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Los trabajos de Fungus

1.

Pasada la reyerta en un callejón cercano, la peste a garnacha se fundió con el corrupto aroma a meados. Cada bulla, cada crujido fuera de lugar alarmaba a Fungus Slang: ¿venían por ella?, ¿por el Bacon? Se aseguró de que el cuadro estuviera bien oculto bajo la manta, a sus espaldas. La sucia gabardina, la bufanda de los Chargers, el gorro de estambre. Una estatura y una dejadez que empataban la de cualquier trailero, sumados a la duermevela citadina, mimetizaban a Fungus Slang en el cobertizo del local abandonado. Quien la viera ahí, no iba a sospechar. El objeto a sus espaldas podía ser una puerta o un triplay. Fue paciente: la trifulca del callejón había cesado, cebada por el runrún de la ciudad. Todo quedó en un débil estrato de polvo, lejos.

Peatones exánimes, gente opaca. 

Algún claxon, portazos. 

El Tijuana Downtown. 

Una Windstar subió los cristales eléctricos, sin detenerse. Después, nada.

Fungus Slang amoldó el exoesqueleto bajo la gabardina. Esperaba a Caffoni en cualquier instante. Ni idea por dónde iba a aparecer, ni vestido de qué. 

A media cuadra, alguien desplegó las mamparas de un puesto de revistas y tendió forros de plástico sobre el producto, dada la amenaza de lluvia. El friyito mañanero hizo que Fungus Slang batiera el palpo, en un escalofrío que aflojó el gorro de estambre, dejando las antenas al descubierto. En seguida las ocultó. 

Una patrulla. 

Niños a la escuela.

Champurrado, súbale súbale, camiones. 

Fungus Slang solía decirse: “Conozco a las personas”. 

Inhalaba: al inhalar, su cuerpo ganaba volumen. Exhalaba, y volvía a semejar un cuerpo humano. Luego de varias décadas, al fin vería a Caffoni. Cumpliría con la custodia: entregar el Bacon. Suspiró, sacudiendo la cutícula labial bajo la bufanda. Para un nematomorfo antropoide de séptima generación, Fungus Slang moderaba la excitación de forma admirable. 

Por la esquina asomó una mujer, ya viejona, con licra y brillo labial de un dólar. Fungus Slang la vio trasponer la cuadra entera, cruzar la calle y colocarse en el umbral de la única botica abierta. La conocía al dedillo: Mara. Observada por años, puede que ella nunca notara su presencia. Portaba una diadema que halló entre la basura. Mara sostenía algo entre las manos: un vaso, la acostumbrada ración de birria, demasiado caliente, ya menos. 

Fungus Slang se repetía: “Los conozco”. 

Mara iba a bebérselo: se detuvo –con un gesto que previó Fungus Slang– el ver aproximarse a un sujeto en traje sastre, entrado en años. El tipo escondía las manos en los bolsillos, arrastraba los pies, la mirada amarilla. Parecía derrotado, tirado a bienmorir en el Tijuana Downtown tras haber luchado contra el mar, incapaz de domar el viento ni gobernar las velas. El tipo escupió al pasar junto a Fungus Slang: ella movilizó sus órganos timpánicos, cubiertos de vello sensible. Detectó en el gargajo del hombre añoranzas de desvelo, salitre y tabaco. Mara lo vio aproximarse: dejó el vaso de birria en una cornisa y se ajustó la falda, la cadera. Una pierna así, lipstick, ayúdame diosito. Intercambiaron monosílabos e ingresaron a un motel. 

A veces, Fungus Slang añadía: “Lo que sé de ellos, ellos no lo saben”.

Por decir, la existencia del Soflvee. 

Sus ideólogos y operadores, su devenir, sus variantes en quince países. El cariz que tomaba en cada sitio, camuflado por las circunstancias. Ella los anticipó, los brujuleó. Supo entenderlos, acercárseles. Intuir, discernir, ahondar en sus orígenes. 

Y llegado el día, despojarlos del cuadro. 

A partir de que Fungus Slang se hizo del Bacon y lo resguardó en un apartamento de la Colonia Alemán, aún a la distancia, se mantuvo atenta al Soflvee. Ellos, los cófrades del Soflvee, nunca la vieron. 

Ni la imaginaron. 

2.

Hermandad marginada, el Soflvee germinó a finales de los 30’s a partir de células anarquistas de la Europa Central. Floreció en coyuntura al derrumbe del Clan Balbuena, poco antes del ascenso del Reich. Segregados, vagabundos, los pioneros se fueron apiñando: talentos inconformes, genios disidentes que con actos aislados y heroicos se daban a notar, descubriéndose, citándose en guaridas y hostales. Fue nombrado Soflvee por Jorgiván Andúriz, un reportero andaluz que padecía de estrabismo, cosa que a Fungus Slang le parecía hilarante. 

Andúriz identificó a la cofradía clandestina en sus columnas semanales. En principio la insinuó como “sedimento social”, “pleito camuflado”, aunque también –Fungus Slang suponía que en tardes melancólicas, cuando Andúriz andaba de corazón roto– como “rosa franca” y “gabinete cristalino”. Llegó a situar en paralelo el efecto expansivo de un grupo revolucionario en ciernes, como el que se deducía allí, con la propensión multiplicadora e irrefrenable de las algas marinas, incitando a los gobiernos a “actuar como se actúa para erradicar las plagas”. Tras un ejercicio de paciencia, embrujo y observación, y a fin de familiarizar al lector con su objeto recurrente, Andúriz tuvo el mérito (“o el mezquino interés –se decía Fungus Slang– según el lente de quien mire”) de nombrarlo así para inmortalizar a Sofly, su gato. En su letargo mexicano, Fungus Slang se dio varias escapadas a la hemeroteca de la UCSD en San Diego, así como a la biblioteca del COLEF, en Tijuana, donde recopiló, ordenó y leyó cada publicación firmada por Andúriz. El andaluz aseguraba, entre la deducción y la ficción, que en 1938, la asamblea fincada en Baviera reclutó a medio centenar de integrantes bravíos, entre españoles y sarracenos, turcos y alemanes, algún lapón. Consolidaron búnkeres a orillas del Danubio, con equipos de estudio encubiertos que despabilaron, haciendo músculo, numerosas jergas de alcance local que resonaban en despachos de Núremberg, Zaragoza, Basilea, Turín. 

Entre las tesis esenciales, Fungus Slang sabía que los pioneros alemanes, turcos y españoles codificaron a su manera el término Soflvee, que les vino bien adoptar. Los motivos que sustentaban la nomenclatura no alzaron mayor debate. Sin chances de consultar a Andúriz, resolvieron que era un acrónimo del famoso verso de Rita de Moldavia: Se os fue la vida en ello… Formularon un ideario, un himno y un pliego de principios fundamentales. Esbozaron el escudo de armas, con un rostro caucásico que décadas después sería sustituido por el mentón de Lucio Gaeta, entre blasones transversales, con trazos ñoños. 

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, el Soflvee perdió la sede alemana. Sin ceder a la desazón, y mirando al futuro, sus afiliados se propagaron, acalorados por la testarudez. El nomadismo los rajó en dos bandos. Uno de ellos obtuvo asilo en la campiña de Narvik, al abrigo del nódulo fascista noruego Nasjonal Samling. La distancia de todo conflicto, la lontananza austral y el contacto con las escuadras paganas relegaron sus querellas a la cosmovisión fraterna del último horizonte. Hoy se considera una unidad residual, mineralizada. 

La otra facción, gástrica, beligerante, asida al rencor estudiado de sus caudillos, se instaló en la villa de Monchique, al sur de Portugal, y por años administró la fiereza, alimentó la introspección y evitó toda batalla. El organismo, que ya inquietaba a varios régimenes, tanteó su momento, indiferente a la guerra. 

No obstante, al declararse la paz, el Soflvee se pulverizó. Decenas de apóstoles de la inconformidad hacinados en Monchique se despidieron sin mayor ceremonia, silenciosos, llevando el rescoldo en el alma. Los capitaneó un trío de mujeres resueltas, primigenias, de pupila revoltosa. 

La mayor, Mildreth Tovoli, pasada de los treinta, atrajo a la mayoría; quizás por la certidumbre idiomática de dominar varias lenguas y predicar a gritos, con risa charlatana, o por la hipnosis que conlleva un cabello largo, rubio, de textura ondulada. Se sabe que Mildreth asentó con los suyos en una mansión de Nueva York, ligada a círculos eruditos que al tiempo la sofisticaron. 

