Article

Los trabajos de Fungus

1.

Pasada la reyerta en un callejón cercano, la peste a garnacha se fundió con el corrupto aroma a meados. Cada bulla, cada crujido fuera de lugar alarmaba a Fungus Slang: ¿venían por ella?, ¿por el Bacon? Se aseguró de que el cuadro estuviera bien oculto bajo la manta, a sus espaldas. La sucia gabardina, la bufanda de los Chargers, el gorro de estambre. Una estatura y una dejadez que empataban la de cualquier trailero, sumados a la duermevela citadina, mimetizaban a Fungus Slang en el cobertizo del local abandonado. Quien la viera ahí, no iba a sospechar. El objeto a sus espaldas podía ser una puerta o un triplay. Fue paciente: la trifulca del callejón había cesado, cebada por el runrún de la ciudad. Todo quedó en un débil estrato de polvo, lejos.

Peatones exánimes, gente opaca. 

Algún claxon, portazos. 

El Tijuana Downtown. 

Una Windstar subió los cristales eléctricos, sin detenerse. Después, nada.

Fungus Slang amoldó el exoesqueleto bajo la gabardina. Esperaba a Caffoni en cualquier instante. Ni idea por dónde iba a aparecer, ni vestido de qué. 

A media cuadra, alguien desplegó las mamparas de un puesto de revistas y tendió forros de plástico sobre el producto, dada la amenaza de lluvia. El friyito mañanero hizo que Fungus Slang batiera el palpo, en un escalofrío que aflojó el gorro de estambre, dejando las antenas al descubierto. En seguida las ocultó. 

Una patrulla. 

Niños a la escuela.

Champurrado, súbale súbale, camiones. 

Fungus Slang solía decirse: “Conozco a las personas”. 

Inhalaba: al inhalar, su cuerpo ganaba volumen. Exhalaba, y volvía a semejar un cuerpo humano. Luego de varias décadas, al fin vería a Caffoni. Cumpliría con la custodia: entregar el Bacon. Suspiró, sacudiendo la cutícula labial bajo la bufanda. Para un nematomorfo antropoide de séptima generación, Fungus Slang moderaba la excitación de forma admirable. 

Por la esquina asomó una mujer, ya viejona, con licra y brillo labial de un dólar. Fungus Slang la vio trasponer la cuadra entera, cruzar la calle y colocarse en el umbral de la única botica abierta. La conocía al dedillo: Mara. Observada por años, puede que ella nunca notara su presencia. Portaba una diadema que halló entre la basura. Mara sostenía algo entre las manos: un vaso, la acostumbrada ración de birria, demasiado caliente, ya menos. 

Fungus Slang se repetía: “Los conozco”. 

Mara iba a bebérselo: se detuvo –con un gesto que previó Fungus Slang– el ver aproximarse a un sujeto en traje sastre, entrado en años. El tipo escondía las manos en los bolsillos, arrastraba los pies, la mirada amarilla. Parecía derrotado, tirado a bienmorir en el Tijuana Downtown tras haber luchado contra el mar, incapaz de domar el viento ni gobernar las velas. El tipo escupió al pasar junto a Fungus Slang: ella movilizó sus órganos timpánicos, cubiertos de vello sensible. Detectó en el gargajo del hombre añoranzas de desvelo, salitre y tabaco. Mara lo vio aproximarse: dejó el vaso de birria en una cornisa y se ajustó la falda, la cadera. Una pierna así, lipstick, ayúdame diosito. Intercambiaron monosílabos e ingresaron a un motel. 

A veces, Fungus Slang añadía: “Lo que sé de ellos, ellos no lo saben”.

Por decir, la existencia del Soflvee. 

Sus ideólogos y operadores, su devenir, sus variantes en quince países. El cariz que tomaba en cada sitio, camuflado por las circunstancias. Ella los anticipó, los brujuleó. Supo entenderlos, acercárseles. Intuir, discernir, ahondar en sus orígenes. 

