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La entrevista: una forma de entender la literatura

En 2012, Nitro-Press en coedición con Fomento Editorial BUAP publicó Veintiuno. Charlas con 20 escritores, del periodista y escritor Óscar Alarcón. A finales del año pasado llegó (a manera de segunda parte) Veintitrés y uno. Charlas con 23 escritoras, que busca cerrar el trabajo periodístico iniciado con Veintiuno.

Acerca del libro

En la primera entrevista (con Sylvia Aguilar Zéleny), Óscar Alarcón menciona que Sylvia ha emprendido un viaje largo (ella es de Sonora y la entrevista se realizó en Puebla), esto da pie al tema de los viajes: en esta primera conversación se ejemplifica el largo camino que recorrió Alarcón para llegar a Veintitrés. Desde la publicación del primero hasta la llegada de éste hay seis años de conversaciones sobre literatura.

Las pláticas abren temas cuya postura cambia según la autora (una de las preguntas que más respuestas generó fue “¿Es difícil ser escritora en México?”, conforme el libro avanza se genera un debate interno que enriquece el material. Cada entrevista abre una ventana hacía diferentes perspectivas sobre la literatura, la realidad y cómo las escritoras plasman estas visiones en su obra. Resulta agradable la estrategia que emplea Alarcón al generar preguntas relacionadas con los libros de cada escritora para después encaminar la charla hacia otros temas, de modo que trasciendan su obra y toquen aspectos que, para el momento de la entrevista, eran coyunturales. Raquel Castro habla sobre etiquetas generacionales y la utilidad que les encuentra, Ana García Bergua da su postura en torno a las formas electrónicas de hacer literatura (como la llamada twitteratura) y con Ana Clavel se abordan los entrecruzamientos de las diferentes disciplinas artísticas. Después de todo, la visión del mundo de una escritora posee mucho peso, y aunque decida no adoptar una postura intelectual, es notorio su compromiso con la realidad inmediata y las derivaciones que ésta tiene por medio de la imaginación. Las 23 escritoras recopiladas por Óscar son un ejemplo formidable. Ahí están, por ejemplo, Magali Tercero y sus crónicas sobre la violencia desde la perspectiva del afectado, Fernanda Melchor y su trabajo periodístico-literario acerca de la violencia de los últimos años en Veracruz, Aura Xilonen y la migración, Sylvia Aguilar Zéleny con los reflejos crudos de la violencia que impera en el norte, Brenda Ríos y sus ensayos que nacen a partir de digresiones personales.

Las pláticas, en vez de volverse especializaciones de la obra y relegar su lectura para quienes ya las han leído, funcionan, más bien, como una invitación por voz de ellas mismas.

Los temas hablados también reflejan el complejo bagaje humanístico que se adquiere con la escritura, las autoras constantemente tocan temas relativos a las emociones, en donde ahondan en construcciones emocionales, ya sea de sus personajes, de ellas mismas o de la sociedad y cómo ésta funciona. Personalmente me sentí desolado al leer la forma en la que Brenda Ríos entiende las estratificaciones sociales, que en ciertos niveles se planean para luchar contra la soledad. Para aclarar su punto utiliza la familia. Sorprenden las coincidencias: Raquel Castro también habla al respecto de las familias. El debate es constante. Lo interesante llega cuando surgen temas ya tratados y se generan los ecos de esas conversaciones.

“…ir a restaurantes y que tú seas la única persona sola. Es abrumador. Tú no eres consciente de que estás solo, comiendo solo, porque te parece normal, pues tienes que comer y no vas a cocinar diario, hasta que te ves rodeado de estas familias mexicanas que van de diez a doce personas a todas partes, como muéganos. Te sientes más solo los domingos, más vulnerable”.

( Entrevista a Brenda Ríos. Pág. 185).

“Lo que comentas de la soledad tiene que ver con que por mucho tiempo se nos enseñó que la compañía es sinónimo de multitud, todavía hay familias en las que están los ocho sentados viendo la tele y te dices: ‘¿de veras se están acompañando?’”.