Cia Varelli y Nola Rosa Helena –el par restante– huyeron de suelo portugués en plan cauto, peinadas à la garçon, dejándose la algarabía para después. Bellísima, de ojeada turbadora, Cia Varelli se acompañó de una familia de cubanos, compuesta por varios primos de sesenta y tantos años, y una niña de once, Ninfa. Fincaron en Roma, en un cuartucho que servía de vestidor a un gimnasio de box abandonado por la guerra. Allí se mantuvieron casi dos años, hasta que los propietarios del inmueble empezaron a rondar y a perturbar. Antes de que interviniera la guardia romana, Cia Varelli siguió el consejo de Ninfa Gaeta: volver a Cuba y buscar a su papá. Así lo hicieron. 

Nola Rosa Helena acarreó a los suyos –peones, herreros y cocineros– a una comarca de Friburgo, en Alemania. Agigantados por la hormona y el desmán, organizaron una cocina artesanal en la que fabricaron y vendieron tarta Selva Negra, amasando un acervo económico que los sostuvo con suficiencia, incluso con desahogo.

Atareadas en lo suyo, Mildreth, Cia y Nola Rosa nunca perdieron el foco. Se comunicaban por vías inverosímiles, ya fuera para advertir datos capitales, minutas de carácter sensible, como para tirarse bromas y recados triviales a fin de validar que existían, que seguían allí. Como puntas de un mórbido polígono, cada chincheta en una locación: Nueva York, Roma –después Cuba–, Friburgo, y varios asientos satelitales. Para la mitad del siglo, la fantasmagórica presencia del Soflvee se explayaba como las esporas, impulsado por Mildreth, Cia y Nola Rosa, siempre en tríadas regionales: Beirut, Marrakech y Damasco; Bridgetown, Varadero y Cienfuegos; Cúcuta, Iquitos y Paramaribo; Caléxico, Austin y Daytona Beach; Agua Prieta, Tecate y Tuxpan.

En 1956, con el festivo recibimiento que Ninfa merecía, el pescador Lucio Gaeta recibió gustoso a Cia Varelli y a los sexagenarios en un mesón de La Habana. La doctrina sediciosa del Soflvee fue para Gaeta una caricia. Palabras dulces, epifánicas. 

Ocurrió una síntesis bendita, con dividendos mayores a los que supuso el germen del movimiento antes de la guerra. 

Ya en Cuba, la inquietud soflveeista trabó con las rencillas isleñas. Gaeta trasladó tal hormigueo como se traslada una bazuca: se ganaba la vida nada menos que como chofer en las huestes de la Coalición Socialista-Democrática. Cia Varelli entendió que el empuje de Gaeta daría al Soflvee un aire genuino, renovado, y fue desapegándose. Se lo notificó a Mildreth y Nola rosa en un boletín cifrado; ellas lo captaron sin chistar. El consenso fue inmediato. Gaeta se erigió como Don, piedra angular, puntal sinfónico del Soflvee. El overol con que vestía a diario, de mezclilla desgastada, añadía a su piel tatemada un fundamento de altura, con el pastiche anímico de encabezar un alzamiento juicioso, atomizado en todo el globo. Ni el oficio de la pesca, ni las cartas lunáticas que Ninfa le escribía desde Roma con sentencias que podían ser eslogans de la sublevación –que la niña aprendió de Cia Varelli–, ni el suspensede los golpes de estado en la isla, fueron capaces de imprimir en Gaeta la ansiedad casi erótica que ahora lo asediaba. Sentía haber nacido para el Soflvee, y el Soflvee para él. Sus seis pies de altura, el amplio mentón, el odio congénito a los poderes de facto dada la ausencia de queridos amigos suyos apresados de forma alevosa por el régimen, y el eterno artificio del salitre, eran para Fungus Slang factores ineludibles de cocción que dieron al Soflvee la sobreidad vitalicia que adquirió en La Habana, con Gaeta como estribo. 

El pescador habanero apalabró y enganchó a un millar de guerrilleros esquivos, astutos como comadrejas. 

Cuando los oficiales del régimen atendían denuncias anóminas y acudían a la casucha de Gaeta, jamás hallaron armas, pergaminos ni mapas. Nada que diera a pensar en una conspiración. Gaeta los recibía entre abrazos, cascabeles y cocos, dicharachero y besucón, con la anchura del conversar antillano. Los soldados recargaban su fusil en los catres, su macana en los taburetes, vencidos por el camarada gozoso y enérgico, prendidos a su charla ligera, rodeados de flautas, de obesas tumbadoras. Las visitas policiales se prolongaban a la alta madrugada, en un festín de bolero y guaguancó. 

Tan significativa como su don de gentes, fue la voluntad de Gaeta por leer, aprender, comprender; responder a envites, debates, discusiones. Cursó Antropología Social a contrapelo, sin matricularse en la universidad, atendido por instructores que en su tiempo libre le impartían cátedra en el almacén de víveres de la casa presidencial de Fulgencio Batista. Obtener este dato específico, enterarse de forma directa, enorgullecía a Fungus Slang: lo dedujo muchos años antes de iniciar la custodia del Bacon, al que ya apuntaba con fina premonición, al espiar el cuchicheo entre cabecillas rebeldes del Soflvee reunidos en un ingenio azucarero de Cienfuegos.

Gaeta resultó vital, no solo para la continuidad del Soflvee en años aciagos, sino para sembrar premisas chocantes en el meneo social de América Latina. Fue su tenedor, tesorero, capataz y guía doctrinario, de la primavera de 1952 al invierno de 1963, época en que Ninfa murió en un accidente automovilístico, y el viejo, disminuido por el duelo, dejó de alimentarse, moderó el volumen de su oposición, y cachó una neumonía de horrible curso. Convaleciente, con el coraje hecho trizas, cerca estuvo Gaeta de ponerlos en riesgo. Aún así, para Fungus Slang era sensato y hasta justo –airecillos la emboscaban en el Tijuana Downtown, sin señales de Caffoni– que el perfil de Gaeta, de frente ancha y nariz aquilina, con overol de tirantes, sea el que engalane la heráldica del Soflvee. 

En la fase terminal de su neumonía, empeorada por un virus caribeño que carcome y descoyunta las cervicales, Gaeta optó por entregar la estafeta. 

La recibieron de forma mancomunada el texano Gisely Scott, y las gemelas Ira y Simone Flambeau, oriundas de Mandeville, Luisiana, en un acto austero y emotivo en los callejones de Baton Rouge, a donde Gaeta se recluyó para sobrellevar el exilio. 

Gisely Scott cayó preso tres meses después, con cargos ajenos al Soflvee: se declaró culpable de complot para asaltar las oficinas de un sheriff. Su detención dio un respiro engañoso a las fuerzas policiales, que asumieron vencer al Soflvee y dieron vuelta a la página. 

Así, en un entorno aliviado, Ira y Simone Flambeau lideraron por veinte años. Eran avispadas, carismáticas. No solo aportaron solidez al movimiento en EEUU y el Caribe, y brindaron una digna jubilación a Mildreth, Cia y Nola Rosa, devueltas a su respectivo refugio neoyorquino, romano y friburgués, así como protección legal a Gaeta hasta su muerte, sino que arraigaron el ímpetu gremial en años de alta exigencia política e ideológica, ensanchando el espectro. A meses de la encomienda –al pensarlo así, Fungus Slang recordó la suya: ¡cómo tardaba Caffoni!– las Flambeau se mudaron a un poblado algodonero en Alabama. Desde ahí regentearon y oxigenaron el Soflvee, creando vínculos de franca utilidad con centros de investigación y organizaciones pacifistas, gracias a las que orientaron el pensar acorde a los tiempos y, entre charlas e hipótesis, legitimaron una fortuna. 

En 1978 el Soflvee invirtió capital en una cementera. 

En 1988, en proporción residual, inyectó pasta en semilleros sindicales mexicanos, que crecían como la espuma. 

Bien entrados los 90’s, eran un brazo geopolítico sagaz, combativo y estable. Sus recursos fluyeron con tino quirúrgico, al apadrinar a guerrilleros del sur del continente. 

Para 2003, el Soflvee era mucho más que una camarilla de insurgentes. Contaba con unidades en el noroeste mexicano, en casi todo Centroamérica, las Antillas, la amazonía peruana, con esporádicos golpes al sur de España y la incubación de cuadros satelitales en Vigo y, con especial furor, en Málaga. 