Y llegado el día, despojarlos del cuadro. 

A partir de que Fungus Slang se hizo del Bacon y lo resguardó en un apartamento de la Colonia Alemán, aún a la distancia, se mantuvo atenta al Soflvee. Ellos, los cófrades del Soflvee, nunca la vieron. 

Ni la imaginaron. 

2.

Hermandad marginada, el Soflvee germinó a finales de los 30’s a partir de células anarquistas de la Europa Central. Floreció en coyuntura al derrumbe del Clan Balbuena, poco antes del ascenso del Reich. Segregados, vagabundos, los pioneros se fueron apiñando: talentos inconformes, genios disidentes que con actos aislados y heroicos se daban a notar, descubriéndose, citándose en guaridas y hostales. Fue nombrado Soflvee por Jorgiván Andúriz, un reportero andaluz que padecía de estrabismo, cosa que a Fungus Slang le parecía hilarante. 

Andúriz identificó a la cofradía clandestina en sus columnas semanales. En principio la insinuó como “sedimento social”, “pleito camuflado”, aunque también –Fungus Slang suponía que en tardes melancólicas, cuando Andúriz andaba de corazón roto– como “rosa franca” y “gabinete cristalino”. Llegó a situar en paralelo el efecto expansivo de un grupo revolucionario en ciernes, como el que se deducía allí, con la propensión multiplicadora e irrefrenable de las algas marinas, incitando a los gobiernos a “actuar como se actúa para erradicar las plagas”. Tras un ejercicio de paciencia, embrujo y observación, y a fin de familiarizar al lector con su objeto recurrente, Andúriz tuvo el mérito (“o el mezquino interés –se decía Fungus Slang– según el lente de quien mire”) de nombrarlo así para inmortalizar a Sofly, su gato. En su letargo mexicano, Fungus Slang se dio varias escapadas a la hemeroteca de la UCSD en San Diego, así como a la biblioteca del COLEF, en Tijuana, donde recopiló, ordenó y leyó cada publicación firmada por Andúriz. El andaluz aseguraba, entre la deducción y la ficción, que en 1938, la asamblea fincada en Baviera reclutó a medio centenar de integrantes bravíos, entre españoles y sarracenos, turcos y alemanes, algún lapón. Consolidaron búnkeres a orillas del Danubio, con equipos de estudio encubiertos que despabilaron, haciendo músculo, numerosas jergas de alcance local que resonaban en despachos de Núremberg, Zaragoza, Basilea, Turín. 

Entre las tesis esenciales, Fungus Slang sabía que los pioneros alemanes, turcos y españoles codificaron a su manera el término Soflvee, que les vino bien adoptar. Los motivos que sustentaban la nomenclatura no alzaron mayor debate. Sin chances de consultar a Andúriz, resolvieron que era un acrónimo del famoso verso de Rita de Moldavia: Se os fue la vida en ello… Formularon un ideario, un himno y un pliego de principios fundamentales. Esbozaron el escudo de armas, con un rostro caucásico que décadas después sería sustituido por el mentón de Lucio Gaeta, entre blasones transversales, con trazos ñoños. 

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, el Soflvee perdió la sede alemana. Sin ceder a la desazón, y mirando al futuro, sus afiliados se propagaron, acalorados por la testarudez. El nomadismo los rajó en dos bandos. Uno de ellos obtuvo asilo en la campiña de Narvik, al abrigo del nódulo fascista noruego Nasjonal Samling. La distancia de todo conflicto, la lontananza austral y el contacto con las escuadras paganas relegaron sus querellas a la cosmovisión fraterna del último horizonte. Hoy se considera una unidad residual, mineralizada. 

La otra facción, gástrica, beligerante, asida al rencor estudiado de sus caudillos, se instaló en la villa de Monchique, al sur de Portugal, y por años administró la fiereza, alimentó la introspección y evitó toda batalla. El organismo, que ya inquietaba a varios régimenes, tanteó su momento, indiferente a la guerra. 

