verdad es que Maricarmen es incapaz de ponerles una mano encima a sus hijos. Corrige el ultimátum: “Si le vuelves a morder la oreja a tu hermano, tu papá te va a dar una zurra”.

¡En la madre: su papá ha sido invocado! De inmediato se lo piensa dos veces, le sale una aureola encima de la cabeza, mastica con la boca cerrada y baja los codos. Su padre se llama México Aguilera. Así le pusieron y si para algún lector eso es chistoso será mejor que no lo note; de lo contrario, que se despida de sus dientes. Hombre que no sale en las fotos, tosco, toral, entrón, clóset de hostilidades. Padre ausente, de pedos tronados y zurras severas. Por lo mismo, Mamá Maricarmen rara vez acusa a sus críos, sufre con cada manazo que el progenitor les acomoda. Lo de la oreja mordisqueada se ha vuelto un problema al que le urge solución.

El hijo mayor podría arriesgarse y reincidir. De todas formas papá no ha venido a dormir en semanas. Su asiento en la mesa está vacío, sobresale como el hueco en la sonrisa de un chimuelo. Maricarmen le guarda una buena porción de la cena a su esposo. Por si llega de repente o más al rato. Se arrepiente de llamar “cena” a ese estofado sin sazón. La comida que prepara parece las sobras de un platillo de a de veras, como los que salen fotografiados en las revistas.

Se asegura de que los niños, antes de irse a la cama, se laven la boca o de perdida hagan buches con agua. Ella se queda rezando, ora para que su esposo regrese con algún regalo que le compró en un semáforo rojo: gardenias, mazapanes, un arma que dispara burbujas de jabón, un disco compacto con cientos de canciones. Maricarmen extraña muchísimo a su marido. Nada puede hacer al respecto. Hace unos meses de pronto desapareció el Canal 9 en la tele, ya no se ve. Tampoco pudo hacer nada al respecto. Atravesó la retorcida antena de conejo con una lata de refresco, pero el canal nomás no regresa. Así de impotente se siente con respecto a su marido. Extraña su aliento, sus manos gruesas, los himnos de su respiración carrasposa, sus cicatrices de tinta en el brazo (Maricarmen, Leticia, Martha, Lupe, Mamá Lola), su mirada que embaraza. Extraña verlo hacer corajes porque “el trabajo está bien triste” o no hay nada en la alacena. Incluso extraña sus pedos. Explosiones escandalosas que aprisionan una auténtica peste abajo del lienzo que los cubre; él ni se inmuta, ella se despierta exaltada a la mitad de la noche.

Pero más lo extraña manoseándola y adentro, bien adentro. Sentirlo hasta el tope. A veces, cuando él está profundamente dormido ella le descubre el pájaro y se lo besa quedito mientras mentalmente repite: “Besos curativos, besos curativos”. Lo hace por cariño y para borrar las enfermedades malas que sus otras mujeres seguro le contagian. Ya hace una semana que él no se acuesta con ella.

¡Con qué feo pensamiento se queda dormida! Dormida y en una silla. Aquella cama está reservada para el ser que sólo existe cuando ella y su hombre suman. La noche acontece. Maricarmen se sueña cocinando perfectos platillos aunque desconoce la identidad de sus comensales. A lo largo de la noche varios sonidos la despiertan. No son las mentadas de madre chifladas con que México Aguilera anuncia su aparición.

Al día siguiente el cielo amanece haciendo pucheros. Maricarmen piensa: “Cuando llueve a nadie se le puede negar un techo” y se va con sus hijos para el monte. Aborda la combi que la lleva a donde su Comadre Bruja le dijo. Se bajan y toman otra combi, una más humilde y destartalada. La Comadre Bruja le indicó que le hiciera la parada al chofer pasando el Cementerio del Collado. Ya de ahí no hay pierde: “Del panteón tienes que caminar hacia arriba cuatro veces cien pasos…”

Maricarmen no sabe contar. Sus hijos sí. Por algo los manda bien peinaditos a la escuela.