Desde un hangar en el bajío mexicano –con marquesina de Clemente Jacques– gestaron una corporación on-line, a cargo del productor de aguacate, mango y banana Elíades Durán, asentado en Irapuato. 

A partir de que la cementera de Alabama fue el sostén financiero del Soflvee en los Estados Unidos, Durán aprovechó los dividendos mexicanos y latinos, y con el aval de las gemelas Flambeau entabló en ultramar prometedoras relaciones comerciales, aupado por los malagueños, recuperando el ímpetu en tierras europeas. Rubricó un acuerdo con la Barra Social Italiana y otro con un animoso pelotón de gallegos que, sin mucha tutela, introdujo la convulsión a los suburbios de Marruecos, Jordania y Siria, territorios donde el Soflvee se infló, asido a una espiritualidad primaria. Hicieron escuela, calentaron a grupillos cismáticos y, con ferviente militancia, catalizaron la inquietud juvenil que desencadenó la Primavera Árabe. 

El paladín de esta división en el norte de Áfica y Oriente Próximo, como bien lo supo Fungus Slang, fue el español Sandro Otero, cartógrafo, quien acabó mal herido en un traslado de refugiados tunecinos a España, hoy detenido en la prisión de Villanubla. Todo integrante del Soflvee comparte la simpatía por Otero, su carga simbólica. Se le considera un prócer, al nivel de Mildreth, Cia, Nola Rosa, Lucio Gaeta y las hermanas Flambeau. Pululan las anécdotas del instante en que se cada quien se enteró de la detención de Sandro Otero “¿Dónde estabas tú, cuando…?”, es pregunta frecuente. 

Por eso y más, el Soflvee tiene con qué nutrirse. 

Opera con fluidez, a ratos con holgura. 

En coordinación con Otero, Reggie Flambeau, hijo de Simone, diversificó el patrimonio en inmuebles residenciales, depósitos de gas natural licuado, la construcción de centrales hidráulicas en afluentes no explotados del noroeste de México (cuya manipulable crecida en los cauces esgrime el Soflvee al negociar con gobiernos locales), y piezas de arte adquiridas en subasta. Fue así que, en una sesión de la Christie´s, sucursal Monterrey, gracias a la liquidez transitoria que aportó un contralor del Ministro de Hacienda a uno de los prestanombres de Elíades Durán, el Soflvee se embolsó, con mañosas gestiones y agresivas pujas, un lote First Class. Este incluía varios Modiglianis, un par de Lucian Freuds, una serie de banderas de Jasper Johns, dioramas nocturnos de Yvonne Jacquette, y el Blood on the Floorde Francis Bacon que Fungus Slang les arrebató en un retén carretero.

 

3.

Media hora después, con 10 dólares ganados, Mara asomó por un boquete sin puerta ni ventanas. Con ambas manos se amoldaba la diadema. Cruzó toda la acera, sin reparar en el cobertizo donde Fungus Slang protegía el cuadro. Mara en lo suyo, dobló el billete que reservó en el monedero y abordó un autobús. 

Fungus Slang se repetía: “Sé lo que son, veo lo que piensan”. 

Destellos, chispazos en la acera… Una exhalación. 

Al fin, el respetado nemertino asomó al cobertizo y sacudió la probóscide ante Fungus Slang, en moción amistosa. Ella alteró sus pulsaciones, enviánole una ráfaga de feromonas que no obtuvo respuesta. 

Vestía pants. Aproximadamente vestía pants: Fungus Slang reconoció el esfuerzo del próximo tenedor del Bacon. Empotrar un cuerpo amorfo, setenta kilos de epitelio y cilios atigrados en unos pants para simular normalidad en el Tijuana Downtown, no debía ser tarea fácil. Con un mutis de especie a especie, ella contempló el celaje cenizo, el tegumento gris. El declive expedito, el aletear sigiloso. Bisbiseaba, gorgoreaba. Era Caffoni. 

Fungus Slang iba a perder el equilibrio; vacilaron dos de sus cuatro pares de patas. 

Engarzó el tórax segmentado y removió la manta tras de sí. 

Quería que Caffoni lo viera. Ante el cuadro, la faz anodina de Caffoni produjo un brillo vacilante y remoto. No emitió señal, palabra conocida, ni ondas en frecuencia legible para los aparatos feromonales de Fungus Slang. Ella sintió los pedipalpos libres, livianos. Yéndose el Bacon se irían la tensión, la dependencia siniestra, el miedo a que se dañe o extravíe. Volver al nido, en un estado de avenencia y majestad. 

La entrega aconteció en silencio. 

Fungus Slang supuso que, en tales casos, las personas lloraban. 

Caffoni sostuvo el Bacon. Lo hizo girar, empastándolo con un forro viscoso que manaba de su abdomen. Aferró el paquete por cada vértice, y comenzó a flotar, con el espectral cartucho a cuestas. 

Al elevarse, quizás como reconocimiento a Fungus Slang, Caffoni excretó una sustancia negra que al caer en la banqueta se tornó platinada y ocre, empuercando las baldosas. 

Fungus Slang devolvió el ademán, con un batir de propulsores, que Caffoni ya no vio.  

Quedó en soledad. 

En soledad total. 

Casi. 

Arf arf. 

Un perro, muy cerca de sus patas. 

Fungus Slang supo que tenía hambre. 

Lo observó unos instantes. 

Terció la cabeza, y en las formas del can vio trasponerse, de alguna manera, el memorizado Blood on the Floor. La base naranja, espléndida. Esa plancha gris, con un salpicón en rojo ferroso, y dos focos suspendidos: uno de testa piramidal y otro más largo, de bombilla clásica. Al costado derecho, un interruptor. Examinado al más fino detalle, como lo examinó mil veces Fungus Slang, el interruptor parecía balancearse a un grado sutil, como esperando ser activado.  

Arf. 

Fungus Slang atrapó al perro. 

Acribillándole el cráneo con las cuchillas bucales, lo devoró parcialmente. La ingesta le vino bien. Después se deshizo de la capa ensalivada, y se internó a una alcantarilla. 

Un hombre con barba de meses, pleno de grasa y abominaciones, encontró el vaso de birria en la cornisa, olvidado por Mara, aún tibio. Sorpresas del Tijuana Downtown. No tuvo a quién agradecerlo: acaso a la entidad que vio o creyó ver escabuirse por el drenaje urbano. Se lo empinó de golpe. 

Le supo delicioso. 

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Modelo Especial

En Hermosillo, la ciudad donde vive nuestro personaje, las temperaturas en verano suben hasta casi los sesenta grados centígrados. No estoy exagerando: es un hecho que el lector puede comprobar fácilmente en Google. Por una razón inconcebible, cuando los hermosillenses son pequeños acostumbran ir a la tienda de la esquina (al mandado) con los pies descalzos. Es decir, desde muy temprano eligen el dolor. 

Quemarse los pies es una ofrenda absurda que cumplen con vehemencia. Cuauhtémoc, el último huēyi tlahtoāni, hubiera agradecido ser de estas tierras el día de su lamento. Ahí van los plebes (niños en sonorense), como cachoras (lagartijas en sonorense), saltando de sombra en sombra hasta llegar al puesto de la esquina. ¿Acaso es necesario recordar que los hermosillenses habitan una de las zonas más áridas del planeta? Un sitio donde es común escuchar esta queja; sobre todo entre los meses de marzo a septiembre: “¿A quién chingados se le ocurrió fundar un pueblo aquí?”. Bailando sobre lumbre contenida en los caminos, así van a la tienda los niños y niñas de esta ciudad. Hay los que lloran de dolor, pero cumplen con firmeza la extraña penitencia. Hay los que se divierten, en un guiño de temprano masoquismo, al realizar la hazaña. 

El asunto es que nuestro personaje fue testigo de un caso extremo de quemaduras de pies: el Julio o Cara de Culo, como le decían al pobre chico. Cara de Culo aceptó el reto de ir descalzo hasta la tienda de Don Tequida, a dos cuadras de la calle en que vivía nuestro personaje. Cuando regresó, lo hizo gimiendo de dolor. En las plantas de los pies de Julio, nuestro personaje pudo advertir aterradoras úlceras que supuraban algo inconcebible. Una mezcla entre pus y sangre. Por si eso no fuera suficiente, nuestro personaje también observó cómo la mamá de Cara de Culo se lo llevaba hasta su casa jalándolo de los cabellos, gritándole, humillando al pobre chico que exigía, a la distancia, la justa recompensa por cumplir el reto. 