(Entrevista a Raquel Castro. Pág. 72

Óscar Alarcón muestra audacia para plantear las preguntas. Varias de éstas funcionan como detonadores para lograr que la autora se explaye en un tema y haga otras conexiones. En la mayoría de las conversaciones, las preguntas poco a poco envuelven a las autoras en una especie de monólogo en donde hay una profunda reflexión sobre lo dicho. Al llegar a la última página, el lector hallará una construcción gigantesca de múltiples ventanas que guardan diferentes diseños en su interior.

El mapa geográfico

Ya desde las primeras entrevistas hay evidencia de un aspecto que se reafirma al llegar hacia el final: hay detrás de la conformación de la antología un extenso mapa con la procedencia geográfica de las autoras. Escritoras del norte, centro y sur se hacen presentes, así como dos extranjeras. Esto se refleja en los temas abordados y sus diferentes perspectivas.

Alarcón deja ver cómo influye el espacio y su propio contexto en la obra de las autoras y de su vida, de manera que con algunas se tocan temas como la narcoliteratura, así como sus relaciones con la frontera norte y la influencia de la lengua anglosajona en el español, mientras que en el sur se habla de comunidades autóctonas, diferentes lenguas, un extenso marco cultural y, en fin, una riqueza temática (aunque el común denominador pareciera ser la violencia). Sylvia Aguilar Zéleny retrata sus impresiones como maestra de español para angloparlantes, mientras que Natalia Toledo habla sobre su experiencia al traducir sus poemas del zapoteco al español. También destaca la figura de la argentina Mónica Maristain y la colombiana Ana María Jaramillo, quienes residen actualmente en la CDMX.

El mapa dibuja uno de sus límites: desde Mexicali hasta Argentina, su antípoda geográfica latinoamericana, y pasa por Sonora, Ciudad de México, Tlaxcala, Puebla, Guerrero, Oaxaca, Veracruz y Colombia.

La amplitud demuestra que la literatura se descentraliza cada día más, de modo que ya no es necesario trasladarse a una capital para buscar oportunidades y, muy por el contrario, es posible hallarlas en la zona de origen. También muestra el esfuerzo del entrevistador por abarcar un extenso territorio en donde la riqueza radica en la no estandarización de la literatura mexicana. Él mismo lo señala en la conversación que sostiene con Mónica Neponte.

“Hasta hace unos 25 años parecía que teníamos una estandarización, se seguían ciertos cánones, en este momento existe una polifonía, […] tenemos una gran cantidad de voces que hacen que la literatura entre en crisis, no en términos negativos sino que existen tantos que ya no podemos localizarlos a todos”

Página 216.

El rescate de la oralidad

Decir que la oralidad ha muerto es descabellado, pese a ello, en términos académicos y aspectos formales se le ha relegado a un papel inferior, lo que genera una brecha entre éstos y la vida cotidiana, en donde tiene mayor uso –y quizá peso–. Para luchar contra esto bastaría recordar que la escritura está plagada de cuestiones orales: al repetir en voz alta una frase que no acaba de gustar en momentos de corrección, o al acudir a eventos en donde la manera de difundir la obra propia es leyéndola, o fomentando la lectura a través de lecturas grupales (proyectos como Descarga Cultura UNAM apuestan por esto). Sobra decir que la figura más remota del escritor occidental es la de los rapsodas (y aedos) que acudían a las plazas y a los banquetes a enunciar poemas, aquellos cantos épicos que tanto conocemos nacieron de esta forma. (Homero es el ejemplo por antonomasia, aquella tortuga que carga al mundo, o una especia de báculo inalcanzable). En ese sentido, un libro con las transcripciones de las charlas llevadas a cabo por medios orales funcionan como puentes entre ambas formas de comunicación, y no sólo eso: abre la posibilidad de revalorizar otros medios ajenos a la escritura desde la escritura misma. Este nuevo libro de Óscar plantea la importancia de la conversación como forma de entender el mundo, y enfocarse en literatura profundiza en una parcela de la compleja y a veces agobiante realidad.

Inserte metáfora sobre las voces y el agua.

La estructura del libro

Al igual que Veintiuno, la estructura del libro se conforma de tanto autoras consagradas dentro y fuera del panorama nacional, como por un grupo en proceso de consolidación y otra fracción con libros poco conocidos por cuestiones de marketing pero con propuestas interesantes y una calidad literaria innegable. Esta forma de armar el compendio ayuda a replantear los parámetros de valorización de un libro, además nos muestra algo que ya muchos sabemos: leer implica una experiencia personal que debe alejarse de las imposiciones editoriales. Y sobre eso también encontramos hilos conductores al libro anterior: preguntas sobre qué opinan algunas de las escritoras sobre la campaña del gobierno pasado que incentivaba la lectura planteando una lectura de 20 minutos al día.