No obstante, al declararse la paz, el Soflvee se pulverizó. Decenas de apóstoles de la inconformidad hacinados en Monchique se despidieron sin mayor ceremonia, silenciosos, llevando el rescoldo en el alma. Los capitaneó un trío de mujeres resueltas, primigenias, de pupila revoltosa. 

La mayor, Mildreth Tovoli, pasada de los treinta, atrajo a la mayoría; quizás por la certidumbre idiomática de dominar varias lenguas y predicar a gritos, con risa charlatana, o por la hipnosis que conlleva un cabello largo, rubio, de textura ondulada. Se sabe que Mildreth asentó con los suyos en una mansión de Nueva York, ligada a círculos eruditos que al tiempo la sofisticaron. 

Cia Varelli y Nola Rosa Helena –el par restante– huyeron de suelo portugués en plan cauto, peinadas à la garçon, dejándose la algarabía para después. Bellísima, de ojeada turbadora, Cia Varelli se acompañó de una familia de cubanos, compuesta por varios primos de sesenta y tantos años, y una niña de once, Ninfa. Fincaron en Roma, en un cuartucho que servía de vestidor a un gimnasio de box abandonado por la guerra. Allí se mantuvieron casi dos años, hasta que los propietarios del inmueble empezaron a rondar y a perturbar. Antes de que interviniera la guardia romana, Cia Varelli siguió el consejo de Ninfa Gaeta: volver a Cuba y buscar a su papá. Así lo hicieron. 

Nola Rosa Helena acarreó a los suyos –peones, herreros y cocineros– a una comarca de Friburgo, en Alemania. Agigantados por la hormona y el desmán, organizaron una cocina artesanal en la que fabricaron y vendieron tarta Selva Negra, amasando un acervo económico que los sostuvo con suficiencia, incluso con desahogo.

Atareadas en lo suyo, Mildreth, Cia y Nola Rosa nunca perdieron el foco. Se comunicaban por vías inverosímiles, ya fuera para advertir datos capitales, minutas de carácter sensible, como para tirarse bromas y recados triviales a fin de validar que existían, que seguían allí. Como puntas de un mórbido polígono, cada chincheta en una locación: Nueva York, Roma –después Cuba–, Friburgo, y varios asientos satelitales. Para la mitad del siglo, la fantasmagórica presencia del Soflvee se explayaba como las esporas, impulsado por Mildreth, Cia y Nola Rosa, siempre en tríadas regionales: Beirut, Marrakech y Damasco; Bridgetown, Varadero y Cienfuegos; Cúcuta, Iquitos y Paramaribo; Caléxico, Austin y Daytona Beach; Agua Prieta, Tecate y Tuxpan.

En 1956, con el festivo recibimiento que Ninfa merecía, el pescador Lucio Gaeta recibió gustoso a Cia Varelli y a los sexagenarios en un mesón de La Habana. La doctrina sediciosa del Soflvee fue para Gaeta una caricia. Palabras dulces, epifánicas. 

Ocurrió una síntesis bendita, con dividendos mayores a los que supuso el germen del movimiento antes de la guerra. 

Ya en Cuba, la inquietud soflveeista trabó con las rencillas isleñas. Gaeta trasladó tal hormigueo como se traslada una bazuca: se ganaba la vida nada menos que como chofer en las huestes de la Coalición Socialista-Democrática. Cia Varelli entendió que el empuje de Gaeta daría al Soflvee un aire genuino, renovado, y fue desapegándose. Se lo notificó a Mildreth y Nola rosa en un boletín cifrado; ellas lo captaron sin chistar. El consenso fue inmediato. Gaeta se erigió como Don, piedra angular, puntal sinfónico del Soflvee. El overol con que vestía a diario, de mezclilla desgastada, añadía a su piel tatemada un fundamento de altura, con el pastiche anímico de encabezar un alzamiento juicioso, atomizado en todo el globo. Ni el oficio de la pesca, ni las cartas lunáticas que Ninfa le escribía desde Roma con sentencias que podían ser eslogans de la sublevación –que la niña aprendió de Cia Varelli–, ni el suspensede los golpes de estado en la isla, fueron capaces de imprimir en Gaeta la ansiedad casi erótica que ahora lo asediaba. Sentía haber nacido para el Soflvee, y el Soflvee para él. Sus seis pies de altura, el amplio mentón, el odio congénito a los poderes de facto dada la ausencia de queridos amigos suyos apresados de forma alevosa por el régimen, y el eterno artificio del salitre, eran para Fungus Slang factores ineludibles de cocción que dieron al Soflvee la sobreidad vitalicia que adquirió en La Habana, con Gaeta como estribo. 