Al extinguirse las risas alimentadas por la maldad, tan natural en esas edades del señor, nuestro personaje se compadeció de Julio. Incluso sintió arrepentimiento. Después de todo, la idea de que fuera hasta la tienda de Don Tequida había sido de él. No creemos que este hecho haya marcado la vida de Julio, pero sí percibimos que desde entonces se volvió un lepe (otra variación de niño en sonorense) rebelde y embustero. Un chamaco que manifestaba, a la menor provocación, esa sed irrefrenable de humillar a los otros que sólo poseen los infelices. 

Recordamos este pasaje, entre otras cosas, porque el día que Cara de Culo se quemó los pies con la tierra y el concreto hirviente de las banquetas que lo llevaron y trajeron de la tienda de don Tequida, coincidió con el día que nuestro personaje bebió su primera lata de cerveza. Experiencias antitéticas, se podría decir.

En los ochenta del siglo xx, la gente les decía latas a los botes de cerveza. Eran unos artefactos duros y hermosos. Se abrían activando un mecanismo distinto al que tienen ahora. Nuestro personaje nunca olvidará, como tampoco olvidará una golpiza siniestra que le propinó un desconocido a las afueras de su escuela primaria, ni el primer beso plantado en la boca rojísima de una niña que tenía abejas en el pelo, su primera lata de cerveza. Beber cerveza en esta zona del país es casi una religión; además de la más eficiente manera de mandar de vuelta al infierno el calor. Después de un par de cervezas, el ardor extremo, el aire caliente, como si un incendio estuviera vivo muy cerca, mengua y hasta se convierte en algo soportable. Sonora —esto también lo puedes investigar, desconfiado lector— es uno de los territorios donde se bebe más cerveza en el mundo. La gente compra millones de botes de cerveza cada fin de semana. Entre semana la cantidad es menor: cientos, inclusive miles. Pero la gran oleada de cerveza llega los fines de semana. Hay surfistas que se suben a la cresta  de la pisteada (tomadera en sonorense) que barre con los barrios los días sábados y domingos. A estos trepadores en otras partes se les reconoce como personas que “vienen de gorra”. En el Hermosillo se les dice auras o gaviotones. En este extraño territorio estos gorrones cumplen una función: son la válvula de escape por la que fluye el vapor de la carrilla. Mientras el gaviotón aguante las bromas pesadas de sus contertulios; además de lanzarse, sin chistar, por la cerveza al expendio cuando esta se termina (siempre se termina y hay que ir por más), podrá seguir bebiendo. En el momento que el aura se molesta o no quiera ir por la cerveza se acaba su beca etílica. Los porches, de por lo menos cinco casas de cada cuadra, se nutren de bebedores que prenden el asador como una mera fachada. De lo que se trata es de beber. El calor, en este punto, sólo existe para los chamacos que van, absurdamente, descalzos a la tienda. 

Pero regresemos a la primera cerveza de nuestro personaje. El acto inaugural lo dirigió su tío Pato, a quien esa tarde acompañó al expendio por la primer ronda de cheve (cerveza en sonorense), después del incidente con Cara de Culo y antes que llegara el gaviotón de ese domingo. Ahora, era nuestro personaje el que recibía un reto. La familia de nuestro personaje era de desafíos. Siempre estaban retando a todo el barrio a cumplir cometidos imposibles. Cuando alguien lo lograba, cosa que raramente sucedía, pagaban sin chistar. Su tío Pato: un tipo que se manejaba con un extraño y afilado humor negro. De ojos claros y hundidos en unas cuencas demasiado profundas y ojerosas. Con el pelo chino y rubio. Con una incipiente enfermedad en la piel conocida como neurofibromatosis severa, que terminaría, dos décadas más adelante, por arrojarle cientos de burbujas de carne por todo el cuerpo. Algunas miserablemente grotescas. Una enfermedad que ocasionó que aquel hombre, tan bromista y elegante, se encerrara en una habitación la mayor parte de su madurez. Fue su tío Pato, el hombre burbuja, quien que compró un doce de Modelo Especial aquella tarde dominical. En el estacionamiento del negocio, cosa que estaba prohibido desde entonces, incitó a nuestro personaje: “Si te terminas el bote de un solo trago, te doy cinco mil pesos”. Mientras el tío de nuestro personaje lanzaba el desafío, balanceaba el billete de un lado a otro. Aquel pedazo de papel era de color salmón y tenía grabados los rostros de los niños héroes que murieron defendiendo el Castillo de Chapultepec. En el sur de México, los niños pueden hasta morir defendiendo castillos; acá sólo se laceran los pies cuando van a la tienda. Antes de pensar en un muñeco de León-O —hijo de Claudus, y líder y señor de los ThunderCats, al que se le encendían los ojos—, nuestro personaje recordó a Cara de Culo, sus pies llenos de pústulas, y en algo que él podía darle como recompensa justa: un trompo. Julio Cara de Culo había perdido, esa misma mañana, el suyo ante el mejor del barrio, el hermano de nuestro personaje. Cara de Culo había aceptado el reto de ir a la tienda, descalzo, para recuperar aquel cilindro de madera. 

Nuestro personaje tomó el bote blanco, elegante. El narrador opina que no ha existido un bote más elegante de cerveza que el de la Modelo Especial de finales de los años ochenta. La lata estaba fría, con una película de hielo adherida en el metal que provocó que se pegara en la piel de la pequeña mano inexperta de nuestro personaje. Por fin, abrió la lata y al hacerlo activó el particular sonido que aún le remite a ese instante. Pato, su tío, con la cara hinchada, amanecido quizá, le observaba con una sonrisa que no cazaba con aquel rostro rojo, curtido, ni con el tenue brillo de sus pequeños, claros y vidriosos ojos verdes. “Venga pues”, le instó. “No seas culón”. Nuestro personaje tomó la cheve y empezó una larga y convencida succión: un trompo nuevo para Cara de Culo y León-O esperaban, de cumplir el reto, en ese horizonte épico que era su infancia; caramelos y duvalines también; quizá, si alcanzaba, un Big Hunk, ese enorme chocolate blanco que le fascinaba a su madre. 

El líquido era frío, gaseoso, espontáneo y denso. El primer sorbo, cargado hasta el límite, pasó por su faringe apenas. Su sabor le recordó a las bellotas y nueces que solía comer en invierno, junto a sus primos, en el patio de la casa de su abuela. Cuando se dispuso a vaciar el segundo trago por el esófago, el cuerpo ya no le permitió paso. La garganta simplemente cerró las compuertas y el líquido salió expulsado con potencia causando miles de pequeñas gotas escurriéndose en el tablero y parte del vidrio del viejo Volkswagen de su tío Pato, que se burló copiosamente al tiempo de guardar el billete de cinco mil varos en la bolsa de su camisa. Nuestro personaje tosió algunas veces, quizá muchas veces, mientras observaba de reojo una parte del billete que sobresalía de los bordes de la camisa del hombre burbuja. La cara de Agustín Melgar, el niño héroe más equis de todos, lo miraba como burlándose de él. 

Pato quitó de las manos de nuestro personaje la lata de cheve y soltó una risa todavía más hiriente. Encendió el estropeado autoestéreo de casete y se escuchó lo que para el hombre burbuja era un particular mantra: 

Chiquitita, tell me what’s wrong
You’re enchained by your own sorrow
In your eyes there is no hope for tomorrow..

Con Abba de fondo, Pato le dijo “Culón” de nuevo a nuestro personaje; después activó la máquina del vocho, oprimió el embrague y metió primera. Nuestro personaje sintió una inyección de coraje en alguna parte del estómago. Algo que no había experimentado hasta entonces. Quizá eso que más adelante llamaría orgullo le hizo arrebatarle la lata de cheve a su tío para luego bebérsela ya sin pretensiones ni estímulos. Adiós a León-O y a todas las esperanzas de reivindicar su arrepentimiento con Cara de Culo. El hombre burbuja patinó el Volkswagen observando a su sobrino con una risita irónica. Nuestro personaje demoró en terminar el contenido de la lata las siete cuadras que lo separaban de su casa.