Sobre que las entrevistas sean sólo a mujeres

Si bien la separación de género en la conformación de Veintitrés podría resultar conflictiva para muchas personas, no se trata de un sesgo despectivo, yo más bien lo veo como el resultado del actual panorama que vive nuestra literatura, en el que se busca aclarar que una escritora debe ser valorada y criticado bajo los mismos criterios que un escritor: por sus letras y nada más. Veintitrés y uno. Charlas con 23 escritoras se puede ver como un reflejo de la segunda década del nuevo mileno que poco a poco llega a su fin. Además, entiendo una especialización no como algo negativo, el año pasado Liliana Pedroza publicó Historia secreta del cuento mexicano, que busca retomar a autoras del siglo XX, cuya obra fue menospreciada por cuestiones de género. Especializaciones como éstas, más allá de entorpecer la lucha feminista por la igualdad, ayudan a profundizar en ciertos temas.

Veintitrés funciona como una guía de lectura, una sucesión de consejos, un espejo de la producción literaria de los últimos años, una reflexión profunda de la literatura por parte de sus creadoras, un poco como una especialización de mujeres escritoras, y también como un extenso mapa geográfico de lo que se escribe en el país y, sobre todo, como un acercamiento a obras con mucho peso tras de sí. Se trata de un libro multifacético que no te dice cómo debe leerse, sino que propone varias formas de hacerlo para, al final, descubrirse creando las propias y lo más importante: descubrirse reflexionando en las ideas planteadas para perpetuar los canales de comunicación y debate. Es una lectura que conduce a muchas otras. Cuidado, que la lista se puede volver interminable.

El entrevistador, Óscar Alarcón, fotografiado por el gran ©Ale Meter.
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Escritura y prisión: Mujeres que matan

Seis de la mañana es la hora en la que se pasa lista. […] Dos pesos cuesta recibir una llamada telefónica. Quince días barres la cancha si no sales a la lista. Quince días barres el comedor si le faltas el respeto a la custodia. Treinta días en el área de segregados si te peleas con alguien. Doce celdas hay en la planta alta. A las seis se reparte el desayuno. A las once la comida y a las cuatro la cena.  […] Dos meses permanece en castigo a quien se le sorprende con droga o celular. Ochos años es la condena a quien comete homicidio. Dos pesos cuesta un cigarro suelto. […] Ocho lavaderos y un boiler abastecen aproximadamente a 140 mujeres. Diez regaderas, cinco en cada planta. Seis camas en cada celda. Se permite un refrigerador y un cooler por cada celda. Quince pesos cuesta bailar cuando se organiza uno. Seis y doce horas duran es el tiempo que duran las conyugales. Quince minutos dura la visita de corto tiempo.

Fragmento del texto “Numeralia”, pp. 37.

 

 

Las cárceles han existido prácticamente desde el comienzo de la vida civilizada. En la antigüedad, el cómo se debía castigar al que cometiera un crimen fue una interrogante a la que le dedicaron tiempo de reflexión filósofos como Platón, Heráclito, Sócrates, Protágoras y demás.

Pese a tantos siglos de historia, lo que actualmente conocemos como sistema de justicia penal nace en el siglo XVIII con el fin del feudalismo y entró en un constante proceso de cambio hasta mediados del siglo XX. La idea de cómo debe funcionar un reclusorio ha sido más o menos constante: rehabilitar al que cometa un delito aislándolo de la sociedad para inducirlo a un proceso de meditación –casi siempre ligado a una religión, películas como Sueño de fuga o La naranja mecánica lo demuestran- que lo reforme para su posterior reintegración a la sociedad. La idea suena convincente, como mucho de lo que se plasma en papel, desafortunadamente, en la realidad se interponen factores como corrupción, autoritarismo, impunidad, mafias internas y en general un ambiente putrefacto, que más que una reformación proporciona la maleabilidad del sujeto. 