Ahí van los tres caminando entre números. A los niños se les nota que los zapatos les quedan grandes. Ni cuentan hasta cien. ¡Pero ella cómo se va a dar cuenta! Nota que el hijo chico grita un número y el hijo grande otro. Cabe mencionar que eso de que uno es mayor que el otro nomás es un decir. Los separan tan sólo cinco minutos de vida. Maricarmen los mira andando. Sus dos barajitas gastadas. Tan gastadas que con el puro tacto y cerrando los ojos podría reconocerles las marcas y cicatrices que los desigualan. Le salieron igual de cabrones que el papá, bien poco cariñosos. Ojalá pudiera hacer algo para que crecieran de chingadazo. Está harta de sus inocentes majaderías. Se limpian con las mangas del suéter los besos curativos que ella les manda, le avientan cosas, escupen cuando no los ve y torturan a las mascotas de los vecinos. El menor es muy callado. Al mayor le ha dado por morderle las orejas al otro. “No eres rata, eres niño”, le dijo. Ya no sabe cómo hablarle. Tampoco sabe a qué va a esa casa tan lejos. “Es la única casa que hay por esos rumbos…”, le dijo su Comadre Bruja mientras le echaba las cartas: “Aquí clarito se ve que tu viejo te está engañando…”

Está chispeando. No sabe qué va a hacer cuando llegue. Cree que ya estando ahí todo ocurrirá por sí solo.

Si México Aguilera está presente, le va a suplicar que por favor se regrese con ella, ya que los niños se portan mal y no hay Canal 9 desde hace un mes. Que lo ama.

Si México Aguilera no está; a ella, a la otra, la va a dejar sin cabello y sin ojos. La va a arrastrar todo el camino de regreso.

O tal vez debería regresarse a casa y acomodarse en su silla. Esperar rezando.

El hijo menor enumera los golpes de lluvia que siente en los brazos, la frente, la nuca. Ha cesado el aguacero y ahora llueve sin ganas, prácticamente se puede caminar entre las gotas. El hijo mayor recogió una rama y viene golpeando todo a su paso. Maricarmen cruza los dedos deseando que su marido no esté ahí. También observa los pies de sus hijos, los pantalones se les están llenando de lodo. Le va a costar mucho lavarlos. Entre el 52 y el 53 el hijo menor hace una pausa incómoda. La oreja le arde, punza como cuando miras la noche. “60”, dice brincándose los números de en medio, como si, más que contar del uno al cien desempeñara los servicios de un segundero. Vuelve la mirada y su hermano mayor señala con la rama una casa a lo lejos. “Vieja el último”, grita. Corren en subida. Ella los observa convertirse en un punto a lo lejos. El viento agita aquel interminable paisaje. Al pasto se le pone la piel de gallina. La lluvia cae monótona y sin fuerza, exigiendo que se le llame de otra manera.

Teresa está limpiando frijoles. Escucha voces de niños. Su primer presentimiento es malo: piensa que los querubines del Señor han venido para recoger a su Esteban. Entonces corre hasta la habitación ubicada al fondo de la casa, persignándose sin orden alguno: el Padre acaba en la nariz, el Hijo en una oreja y el Espíritu Santo casi le pica un ojo. Su nene está bien. De todas maneras ella pone cara de malas noticias y sale a ver de qué se trata aquel escándalo. En su portón sorprende a dos niños empujándose. Son gemelos. No se da cuenta de que además son idénticos a su esposo.

A la distancia, bajo los chisguetes, una mujer se aproxima. Detrás de ella se ennegrece dramáticamente el cielo. “Cuando llueve a nadie se le puede negar un techo”, piensa Teresa e invita a los niños a entrar. Traen los zapatos llenos de porquería. Les suplica que no ensucien el piso. Eso transforma a los dos chiquillos en súbitas estatuas de marfil. “Espérenme un momento”, les dice y se dirige al baño. Maricarmen apura el paso y entra a la casa.

Teresa no quiere estropear alguna de sus toallas, por lo que le cuesta mucho trabajo elegir un par de trapos viejos con los que la mujer y sus gemelos puedan secarse el cabello y los pies. Revuelve el closet buscando paños deshilachados mientras afuera los empapados pasean la mirada por la casa. El hijo menor busca juguetes, el mayor, monedas y Maricarmen, indicios de la presencia de su marido. Los tres encuentran inmediata satisfacción: una pelota, varias monedas apiladas en una esquina (para la buena suerte y evitar embrujos) y el tufo implícito de los gases de México Aguilera.

Ya con los pies limpios, los niños se quedan sin decir ni hacer nada, inútiles como pajaritos que ya no cantan. De reojo, las dos mujeres se estudian con femenina prevención hostil; es decir, sonriéndose. A Maricarmen la desilusiona Teresa. Esperaba alguien joven. O por lo menos no tan vieja. O por lo menos flaca. Ya de perdida, con caderas y senos proclives al escarceo. Teresa rompe la inconfortable calma: “No se pueden ir hasta que deje de llover. Ven, ayúdame con la comida”.