Chiquitita, you and I know
How the heartaches come and they go and the scars they’re leaving
You’ll be dancing once again and the pain will end
You will have no time for grieving…   

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Uñas anchas

El timbre del celular interrumpió la clase vespertina que daba Héctor. Con una señal de su mano, el maestro les concedió cinco minutos libres a los estudiantes, que recargaron sus brazos en la mesa del pupitre y dejaron descansar el lápiz. Héctor salió del salón. La voz angustiada de su mamá se escuchó en la línea, sollozando —Los volví a ver, m’hijo, ahorita que salí a echarle el agua a las plantas, tienes que venir, por favor. —Sí, mamá, no te preocupes, en cuanto termine esta materia voy a tu casa. —Rápido, hijo, que no quiero entrar. Héctor colgó. Su rostro de fastidio se contraponía a la voz de súplica nerviosa de su madre, ansiosa por que le creyeran de una vez. Doña Helena había salido a su patio trasero para tirar una sopa de pollo Campbell’s que tenía tres días en una vieja cazuela sobre un quemador de su estufa. La vació en una gran macetera redonda en el centro del patio, en la que crecía toda clase de yerbas. Acostumbraba tirar ahí los desperdicios para que se los comieran los gatos. Luego de vaciar la cacerola, doña Helena levantó la vista entre las penumbras. Se quedó rígida cuando, en la sombra, vio una forma humana, de pie, cerca de la barda, en una esquina donde se encontraban sus cerros de ropa vieja, electrodomésticos, recipientes de plástico y muebles decrépitos a merced de los elementos. Un grito hizo correr a la silueta lóbrega, que desapareció entre los montones de cacharros. Otra figura humana escaló el muro con la agilidad de una araña en persecución y luego se perdió en el patio del vecino. Helena corrió de vuelta al interior de la casa para llamar a su hijo. En los últimos dos meses, eran tres las ocasiones en que avistaba algo similar.

Héctor le mandó un mensaje a su hermano Ulises, quien probablemente se encontraba en servicio cerca de la zona. “Échale una vuelta a mi mamá, dice que vio gente otra vez, yo ahorita voy para allá”, decía el mensaje. Ulises leyó el texto y resopló. Puso su vista al frente, hizo una mueca y luego encendió los códigos de la patrulla. Llegó en cinco minutos a la casa de su madre, quien se encontraba en el oscuro portón del frente. —Qué haces aquí, ya le hablé a tu hermano. —Me mandó un mensaje, dice que los volviste a ver. —Sí, pero le hablé a él, no a ti, yo sé que tú no me crees y tu hermano dijo que en un rato más viene, ándale, vete, debe haber mucho trabajo en la calle—. Doña Helena miraba alrededor cuando le dirigía la palabra a Ulises, con los brazos cruzados. Las últimas veces que la había visitado, ella le había reprochado que no le creyera sobre las personas que decía ver en el patio de atrás, mientras él le recriminaba por los montones de basura, ropa vieja y cachibaches que acumulaba en todos los cuartos de la casa. El páramo perfecto para los gatos y las plagas, le decía.
De camino a casa de su mamá, Héctor llamó a Artemisa, una amiga, psicoterapeuta y compañera de la universidad que se había especializado en el tratamiento del Síndrome de Diógenes o de acumulación compulsiva. Ella respondió con prontitud y su ilusionada y risueña voz se escuchó en las bocinas del auto. Héctor le propuso revisar, de una vez por todas, el caso de su mamá. Para Artemisa fue el pretexto perfecto para ver de nuevo a Héctor, de quien estuvo enamorada en la época de la licenciatura. Acordaron verse al día siguiente. El vehículo se detuvo frente a la patrulla que Ulises conducía esa noche. Doña Helena se lanzó a los brazos de Héctor y se echó a llorar. Él y Ulises intercambiaron miradas. Ulises se encogió de hombros y la patrulla arrancó la marcha perdiéndose al final de la calle, mientras Héctor se quedó con su madre en la banqueta. Hubiera detestado entrar a un lugar que ni siquiera tenía un resquicio para sentarse y platicar con ella. Ahí mismo le habló de Artemisa y ella aceptó ayudar.

A la mañana siguiente, después del desayuno, Héctor regresó a casa de su madre. Detrás de él, Artemisa. En el pórtico de la casa estaba doña Helena, con su bata afelpada, gris, y sus chanclas de pata de gallo, recubriendo con sus manos una taza de café. Artemisa no pudo saludar a Héctor como quisiera haberlo hecho. No así, ni ahí, frente a una mujer de casi sesenta años de edad cuyas ojeras amoratadas revelaban una noche de insomnio. Ambos se sonrieron y caminaron hasta doña Helena. En el porche había tres sillas dispuestas que ella la anciana señaló con la mano. Después de presentarse y de rechazar amablemente el café de la sexagenaria, Artemisa, con un gesto, pidió a Héctor que las dejara un momento a solas. Repasaron su historia y, gradualmente, como una ampolla a punto de reventar, la mujer llegaba al meollo de sus problemas.

***

Doña Helena había nacido en Zacatecas pero migró a la frontera a sus quince años, luego de casarse con Néstor, su primer novio, su amor verdadero desde que cursaron juntos la secundaria. Ambos se escaparon porque sus papás no aprobaron el noviazgo. Cuando llegaron a la ciudad comenzaron a trabajar en una ferretería y luego en una tortillería, doblando en la esquina de la casa. Tuvieron dos hijos. Don Néstor comenzó a vender artículos de segunda en los mercados ambulantes de la ciudad y doña Helena lo acompañaba devotamente. Ella le ayudaba a comprar otros artículos en remate para arreglar, reacondicionar y revender. Su vida transcurrió sin lujo ni aventura, salvo cuando sus hijos se perdían en el mercado sobre ruedas. Solían ir a la playa en verano y a don Néstor le gustaba contemplar los atardeceres en el desierto. Un día, luego de regresar de unas vacaciones de Semana Santa, decidió ir a vender sus cosas al pueblo cercano a la playa. Con una paupérrima venta que gastó en gasolina, don Néstor regresaba a la ciudad cuando una llanta de la vieja camioneta explotó al circular en un tramo recto. Tres vueltas desperdigaron las cajas y rociaron por en el llano los electrodomésticos de segunda, los zapatos usados, las bolsas de ropa seminueva y las figuritas de plástico de personajes de caricaturas. Héctor y Ulises tenían once y nueve años en ese entonces. Doña Helena llegó al lugar del accidente con ayuda de un vecino que le dio un aventón. Con el grito ahogado y la mirada atormentada, observó la mercancía tirada sobre el pavimento y comenzó a recogerla. Las manos se humedecían con sus lágrimas, mientras hincada sobre el asfalto, hacía bultos con las cosas que habían salido de las cajas. A unos pocos metros estaba la camioneta, sobre su propio toldo, rodeada de cinta amarilla. Se acercó a verla en silencio y a partir de aquello, la vida familiar cambió para siempre.

***

Para Artemisa, el punto de partida del problema de doña Helena era claro. Desde entonces padecía diabetes, la que había sido la mayor preocupación de sus hijos, quienes se independizaron prematuramente por no soportar más esa casa tan depresiva. En los últimos diez años, doña Helena había acumulado desperdicios caseros y otras cosas que compraba en los mercados ambulantes. Si dejaba ir sus posesiones, tendría que enfrentar el duelo y la pérdida de su amado Néstor. Aunque le sugirió concertar más sesiones, Artemisa le adelantó que tal vez las siluetas que veía en casa eran una proyección de sus hijos, que no pudieron estar en el hogar por mucho tiempo luego de la muerte de su padre. Que tal vez su mente se esforzaba en verlos jugar de nuevo en el patio trasero. Doña Helena, confundida, le dijo que se trataba de personas que buscaban robar sus objetos de valor y que seguramente, como nadie le hacía caso, habrían estado viviendo en su patio desde quien sabe cuándo. Quedaron de ver el tema en una futura sesión. Terminada la plática, Artemisa se acercó a Héctor y éste le dijo que sus visiones seguro eran algún tipo de paranoia. —Me basta con que la convenzas de que tenemos que deshacernos de este cuchitril. —Sí, Héctor, pero a veces estos problemas requieren tiempo. —Yo entiendo, pero urge que saquemos la basura, con su enfermedad y hacinada entre estas porquerías no le debe quedar mucho tiempo…

Artemisa asintió con una sonrisa gentil.