El pescador habanero apalabró y enganchó a un millar de guerrilleros esquivos, astutos como comadrejas. 

Cuando los oficiales del régimen atendían denuncias anóminas y acudían a la casucha de Gaeta, jamás hallaron armas, pergaminos ni mapas. Nada que diera a pensar en una conspiración. Gaeta los recibía entre abrazos, cascabeles y cocos, dicharachero y besucón, con la anchura del conversar antillano. Los soldados recargaban su fusil en los catres, su macana en los taburetes, vencidos por el camarada gozoso y enérgico, prendidos a su charla ligera, rodeados de flautas, de obesas tumbadoras. Las visitas policiales se prolongaban a la alta madrugada, en un festín de bolero y guaguancó. 

Tan significativa como su don de gentes, fue la voluntad de Gaeta por leer, aprender, comprender; responder a envites, debates, discusiones. Cursó Antropología Social a contrapelo, sin matricularse en la universidad, atendido por instructores que en su tiempo libre le impartían cátedra en el almacén de víveres de la casa presidencial de Fulgencio Batista. Obtener este dato específico, enterarse de forma directa, enorgullecía a Fungus Slang: lo dedujo muchos años antes de iniciar la custodia del Bacon, al que ya apuntaba con fina premonición, al espiar el cuchicheo entre cabecillas rebeldes del Soflvee reunidos en un ingenio azucarero de Cienfuegos.

Gaeta resultó vital, no solo para la continuidad del Soflvee en años aciagos, sino para sembrar premisas chocantes en el meneo social de América Latina. Fue su tenedor, tesorero, capataz y guía doctrinario, de la primavera de 1952 al invierno de 1963, época en que Ninfa murió en un accidente automovilístico, y el viejo, disminuido por el duelo, dejó de alimentarse, moderó el volumen de su oposición, y cachó una neumonía de horrible curso. Convaleciente, con el coraje hecho trizas, cerca estuvo Gaeta de ponerlos en riesgo. Aún así, para Fungus Slang era sensato y hasta justo –airecillos la emboscaban en el Tijuana Downtown, sin señales de Caffoni– que el perfil de Gaeta, de frente ancha y nariz aquilina, con overol de tirantes, sea el que engalane la heráldica del Soflvee. 

En la fase terminal de su neumonía, empeorada por un virus caribeño que carcome y descoyunta las cervicales, Gaeta optó por entregar la estafeta. 

La recibieron de forma mancomunada el texano Gisely Scott, y las gemelas Ira y Simone Flambeau, oriundas de Mandeville, Luisiana, en un acto austero y emotivo en los callejones de Baton Rouge, a donde Gaeta se recluyó para sobrellevar el exilio. 

Gisely Scott cayó preso tres meses después, con cargos ajenos al Soflvee: se declaró culpable de complot para asaltar las oficinas de un sheriff. Su detención dio un respiro engañoso a las fuerzas policiales, que asumieron vencer al Soflvee y dieron vuelta a la página. 