Entran a la cocina. En la mesa están dispersos varios montones de frijoles crudos. “Ayúdame a espulgarlos”, le dice Teresa Aguilera a Maricarmen Aguilera. Toman asiento una junto a la otra, ignorándose pero a la vez combatiendo. Los niños se quedan en la sala. Las dos mujeres repasan uno por uno los frijoles, desechando las piedritas intrusas y los gorgojos polizones. Sus manos trabajan con una gracia mutua, mecánica e infantil. Todo el coraje de Maricarmen se disipa en silencio. “Soy una maricona”, piensa.

Las manos de las dos mujeres se rozan al seleccionar tal o cual piedra. Se escuchan insistentemente los taconeos del chubasco en el techo; es como si la lluvia narrara la mutua inspección letra por letra, gota tras gota. Disputan en amable contienda los últimos frijoles que restan. Maricarmen piensa que aquella mujer debió ser muy hermosa de joven. Sus gestos serios que se tornan amables dan la sensación de estar abriendo una carta ajena. “Me estás tocando a través de él. Te estoy tocando a través de él.” Teresa acaricia el crucifijo que le cuelga del cuello y propone una charla llena de vacíos y tiempo. Le cuenta a Maricarmen que su hijo está enfermo. Eso ella ya lo sabía. El niño se llama Esteban. Eso no lo sabía. “Hasta el brillo del cabello ha perdido mi hijo…” Maricarmen trata de evadir la mirada de la otra pero su voz padece complejo de omnipresentes ojos. “…Me dijeron que le están haciendo un trabajito… ¿pero cómo va a ser eso? Si él nunca le ha hecho mal a nadie.”

Enjuagan los frijoles con un colador y luego los ponen en una olla, listos para cocer. Teresa le pregunta a su invitada por la edad de sus gemelos.

“Siete”, responde.

“Mi Esteban tiene doce”, dice Teresa dándole golpes al traste. Sordamente encomienda la salud de su hijo a un reducido acordeón de santos.

Maricarmen tal vez sea una pésima cocinera, pero hasta ella sabe que si no le cambias el agua a los frijoles antes de cocerlos, caen muy pesados a la panza. Maricarmen también se da cuenta de que ella es la otra mujer de México Aguilera.

Afuera, el mayor de los gemelos juega con la pelota roja que el menor encontró. El pequeño aprovecha para escabullirse de los cocos y los mordiscos de su tirano reflejo. Camina hasta una puerta ubicada al fondo y entra a una habitación. En el centro de la pieza hay una cama inmensa y blanca, ¿o se trata de una nube aprisionada? Del techo cuelgan hilos blancos que sostienen diminutas canicas amarradas a diferentes alturas. También cuelgan telas transparentes; el niño piensa que son espectros de cortinas que ya murieron. La luz flota. Camina de puntitas hacia la cama. Le da pena tener el calzado varias tallas más grande de lo necesario. Su mamá le dijo que dentro de poco ya le quedarán bien. Ese cuarto. Ahí dentro no se escucha el insistente escándalo de la lluvia. Huele a medicina sabor vainilla. En el colchón está acostado un niño. Empequeñecido, hinchado, con los rasgos de la cara mal dibujados y el cuerpo inflado como un pequeño globo de salchicha. Nunca vio un niño así. Está completamente dormido.

El gemelo menor se acerca y con excesivo cuidado comienza a roerle la curiosa y dura piel de las orejas.

En ese momento, México Aguilera aparece por el camino difuso que conduce a aquel hogar. Camina dentro de la sombra que la casa proyecta en la tierra, la oscuridad le besa el cuerpo, él chifla una mentada de madre tras otra. Viene de trabajar, antológicamente empapado. Siempre ha pensado que protegerse de la lluvia bajo un techo es traicionar al chango que alguna vez fuimos.

México Aguilera no es fuerte y grande como Maricarmen fantasea, ni tan viejo y barrigón como tantas veces Teresa le gritó para herirle el orgullo en medio de una bronca causada por sus constantes ausencias. México Aguilera es simplemente un hombre. Un hombre cansado que preferiría estar ebrio. Odia su nombre. Nunca lo ha hablado con nadie pero siente y jura que una terrible maldición ha caído sobre él: es incapaz de sentir rico cuando coge; en cambio, sus mujeres gritonean rasguñándole la espalda, berreando cosas que más vale no reproducir aquí. “Estás maldito”, piensa e imagina los rostros de sus mujeres quebrándose de tanto placer; por lo menos, ya les prohibió que se embaracen de nuevo. Piensa en los hijos que ha traído al mundo: dos gemelos y un enfermo. “Valiente semilla endemoniada”. Todo empezó cuando le metió mano a la comadre de su segunda esposa. ¡A esa pinche bruja aguada!