Héctor y Ulises pagaron a dos conductores de camiones de volteo para recoger la basura de la casa de doña Helena. Luego de otras sesiones, Artemisa logró progresar con ella y obtuvo su permiso para despejar un poco, sólo un poco ciertas partes de la casa. Comenzaron en la sala, pasaron a la cocina y dos de las recámaras. Los camiones se llenaron rápido con sillas de playa olorosas a orina de gato, cajas con periódicos viejos y mojados, televisiones desarmadas, escritorios sin patas, esqueletos de alambre de colchones, impresoras inservibles, zapatos doblados como una U, escombro, tablas húmedas, tostadoras pateadas, adornos de navidad enmohecidos y varios metros cúbicos de ropa vieja y hedionda. Las dos pesadas unidades partieron al relleno sanitario pero regresarían para llevar otras cargas similares. Una lágrima llegó al labio sonriente de doña Helena. Aunque se habían llevado sus cosas, sus ojos volvieron a ver lo más parecido a la casa que compartió por tantos años con su esposo Néstor. Sus ojos vidriosos miraron de nuevo esa sala, ese comedor, esa recámara, que aunque requerían de una limpieza a ultranza, volvían a ser las de antaño. Héctor y Ulises salieron al patio posterior, se llevaron las manos a la cintura, tomaron aire y echaron un vistazo a los grandes cerros de chatarras y ropa que se alzaban a más de metro y medio, en el gran espacio en el que solían jugar de niños. Comenzaron a separar algunas la basura para cargarla en los camiones en cuanto regresaran. Ulises se acercó a los cúmulos de la esquina, que habían formado un pequeño laberinto de pasillos. Se quedó boquiabierto, con el rostro desencajado. Junto a la barda, encontró varias jeringas, condones usados, latas vacías de atún, un par de velas, cucharas hollinadas y ropa abultada en forma de almohada sobre una hoja de cartón. A medio metro de ahí, cerca de otra montaña de desechos, vio heces demasiado grandes como para ser de los gatos. Héctor se acercó y por unos segundos los dos se quedaron sin habla. Escucharon las voces de Artemisa y doña Helena a lo lejos. Apresurados, tomaron pala y escoba, asegurándose de que esa fuera la primera zona del predio en ser limpiada.

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Monstruo

Agarré a cada uno de mis monstruos y los eché en un costal, caminé y caminé por el monte, durante horas; iba descalza, con una falda de algodón toda mal zurcida, con las tetas al aire. No me importaba nada, ni el rayo de sol chamuscándome la espalda, ni las espinas, ni las piedras, ni las víboras, ni las tarántulas. Nada. Nada más allá de acabar con los gatos posesos de mí.
Caminé y caminé hasta que encontré el punto exacto donde iba a matarlos, había una gran roca donde pensaba colocarlos y luego agarrarlos a palazos. Pretendía romperles la nuca con el filo de la pala, pero no pude, no pude hacerlo del todo. No así.
Una vez que dejé el costal en el suelo para poder sacar la pala del otro morral, vi como aquel saco aguado comenzó a inflarse, parecía que iba engordar hasta reventar, pero no fue así, sólo quedó como una gran roca imposible de levantar. Mis demonios habían crecido durante el camino. Se tragaron los maullidos, mis lágrimas y la sangre de los rasguños en mis brazos.
Me enderecé, abracé la pala con las dos manos, y con toda la ira de mi vida la alcé, luego la dejé caer por la parte plana, y con todo mi cuerpo la empujé. Les metí un gran golpe, fue entonces que uno de ellos gritó. Tenía mi voz, era yo, gritándome que parara.
De adentro del costal provenía mi voz, las criaturas se revolcaban provocando que aquella bola se hundiera en la tierra, y mi palabra se elevaba junto con el polvo hecho humo; me decía que parara.
Escuché que grité que me detuviera o me iba a matar. En ese momento la aridez del aire chilló. Erosionó mi piel.

No crean que esa sentencia me iba a asustar, yo pretendía seguir con mi plan, pero entonces otra voz muy parecida a la mía tomó la palabra. Me dijo que venía de un momento muy tormentoso, me pidió que recordara el momento exacto en el que nació. Me dijo que yo no lo parí; que él creció de mi cuerpo, y que es un cuerpo que tampoco es totalmente mío. Somos parte de un gran artefacto, del animal que habita por la parte de dentro; una máquina que no se ve.
Eso sí me paralizó, esa otra voz tan parecida a la mía me estaba diciendo que ella recordaba cómo, cuándo y, quizá, para qué apareció. Y que si la mataba, aquello que sucedió jamás iba a ser recordado, pero la sensación de encierro iba a durar para siempre. Que si le mataba, iba a matar la posibilidad de libertad del todo que también somos.
Les dije que no los iba a sacar, que aunque me lo pidieran no les iba a dejar salir. Que quizá no los mataría pero tampoco los dejaría ir. Algo tenía que hacer. Pensé en enterrarles vivos. Pero con mis manos flacas y mis pocas fuerzas la idea de escarbar no parecía tan buena; no podía demorarme más pues las uñas monstruosas tarde o temprano podían romper las fibras mugrosas de esa arpilla.
La desesperación llegó a mí de manera veloz, reptando como serpiente; yo no sabía qué hacer allí rodeada de palos secos con olor a vida y muerte. Y justo cuando esa voz chillante tan mía volvió a aparecer, fue que entendí lo que quería decirme. Fue que supe que la niña bajo la sábana era yo; recordé la mano peluda entre mis piernitas; mis manos pequeñas rodeando un mazo de carne consanguíneo.
Acabo de darme cuenta, no soy más que un gato en otra bolsa; una voz que tiene catorce años, que está semidesnuda en el fondo espinoso del monte, y que intenta matar a sus demonios encerrados en un costal. Esa que escribe me matará.

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Como la gotera de un grifo mal cerrado

En cuanto se descubría silbando dejaba de hacerlo. Siempre la misma melodía… las mismas notas con los mismos silencios. No sabía por qué lo hacía… tampoco si la pieza existía o la había inventado. Sólo recordaba que toda su vida la había silbado. Bastaba con distraerse un poco para empezar. Cuando recuperaba la conciencia… se detenía. Avergonzado. Incómodo ante la idea de que alguien lo hubiera escuchado.

* * *

La enfermera se dio cuenta de que el niño había despertado porque oyó que alguien silbaba. Entró al cuarto y el niño enmudeció. Acostado sobre la cama… sin saber que hacer… fingió no haberla visto. ¿Qué chiflabas?‑ preguntó ella. No chiflaba‑contestó él y empezó a llorar. Casi de inmediato apareció su madre… quien –en cuanto lo vio‑ estallo también en llanto. No se comentó nada sobre el silbido.

* * *

Cada que lo escucha silbando ella llora. No puede evitar que el recuerdo de los golpes que su esposo dejó caer sobre el niño se apodere de ella y la coloque detrás de la ventana desde donde miró… paralizada… como el hombre azotaba a su hijo. No pudo hacer nada. Eso era lo que más le dolía… lo que se clavaba en su pecho y no la dejaba respirar… recordarse quieta. No había más de tres pasos entre ella y la puerta que daba al pequeño patio interior donde su hijo perdió la consciencia. No los caminó. Tampoco gritó. Ni siquiera lloró. Sólo miró como… los puños primero… y después las patadas… sacudían a su niño. Luego lo contempló cuando dejo de moverse… cuando dejó de escuchar que se quejara. En ese momento corrió. Cuando su marido ya no golpeaba al pequeño. Corrió y lo cargó como pudo para sacarlo de la casa y llevarlo al hospital. Deja de silbar jilguerito‑ le decía en cuanto conseguía escapar de aquel recuerdo… y se enjugaba las lágrimas con el dorso de la mano derecha. Su hijo guardaba silencio de inmediato… se sonrojaba y veía al suelo… concentrando su atención en lo primero que cruzaba su mirada… si tenía suerte encontraba un insecto y lo seguía con los ojos hasta que la vergüenza se sentía menos pesada… o hasta que su madre lo envolvía entre sus brazos.

* * *

Estuvo en coma casi cuatro meses. No había quien pudiera decir que iba a pasar con él. Una vez al día lo limpiaban con una esponja húmeda y lo secaban bien. Lo movían y curaban sus yagas. Los moretones habían sanado poco a poco… igual que las costillas y el brazo roto. Su mamá hizo guardia todo el tiempo. Preguntando a diario las mismas preguntas a los doctores y las enfermeras que revisaban al niño. Nadie respondía con certeza. Su papá nunca fue al hospital.