Así, en un entorno aliviado, Ira y Simone Flambeau lideraron por veinte años. Eran avispadas, carismáticas. No solo aportaron solidez al movimiento en EEUU y el Caribe, y brindaron una digna jubilación a Mildreth, Cia y Nola Rosa, devueltas a su respectivo refugio neoyorquino, romano y friburgués, así como protección legal a Gaeta hasta su muerte, sino que arraigaron el ímpetu gremial en años de alta exigencia política e ideológica, ensanchando el espectro. A meses de la encomienda –al pensarlo así, Fungus Slang recordó la suya: ¡cómo tardaba Caffoni!– las Flambeau se mudaron a un poblado algodonero en Alabama. Desde ahí regentearon y oxigenaron el Soflvee, creando vínculos de franca utilidad con centros de investigación y organizaciones pacifistas, gracias a las que orientaron el pensar acorde a los tiempos y, entre charlas e hipótesis, legitimaron una fortuna. 

En 1978 el Soflvee invirtió capital en una cementera. 

En 1988, en proporción residual, inyectó pasta en semilleros sindicales mexicanos, que crecían como la espuma. 

Bien entrados los 90’s, eran un brazo geopolítico sagaz, combativo y estable. Sus recursos fluyeron con tino quirúrgico, al apadrinar a guerrilleros del sur del continente. 

Para 2003, el Soflvee era mucho más que una camarilla de insurgentes. Contaba con unidades en el noroeste mexicano, en casi todo Centroamérica, las Antillas, la amazonía peruana, con esporádicos golpes al sur de España y la incubación de cuadros satelitales en Vigo y, con especial furor, en Málaga. 

Desde un hangar en el bajío mexicano –con marquesina de Clemente Jacques– gestaron una corporación on-line, a cargo del productor de aguacate, mango y banana Elíades Durán, asentado en Irapuato. 

A partir de que la cementera de Alabama fue el sostén financiero del Soflvee en los Estados Unidos, Durán aprovechó los dividendos mexicanos y latinos, y con el aval de las gemelas Flambeau entabló en ultramar prometedoras relaciones comerciales, aupado por los malagueños, recuperando el ímpetu en tierras europeas. Rubricó un acuerdo con la Barra Social Italiana y otro con un animoso pelotón de gallegos que, sin mucha tutela, introdujo la convulsión a los suburbios de Marruecos, Jordania y Siria, territorios donde el Soflvee se infló, asido a una espiritualidad primaria. Hicieron escuela, calentaron a grupillos cismáticos y, con ferviente militancia, catalizaron la inquietud juvenil que desencadenó la Primavera Árabe. 

El paladín de esta división en el norte de Áfica y Oriente Próximo, como bien lo supo Fungus Slang, fue el español Sandro Otero, cartógrafo, quien acabó mal herido en un traslado de refugiados tunecinos a España, hoy detenido en la prisión de Villanubla. Todo integrante del Soflvee comparte la simpatía por Otero, su carga simbólica. Se le considera un prócer, al nivel de Mildreth, Cia, Nola Rosa, Lucio Gaeta y las hermanas Flambeau. Pululan las anécdotas del instante en que se cada quien se enteró de la detención de Sandro Otero “¿Dónde estabas tú, cuando…?”, es pregunta frecuente. 

Por eso y más, el Soflvee tiene con qué nutrirse. 

Opera con fluidez, a ratos con holgura. 

En coordinación con Otero, Reggie Flambeau, hijo de Simone, diversificó el patrimonio en inmuebles residenciales, depósitos de gas natural licuado, la construcción de centrales hidráulicas en afluentes no explotados del noroeste de México (cuya manipulable crecida en los cauces esgrime el Soflvee al negociar con gobiernos locales), y piezas de arte adquiridas en subasta. Fue así que, en una sesión de la Christie´s, sucursal Monterrey, gracias a la liquidez transitoria que aportó un contralor del Ministro de Hacienda a uno de los prestanombres de Elíades Durán, el Soflvee se embolsó, con mañosas gestiones y agresivas pujas, un lote First Class. Este incluía varios Modiglianis, un par de Lucian Freuds, una serie de banderas de Jasper Johns, dioramas nocturnos de Yvonne Jacquette, y el Blood on the Floorde Francis Bacon que Fungus Slang les arrebató en un retén carretero.