México Aguilera entra a la casa haciendo ruido. En la cocina encuentra a sus dos mujeres cocinando. Piensa que parecen dos manos de un mismo cuerpo. Le da mucho gusto. Nota que las dos le caben en un abrazo y para celebrar se tira un pedo

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Cero la vieja del Basurero

]Puta. Mi madre dice que es puta.

Doña Graciana, la vieja sucia y cochina que todas las mañanas empuja el diablito con bolsas de basura, es puta. Y mi madre me dice que ni siquiera piense en acercarme, que corra si la vieja intenta meterme en sus brazos. Doña Graciana recorre la calle pepenando el desperdicio, busca botellas de plástico. El cartón de las cajas de huevo que dejan los de las tiendas, lo utiliza para forrar las paredes de su cuarto; así la fodonga no pasa fríos. Todo el día la vemos cómo empuja su diablito oxidado, detrás de ella siempre camina el Usuario, su perro. Su imagen me ronda la cabeza: vieja y perro caminan hasta perderse entre los puestos de frutas, de verduras y de tlacoyos.

Nalga pronta, culo caliente, tiene dinero porque se coge a los borrachos. Yo la veo llamar a los chamacos, les enseña sus piernas gordas y peludas. Les grita: “ven niño, que te va a gustar”. Tiene dinero porque los cargadores del mercado le pagan, ella les hace favores: los mete en su casa y nomás se oyen los quejidos del catre. Date cuenta, güero, cuando el foquito amarillo con caca de moscas se apaga, es porque tiene a un teporocho metido en las entrepiernas, me dice mi hermano cuando nos mandan a dormir. Doña Graciana la apestosa tiene dinero, nadie creería que vive en la vecindad de la 29 poniente.

A las cinco de la mañana sale con su perro recogiendo la basura. Graciana cotorrea con los vendedores que comienzan a llegar para la venta del día: chicharrones, fritangas, requesón, memelas, nopalitos en escabeche, de todo se vende en el mercado de la 3 sur. Después de casi una hora de argüende sigue su camino hasta toparse con la señora que le regala tamales y atole: los lunes, de mole. Martes, de rajas y arroz con leche. Miércoles, champurrado y torta con doble tamal de dulce. Jueves otra vez de mole. Los viernes repite el champurrado y cambia el tamal: ahora se jamba uno de salsa verde. Los sábados sólo se toma un jugo de naranja. Y cierra la semana religiosamente los domingos con una torta de tamal de dulce y un atole con piloncillo.

Después de desayunar, continúa con su camino, las llantas oxidadas del diablito inician la marcha, el Usuario camina muy ufano con el hocico en todo lo alto, glotón a reventar después de comer junto a su dueña. La gente identifica a doña Graciana por su suéter roído y sin botones, por la falda verde, las calcetas enormes arriba de las rodillas y los zapatos con un hoyo en la punta, por donde se asoma el dedo gordo del pie.

A mí me gusta Doña Graciana. Todas las noches sueño que apaga mi lámpara y entonces su cara redonda llena el cuarto. Me echo un clavado adentro de mis sábanas para tocarme sin que mi hermano se dé cuenta. Mi Chana, tu cara redonda es la luna debajo de mi colcha de Spiderman. El Usuario siempre me ladra, no deja que me le acerque. Maldito perro, ojalá y te maten, que el taquero te pesque por el cuello y te cocine, ojalá y te sazone y después te coma sin que yo me dé cuenta cuando te sirvan en mi plato. Dios quiera que te disfrute en esos tacos sudorosos y después te cague, que te vayas por el hoyo de la letrina y nunca más me molestes.

Doña Graciana me llamó esta noche cuando salí de la escuela. Tengo que ir a su encuentro deprisa para que mi mamá no me regañe. Las clases quedaron atrás, mi uniforme verde mayate delata la secundaria a la que asisto.

Doña Graciana me arrincona. Piernas peludas. Sonrisa chimuela. Puedo sentir su aliento enfermo que proviene de lo más profundo de su hígado. El Usuario me ladra como siempre. ¡Cállate!, le grita.

¡Qué chulo y qué grandote estás mijito! Entra a mi cuarto, tócame. Así, pon tus manos en mis muslos, acaríciame la espalda, anda, prueba mis chichis, así. ¿A poco no te gusto, mi güero?

Pronto estoy arrinconado entre la pared y el cuerpo de Graciana, la pesadez se desborda y me hace sentir diminuto. Se quita el suéter roído, la blusa con manchas y entonces su panza se desparrama, se viene abajo para saturar al mundo con su masa. ¡Los tamales, encontré los tamales! Están en sus pechos, en sus enormes tetas de marrana que todas las noches un hombre distinto prueba.