* * *

De pie. Parado detrás del ventanal de su oficina. Contemplando la avenida que pasa por detrás del edificio… silba la misma tonada. Su secretaria abre la puerta sin tocar y él cierra los ojos y deja de silbar. Se lleva la mano izquierda a la boca y suspira molesto ¿Interrumpo licenciado?‑ dice ella. ¿Qué necesita?‑ pregunta él… y respira profundo para tranquilizarse mientras observa un coche rojo diluirse a la distancia. Solo entonces voltea a ver a su secretaria. Lo busca el contador‑ dice ella.

* * *

¿Por qué chiflas… papá?‑ preguntó la más pequeña de sus hijas un día mientras comían y él había empezado a silbar. No pudo contestar. Se puso rojo. Intento explicar algo. Balbuceo. Y las cuatro niñas –junto a su mujer‑ rieron. Sólo su hijo se quedó callado. Eres chistoso… papá‑ dijo la misma niña. Él fingió reír. Incómodo. Después de un rato… interrumpiendo a una de sus hermanas… el niño preguntó: ¿Cómo se llama esa canción? ‑¿Qué canción?‑ preguntó su mamá. Esa… la que siempre está chiflando papá. No lo sé‑ respondió él. ¿Cómo que no sabes?‑ volvió a preguntar su hijo. No tenemos porque saberlo todo‑ dijo su mamá. Nunca más se tocó el tema.

* * *

La única materia que repitió en la facultad fue la de “Métodos y estructuras organizacionales II”. La primera vez que la cursó… casi al final del semestre… empezó a silbar en clase. Compositor… año y título‑ dijo el profesor sonriendo y mirándolo a los ojos. Él… se quedó paralizado. Compositor… año y título de la pieza… joven‑ repitió el maestro. Eso no tiene nada que ver con la clase. Concéntrese en su materia‑ respondió. Estoy de acuerdo‑ dijo el maestro sin perder la calma. Pero usted me ha distraído. Hágame el favor de salir y darse de baja del curso.

* * *

Su silbido sonaba como la gotera de un grifo mal cerrado. Cada sonido era una gota que lentamente caía y se estrellaba contra la superficie metálica del fregadero… formando un pequeño charco. De cuando en cuando… había una gota que al caer sobre las demás… rompía la tensión superficial y hacia que el agua se deslizará por todos lados. Luego volvía a empezar el goteo sobre el metal.

* * *

No recuerda cuánto tiempo lleva internado. En ocasiones ni siquiera recuerda que esta en un asilo. Es raro que se sorprenda a si mismo silbando. Es decir… es raro que cobre conciencia de que esta silbando. Sus días se reducen a largas horas en las que permanece de pie frente a una ventana de la planta alta que da al jardín. No hace nada más que contemplar y silbar la única canción que ha silbado durante toda su vida. Sólo deja de hacerlo cuando come… cuando duerme… y cuando alguna de sus hijas lo visita. Resulta imposible saber si su mirada se deposita en algo o si observa la nada.

* * *

Cada día chiflaba por periodos más largos. Lo hacía sin darse cuenta de ello.

* * *

Sus hijos pensaban –lo siguen haciendo‑ que lo único que podía molestar a su padre y sacarlo de sus casillas… era darse cuenta de que estaba silbando aquella extraña canción que parecía gotear de sus labios. Con el tiempo aprendieron a tener miedo en cuanto lo escuchaban. No decían nada. Esperaban que les diera tiempo de alejarse de él antes de que cayera en cuenta de que lo estaba haciendo. Otra vez‑ murmuró su hijo una tarde mientras estudiaba para los exámenes finales. ¡Otra vez! ¿Qué?‑ preguntó él. La incomodidad hacía tiempo que se había transformado en ira cuando cobraba conciencia de su silbido. Nada papá‑ intentó decir sin éxito. El vaso que su padre tenía en la mano voló a través del comedor y se estrelló en la frente del joven. Hicieron falta doce puntadas para suturar la herida.

* * *

La idea del trabajador social era que cada anciano pudiera disfrutar de un poco de la música que le gustaba. Había visto un documental de cómo esta técnica ayudaba a viejos con Alzheimer e intentaba replicar –en la medida de sus posibilidades‑ el experimento en el asilo. Así que se dedicaba a platicar con los viejos… a estudiar sus expedientes y a poner música a través de las bocinas con la esperanza de que resultara familiar para alguno de los huéspedes y ello despertara sus recuerdos. Por eso le interesaba tanto el anciano que chiflaba… porque le daba una pista de la música que debía poner para sacudirlo. El problema era entender ese goteo y traducirlo en la canción que el viejo recordaba. Lo grabó. Luego reprodujo la grabación durante varios días con amigos y conocidos con la esperanza de que alguien la reconociera.

* * *

Mientras estaba frente a la ventana… empezó a escucharse… a través de las bocinas del asilo… la misma tonada que él silbaba. El sonido lo congeló. A sus espaldas… el trabajador social y un grupo de enfermeras y doctores esperaban su reacción. Habían sido testigos de cómo la vida regresaba a varios ancianos cuando tenían una conexión con la música que ponían y estaban seguros que en esta ocasión los resultados serían espectaculares. El viejo volteó buscando con la mirada el sitio del que salía aquel sonido. Sus ojos brillaban. Por su cabeza cruzaron recuerdos desordenados de su infancia. Sonrió como nunca lo había hecho. Luego pudo ver a su padre con un disco de Gardel en las manos… el mismo disco de vinilo que él… un día antes… había intentado escuchar y sin querer había rayado. Sintió golpes que no recordaba. Vio a su madre llorando. Su mirada volvió a apagarse. Dejó de sonreír. Caminó hasta su cama y se metió en ella. No salió en todo el día.

* * *

Nadie más lo ha escuchado silbar. Tampoco habla. Y es evidente que su mirada –las pocas veces que tiene los ojos abiertos‑ está postrada sobre la nada.

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Señor Bigotes

A Óscar David López

 

Como muchas mujeres pasadas de peso, Doris Camarena lo había intentado todo para adelgazar sin obtener resultados. Incluso se había sometido a dos intervenciones menores, la primera para colocarse una malla supralingual que sólo le permitiría ingerir líquidos y la segunda para hacer que la retiraran porque, efectivamente, no la dejaba comer. 

Probó con la dieta del licuado de pepino, con la de la alcachofa horneada, la del jugo de sandía, la de la infusión de jengibre, la del atún, la de la piña, la del huevo cocido, la de la manzana verde, la de la savia, la de la sábila, la de la manzanilla, la del apio, la de la chía, la de la alfalfa, la del té verde, la del abedul, la de los brócolis, la de la hierbabuena, la de la menta, la de la lechuga, la del agua de avena, la de la linaza, la del caldo de repollo, la del repollo crudo, la diurética, la que estimulaba el tránsito gastrointestinal y la de los dos traguitos de vinagre antes de cada comida. Esta última, particularmente, le había sentado fatal, porque con todas las comidas que hacía en el día antes de la cena ya se había tomado litro y medio de vinagre. Le había sentado peor que la del ajo, que ya es mucho decir, porque aunque supuestamente es excelente para desintoxicar el organismo, a ella le había hinchado la barriga con las más olorosas flatulencias.

Aquella mañana en que Doris Camarena iniciaba su affaire con la Dieta Monocromática, abrió la ventana y dijo qué mañana más radiante mientras respiraba hondo una brisa fresca que le onduló la bata, ruborizándole la papada y haciéndola lanzar una risilla pícara, porque Doris Camarena era cursi y sólo sabía expresarse así, con las frases hechas y los recursos del estereotipo que leía en revistas del corazón y noveletas rosas, que como es bien sabido, erigen su escritura en frases vacuas. Pero como ya apuntó un clásico francés con la sagacidad propia de los franceses: no se leen necedades impunemente, así que cuando Doris Camarena lograba construir una expresión suya, la repetía hasta convertirla en un cliché. Lo mismo que con cualquier acto espontáneo, por nimio que fuera, Doris Camarena sabría integrarlo a su pedante repertorio de gestos ostentosos. 

Cuando a Doris Camarena le recomendaron la Dieta Monocromática, supo que sería la dieta perfecta, porque pocas veces una dieta se molesta en incluir el elemento estético, así que la indicación de organizar los platos como si fueran arreglos decorativos, más que incentivarla, le pareció una verdadera señal. Decidió comenzar con el rojo, porque como ya se dijo, era cursi y, como todas las gordas, también un poco dada al drama. Entonces, todos los alimentos que consumiera debían formar parte de una paleta de color que iría del rosa viejo al borgoña suave. Con sólo pensarlo su apetito se estimuló y un grueso hilo de saliva con regusto a pollo empanizado le humedeció el mentón antes de caer en su descomunal busto, junto a dos migas de algo que se confundía entre waffle y galleta. 