 

3.

Media hora después, con 10 dólares ganados, Mara asomó por un boquete sin puerta ni ventanas. Con ambas manos se amoldaba la diadema. Cruzó toda la acera, sin reparar en el cobertizo donde Fungus Slang protegía el cuadro. Mara en lo suyo, dobló el billete que reservó en el monedero y abordó un autobús. 

Fungus Slang se repetía: “Sé lo que son, veo lo que piensan”. 

Destellos, chispazos en la acera… Una exhalación. 

Al fin, el respetado nemertino asomó al cobertizo y sacudió la probóscide ante Fungus Slang, en moción amistosa. Ella alteró sus pulsaciones, enviánole una ráfaga de feromonas que no obtuvo respuesta. 

Vestía pants. Aproximadamente vestía pants: Fungus Slang reconoció el esfuerzo del próximo tenedor del Bacon. Empotrar un cuerpo amorfo, setenta kilos de epitelio y cilios atigrados en unos pants para simular normalidad en el Tijuana Downtown, no debía ser tarea fácil. Con un mutis de especie a especie, ella contempló el celaje cenizo, el tegumento gris. El declive expedito, el aletear sigiloso. Bisbiseaba, gorgoreaba. Era Caffoni. 

Fungus Slang iba a perder el equilibrio; vacilaron dos de sus cuatro pares de patas. 

Engarzó el tórax segmentado y removió la manta tras de sí. 

Quería que Caffoni lo viera. Ante el cuadro, la faz anodina de Caffoni produjo un brillo vacilante y remoto. No emitió señal, palabra conocida, ni ondas en frecuencia legible para los aparatos feromonales de Fungus Slang. Ella sintió los pedipalpos libres, livianos. Yéndose el Bacon se irían la tensión, la dependencia siniestra, el miedo a que se dañe o extravíe. Volver al nido, en un estado de avenencia y majestad. 

La entrega aconteció en silencio. 

Fungus Slang supuso que, en tales casos, las personas lloraban. 

Caffoni sostuvo el Bacon. Lo hizo girar, empastándolo con un forro viscoso que manaba de su abdomen. Aferró el paquete por cada vértice, y comenzó a flotar, con el espectral cartucho a cuestas. 

Al elevarse, quizás como reconocimiento a Fungus Slang, Caffoni excretó una sustancia negra que al caer en la banqueta se tornó platinada y ocre, empuercando las baldosas. 

Fungus Slang devolvió el ademán, con un batir de propulsores, que Caffoni ya no vio.  

Quedó en soledad. 

En soledad total. 

Casi. 

Arf arf. 

Un perro, muy cerca de sus patas. 

Fungus Slang supo que tenía hambre. 

Lo observó unos instantes. 

Terció la cabeza, y en las formas del can vio trasponerse, de alguna manera, el memorizado Blood on the Floor. La base naranja, espléndida. Esa plancha gris, con un salpicón en rojo ferroso, y dos focos suspendidos: uno de testa piramidal y otro más largo, de bombilla clásica. Al costado derecho, un interruptor. Examinado al más fino detalle, como lo examinó mil veces Fungus Slang, el interruptor parecía balancearse a un grado sutil, como esperando ser activado.  

Arf. 

Fungus Slang atrapó al perro. 

Acribillándole el cráneo con las cuchillas bucales, lo devoró parcialmente. La ingesta le vino bien. Después se deshizo de la capa ensalivada, y se internó a una alcantarilla. 

Un hombre con barba de meses, pleno de grasa y abominaciones, encontró el vaso de birria en la cornisa, olvidado por Mara, aún tibio. Sorpresas del Tijuana Downtown. No tuvo a quién agradecerlo: acaso a la entidad que vio o creyó ver escabuirse por el drenaje urbano. Se lo empinó de golpe. 

Le supo delicioso. 

Scroll Up