Al pensar en un reclusorio -o toparse con uno en diferentes medios- lo más común es imaginar un lugar de paredes grises y aspecto mortecino con cientos y cientos de hombres habitando las rejas. Resultará extraño para muchos imaginar un cerezo femenil, tal vez se daba a los matices machistas todavía impregnados en nuestra sociedad, los mismos que nos hacen sentirnos los únicos seres del mundo; pero no es así, también existen los reclusorios femeninos y están igual de saturados, ahí se hallan mujeres criminales y Mujeres que matan.

Sylvia Arvizu es la encargada de transmitirnos las voces que pueblan este libro de crónicas elaboradas con narraciones abrumadoras: imágenes reflexivas o contundentes, según lo necesite la historia. El volumen se encuentra dividido en tres segmentos: “Prófuga”, “Breve Azul” y “Mujeres que matan”, cada parte en un fragmento poderoso que hace de la obra un todo. El primer apartado es la presentación de la autora ante el lector y a su vez un ejercicio de autorreflexión entorno a ella y sus años venideros; elaborada magistralmente, la primera crónica, “Prófuga”, narra los meses de su corta vida como evasora de la ley por el crimen que no conocemos de una persona –la misma autora- de la que sólo sabemos está embarazada, la fuerza narrativa que hay en cada párrafo es tal que basta con eso para sentirnos cercanos a ella; cada página no se agota y más bien se reinventa en una segunda lectura. Hay garantía de llanto, de sentir una fuerza opresora en el vientre al pasar las hojas, y también de profundo reconocimiento hacía Arvizu, quien no busca tergiversar las cosas para adornarlas, todo lo contrario: emplea el lenguaje como un arma contra el olvido de las historias que transitan frente a nosotros. Cada texto deja una sensación de vacío e injusticia; nada parece inverosímil, cada escena nos aproxima a una realidad probablemente ajena hasta antes de la lectura, el tabaco -se aprende con el libro- es fundamental para sobrellevar los días de cautiverio.

Las descripciones de sus compañeras y el ambiente en el penal llegan en el segundo apartado: “Breve azul”, publicado de forma independiente en 2008 (Ediciones La Cábula) y retomado para esta edición. Las reflexionas predominan aquí y su lectura en un sentido profundo induce a la interrogante de si realmente es la cárcel un reformatorio efectivo o si por el contrario se trata de un sistema errado. La respuesta parece contundente, y también entristecedora. Las abstracciones sobre lo que dejan afuera son una constante en las anécdotas de las reclusas, pero también lo es la efímera felicidad y la sensación de que ahí también se puede encontrar un hogar. El libro fue publicado en 2013 en paquete -e individualmente- con Matar, de Carlos Sánchez (aquí una reseña), la estructura de éste es semejante pero con historias de hombres. Hay una marcada diferencia entre la actitud que denotan las mujeres en comparación con los varones: la empatía, la solidaridad que construyeron dentro del cerezo para hacer del lugar un poco más confortable, o al menos tolerable. Por irónico que suene, en los textos de los crímenes y asesinatos perpetuados, no se encuentran a personas buenas o malas, solamente humanas. Leer, entender cómo llega alguien a prisión sin caer en juicios de valor es el mayor mérito del libro.

En “Mujeres que matan” –la sección inédita del libro- los texto se enfocan en eso: describir los asesinatos de sus compañeras, vecinas de celda que con refresco en mano vieron privadas sus libertades, o que encontraron en el fuego la oportunidad de acabar con la huella de un cadáver fresco. En las cinco crónicas que dan forma al apartado se demuestra una ardua labor periodística ya antes ejercitada gracias a la conducción del programa radiofónico que condujo varios años antes de su reclusión, ahí se puede detectar la enorme carisma que fue clave en el proceso de sinceridad de las reclusas; por eso no deja de sorprender el libro, que alguien se desnude en palabras ante los ojos del lector ya es de por sí complicado, y más tratándose de asesinatos perpetuados no hace mucho, pero Sylvia lo hace ver como un trabajo fácil.

 

Perteneciente a la colección Letras Rojas de Nitro-Press, Mujeres que matan es un libro que cuesta trabajo terminar: al llegar por primera vez a la última página el lector querrá regresar  la primera y comenzar desde cero; no hay exageración al afirmar que se trata de un libro inagotable y de una autora que escribe con el alma en la pluma.

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