Galleta, en definitiva, pensó Doris Camarena luego de pasarse grácilmente los dedos del escote a la boca y secarse la barbilla con tres golpecitos de una borla cubierta con talco perfumado. El polvo proporcionó una capa sedosa, delicada y aromática a los pliegues de piel que separaban su rostro de los hombros, ahí donde otras personas tendrían lo que se conoce como cuello. Doris Camarena se sintió sensual y hambrienta, bostezando, calzó sus piececitos rechonchos en dos babuchas de tul que la elevaron brevemente algunos centímetros del suelo, antes de que el exiguo tacón, vencido por el peso, se desplomara haciendo pasar las babuchas de diseñador por vulgares pantuflas. Pero Doris Camarena no lo notó, y si lo notó, no pareció importarle mientras se desplazaba hacia la cocina con la cadencia concerniente al tamaño de sus muslos y caderas.

 Doris Camarena terminó de verter la jamaica con betabel en sus mejores copas, agregó un toquecillo de agua gasificada y un acento de sirope, ingredientes que por su transparencia se permitía incluir con un contento singular, y contempló un momento el primor de coquetería con que había puesto la mesa. Porque una cosa era hacer dieta y matarse de hambre y otra muy distinta hacerlo sin tener siquiera una satisfacción: cisnes de bolonia con salchichas, flores de queso de puerco y pimentón, pirámides de jamón bañadas de cerezas en almíbar, manzanas caramelizadas, lonchas de lechón en gelatina, pepperonis rebozados con tomate frito. Todo en porciones industriales porque donde decía un vaso, Doris Camarena bebía un galón. Donde decía una pieza, el querubín se zampaba un kilo. Donde un tazón, desaparecía la cara metiéndola en una bandeja.

Doris Camarena se anudó un mantel mediano a modo de servilleta con un moño en el nacimiento de la nuca. Imaginar el nudo de tela como un perifollo entre sus bucles dorados la llenó de complacencia y procedió a hundir los cubiertos directamente en las charolas. Apenas había probado bocado de un embutido tan blando y pulposo que recordaba a sus propias pantorrillas cuando sonó el timbre. A Doris Camarena le invadía un regocijo inenarrable cuando escuchaba el trino, el gorgorito y los aleteos de ruiseñor con que había hecho personalizar el llamado de su puerta, pero muchas veces podían ser inoportunos, sobre todo cuando se aposentaba en el comedor y cuando, como en esa ocasión, insistían con tanta vehemencia.  

Doris Camarena puso un ojo en la mirilla y un pepperoni rebozado en su boca. Era el mensajero del taxidermista. Visiblemente emocionada, deslizó el mantel de su pecho y abrió la puerta dando aplausos con la punta de los dedos. El movimiento, que presionaba sus senos y los desbordaba hasta la desmesura para presionarlos otra vez, era sugerente por la enorme voluptuosidad de Doris Camarena en bata, y mantuvo en coma al repartidor hasta que cesaron los aplausos y las masas insufladas bajaron a un palmo de su ombligo, donde de acuerdo con lo ocurrido tras su bragueta, el repartidor intuyó el tamaño de la areola de aquellos dos pezones gruesos que amenazaban con reventar los encajes que contenían las carnes de Doris Camarena.

Doris arrebató el paquete al repartidor. Éste pareció despertar de alguna clase de hechizo y, sudoroso, entregó la nota. Doris Camarena tomó el bolígrafo y estampó su firma en el papel, un arabesco extravagante que remataba las íes con corazoncitos. El repartidor tembló. Doris Camarena cerró sin darle propina y se arrojó en el diván para admirar a Mirriñús, un persa aperlado de tres años, el séptimo gato que disecaba con la empresa que empleaba al repartidor. Colocó a Mirriñús en un cojín de damasco conmocionada hasta el sollozo por la excelente calidad del trabajo de liofilización hecho con los ojos del gato. Le habían dejado la plaquita y habían tenido la delicadeza de ponerle otro cascabel. Y el pelaje, tan lustroso, idéntico a como era cuando Mirriñús le alegraba los días compartiendo con ella el tocino y la soledad.

Doris Camarena pasó su mano por la pancita del gato y se conmovió. Mirriñús pesaba ocho kilos pero era un gato frágil en comparación con Señor Bigotes, que al momento de su visita al taxidermista estaba impedido para maullar y moverse a causa de sus diecisiete kilos. Señor Bigotes había muerto de una complicación diabética, lo que frustró mucho a Doris Camarena porque siempre pensó que Señor Bigotes se iría como los grandes: comiendo. El suspiro con que Doris Camarena puso a Mirriñús en la vitrina fue semejante a un bufido que la desinflaba. Posó ambas manos candorosamente sobre el cristal y pretendió que se abandonaba un instante a la desolación. Pero Doris Camarena no era ese tipo de mujer, ella se recomponía de inmediato y nunca se dejaba abatir por los sinsabores de la realidad. 

Uno por uno, sacó a los gatos del aparador y fue sentándolos alrededor de la mesa con Señor Bigotes a la cabecera. Después, en el sentido de las agujas del reloj, les puso baberitos con curiosos ratones bordados en punto de cruz. Sololoy, Chimichurri, Macarrón, Budulbudur, Fígaro, Sushi, Zig-Zag, Quesito, Burbuja, Whisky, Finlandia, Cornflake, Malvavisco, Brandy, Duvalín, Nutella, Tropical y por supuesto, Mirriñús. A Whisky y a Brandy les sirvió piernas de pollo a la papikra; a Chimichurri, pavo al chipotle; a Quesito, Duvalín y Nutella, chorizo español; a Tropical, pastel de frutillas; Burbuja y Finlandia preferían las empanaditas de churrasco; a Sololoy le puso doble ración de tallarines marinara; Cornflake, Budulbudur y Macarrón se veían di-vi-nos con sendos filetes de salmón; a Fígaro le acercó un cisne de bolonia;  a Zigzag y a Sushi, lomo de lechón; y a Mirriñus y Señor Bigotes les repartió cinco flores de queso de puerco equitativamente. 

Al terminar de servir, en estricto orden regresivo, Doris Camarena fue dando cuenta de cada platillo. Una, dos, tres, cuatro, cinco flores de queso de puerco y un sostenido gemido de placer. Lomo de lechón, cisne de bolonia, filete de salmón. Eructo. Risilla. Jarra de jamaica. Se empujó los tallarines marinara con las empanadas de churrasco y el pastel de frutillas fue un paraíso de dulzura en medio del festín salado. Devoró los chorizos, el pavo y los pollos enteros hasta arrasar con la mesa en medio de chumps y ñams. Agotada y somnolienta, se derrumbó en el diván con tal impacto que hizo cimbrar la casa, ensuciando a Sololoy con restos de salsa y mantequilla. Lucía tan apetitoso que Doris Camarena de buena gana se lo habría comido, pero al intentarlo, no se pudo incorporar.

Roncó sin dar tregua a sus cornetes nasales aproximadamente tres cuartos de hora durante los cuales tuvo un vívido sueño en el que aparecía Señor Bigotes, donde ambos ronroneaban, soltaban gases que daba gusto –alternado uno del apretado culito en forma de estrella del gato y, otro, del agujero negro capaz de absorber la galaxia de Doris Camarena– y compartían recetas desparramados sobre un algodón de azúcar al que daban mordiscos de vez en vez, pero de pronto, Señor Bigotes abría unas fauces gigantescas llenas de dientes y se la tragaba. Doris Camarena despertó con hambre y un poco agitada. Regresó los gatitos a la estantería y tomó el pedazo de jamón enlatado más jugoso de la alacena, desmenuzó la mitad y la llevó a la ventana en el platito de Mirriñús. Ahora sólo debía esperar. Comer su medio jamón de lata y esperar. Pronto tendría otro compañero de atracones a quien prodigar mimos y a quien amar. Porque Doris Camarena tenía pocas certezas en la vida, pero ahí, con su redonda faz pegajosa y colorada, con rastros de esas viandas rojas cuyo recuerdo iluminaba sus pupilas y le provocaba borborigmos, se resumían en dos: la Dieta Monocromática había llegado a su existencia para quedarse y siempre, siempre tendría lugar para otro gatito en su vitrina.

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