Mi cuerpo se convierte en su masa; el suyo, ha perdido los límites: no hay distinción entre la espalda y las nalgas. La raya que dividía las dos enormes esferas carnosas está perdida. Grasa, Grasa, Grasita, Graciana, Grasa, me encantas, déjame tocar tu enorme panza, deja que mi ser se pierda en la manteca que escondes en el cuerpo y que tienes para mí. Enciérrame en tu amasijo de piel, de carne y pelos, quiero encontrar la salida a tu laberinto de estrías. Bésame, Grasita, Graciana, acaríciame, Chana, cómeme, devórame como a tus tamales cotidianos.

Me gusta la compañía de los hombres y sobre todo de los niños, a los que en verdad me gustan no les cobro por meterlos a mi catre, en este pequeño mundo en donde apenas cabemos tú y yo: ven, súbete en mi barriga, nada entre la pelusa de mi ombligo, me dice entre resoplidos mientras me acaricia el pelo. Y entonces soy un lechón desnudo, al que va a cocinar, soy su plato fuerte para la cena. Estoy desnudo y me toma con sus dos bolas de carne que tiene por manos, me abre las nalgas y mete su lengua hasta partirme. Soy un lechón caramelizado, mi cuerpo brilla cuando Graciana me da vueltas, sólo me hace falta la manzana en el hocico para completar el cuadro.

Sigue, Graciana, llévate esta virginidad que me estorba y escóndela en la masa que te cubre entera, anda, Graciana, piérdeme en tus gigantes brazos, arrópame en tu vello púbico extinto, vamos, Graciana, déjame estar encima de ti y después duerme tranquila.

Al fin se ha ido: ya no soy un niño, el cuerpo fláccido de la vieja del basurero cayó más pesado esta vez en el catre. Es un rinoceronte herido que fuma incansablemente en señal de que está satisfecha. Inmediatamente y sin apagar el cigarro, después de que hicimos chillar el catre, nos quedamos dormidos. Viajo hasta el recuerdo de las noches en las que la lámpara se apagaba y la furia del sueño no se detenía debajo de las cobijas de súper héroes. Cuántas veces Ironman conoció por mi propia mano el cuerpo anular de Graciana, cuantas veces Thor empuñó su martillo pensando en las piernas peludas de la enorme mujer que ronca a mi lado. Los pedos de Graciana me despiertan.

¡Graciana!, ¡Graciana!, ¡el cartón del cuarto se está desprendiendo! Mira cómo caen los trozos corrugados como si fueran hojas sueltas de los árboles en otoño, parecen lágrimas que escurren de la pared.

La pintura del techo comienza a desprenderse, el caliche vuela sobre Graciana y cae en su cabello y en su panza.

¡Abre los ojos! Graciana, Grasita, Chana.

Doña Graciana, la vieja del basurero, despierta apurada pero se mueve lento, las hojas grises siguen cayendo y no alcanza a decir ni una sola palabra. El cuarto es una diminuta chimenea en donde el humo dibuja una S de las paredes a la nariz de Chana, del piso a mis oídos. El cigarro no se apagó y el humo es una serpiente gris que nos acaricia los genitales y nos desprende la piel.

Graciana, ¿dónde estás? Te estoy perdiendo, ya no alcanzo a verte. Chana, Grasa, Grasita, Chana…

El Usuario ladra toda la noche al enorme cenicero en el que se convirtió el jacal de Chana. La grasa se consume arrastrando su marca de manteca: nada más falso que decir polvo eres y en polvo te convertirás. El Usuario continúa sus chillidos hasta que la casa se reduce a nada, hasta que los vecinos llegaron a ver qué era lo que pasaba. Los ladridos cesan. El perro le gruñe a dos figuras chamuscadas y que comienzan a vaporizarse.

Humo.

Humo.

Humo…

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Oda a Le Pétomane

El suspiro es el pedo del alma
Guillermo Cabrera Infante

 

La génesis bioquímica debajo del ozono:
Oxígeno y nitrógeno,
hidrógeno y metano,
más dióxido de carbono.

Va en el aire en la raíz de una palabra,
cerca del fuego luce como meteorismo.
Espasmos intestinales tras la distensión abdominal,
viento del paso.

No es exceso de nervios ni la tensión intestinal,
fermenta igual a una cerveza,
pero no es la flor del lúpulo,
sí la flora del colon tras sustancias
y bacterias aerobias estrictas.

La urgencia del sonido,
se expande su nota exacta
con el mecanismo de la flauta,
la apertura del esfínter agrava o agudiza
el final que retumba su fugaz Apocalipsis.

 

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