Article

Pedos de biblioteca

Dicen por ahí que no hay cosa más placentera en la vida que tirarse un pedo. Es un alivio, acompañado de decoro, su ejecución, sobre todo cuando llegas a esa edad en la que tienes la capacidad cognitiva para reconocer los pedos de la caca. Aunque tampoco es garantía: a veces, salen gases premiados. 

Pero bien, de lo que se trata aquí es de hacer un repaso bibliotecario sobre las flatulencias que se suelen olfatear y escuchar en las bibliotecas, esos recintos que guardan orden, clasificación, conocimiento y sobre todo un silencio lapidario para cumplir con esa función de aprendizaje que alimenta las ideas y que sólo da la lectura. Pienso en lo complicado que debe ser tirarse un pedito sin ser descubierto y luego ser sancionado por el bibliotecario. Lo más desafiante es distraer al lector de su lúdica concentración. Los que estén libres de pedo, que tiren el primer pedo. 

Los libros no toman en cuenta al lector y la flatulencia sale sin la menor duda, sin escuchar a nadie, sin responder preguntas, sin hacer juicios. El clásico pedo silencioso es el más apestoso. Los de ésta clase son los que abundan en las bibliotecas. Es el más socorrido por la discreción que implica el recinto. Una buena medida de inclusión gaseosa en las bibliotecas sería colocar una señalización similar a la que indica a los usuarios que pongan en silencio el timbre de su teléfono, pero en este caso la consigna sería: sólo se permiten pedos silenciosos para evitar el agravio de los lectores. 

Surge una complejidad: ¿son permitidos o no los pedos en las bibliotecas? Aquí comparto algunos puntos a tratar con seriedad.

 

Usuari@s

En 200, en una universidad prestigiosa al poniente de la ciudad de México, sucedió lo siguiente. Ocurrió en esa época dorada,  donde las alumnas de prepa y universidad, a modo de reto o quizás de moda, usaban la tanga a media cintura, lo que provocaba una infinidad de miradas. Era una primavera calurosa y estaba atendiendo el servicio de consulta de la biblioteca; había una fila compuesta por ocho usuarias solicitando el servicio de préstamo a domicilio y, de súbito, percibimos un olor agrio, rancio, como si algo se hubiera echado a perder. La peste se mezclaba con el bonito aroma del perfume de las chicas formadas con libro en mano. Sin embargo, prevalecía el olor del  pedo y subía de tono pausadamente haciendo turbio el ambiente, lo que provoco que poco a poco se fueran alejando de la fila las usuarias sin decir una sola palabra. Al final, solo una, la más valiente, se llevó su libro en préstamo. Aprendimos esta lección bibliotecaria: el pedo no respeta clases sociales, ni género, ni mucho menos los préstamos a domicilio, las híper mamacitas con tangas también se pedorrean sabroso. ¡Ah jijo! Aún recuerdo el hedor. 

El del hijo de los padres trabajadores

Es una tradición que en las instituciones públicas, en las vacaciones de verano, los padres lleven a sus hijos a las oficinas a modo de guardería o curso de verano. Lo siguiente aconteció en un Centro de Investigación: llevaron a  un nene de 20 años, aproximadamente, un usuario bien desarrollado, de casi dos metros de estatura y 110 kilogramos. Habitualmente llegaba a las computadoras, se ponía los audífonos para ver videos recreativos. En una ocasión, mientras exploraba el Youtube, se desató un concierto variado que combinaba eructos y pedos muy tronados de alto metano que hacía huir a los investigadores más duchos de sus tareas. La gente abandonaba la biblioteca digital ante la pestilencia y dejó de usarse. Desde ese momento, el tacle de dos metros solía quedarse ahí, solitario, soñando a pierna suelta que él mismo era el Rey del Pedo/Eructo de la era digital. La lección de biblioteca que aprendimos: A los pedorros o pedorras, no los multes ni les apliques el reglamento, dado que para los tiempos actuales, es muy probable que te señalen por discriminación y de estar limitando el acceso a la información científica. 

 

El de los estantes

Los pedos que aquí ocurren, son elementales y recurrentes. Se presentan en cualquier biblioteca, ya sea pública, universitaria o especializada. Y digamos que esto es un pedo genérico (siempre los hay) que no discrimina, ni se limita. Puede estar el bibliotecario acomodando libros y, al mismo tiempo, en medio de la concentración de registro, intercalar el libro acomodado y expulsar ese particular sonido de las flatulencias. Los usuarios suelen voltear, aunque nadie dice nada. No falla, como establecimos antes, el pedo silencioso que pica hasta los ojos. Esto ocurre cuando pasas por los estantes buscando el conocimiento y la verdad y te internas en una capa de olores enrarecidos que se van filtrando hasta en los libros. La pestilencia desaparece poco a poco dejando a su paso el olor rancio de un huevo podrido mientras los usuarios más escurridizos corren por sus vidas. La lección bibliotecaria es simple: ningún usuario se salva de las flatulencias cuando ocurren en una biblioteca de estantería abierta. Oh, qué alegría ser tú el bibliotecario que se los echa.

 

Pedo al jefe

Una vez tuve un jefe en una biblioteca universitaria de ésos que abundan: pendejos y con mucha iniciativa. Nos visitaba regularmente al Módulo de Servicios con cualquier pretexto. Teníamos un compartimiento común en el piso donde guardábamos información y teníamos un pensamiento en común: era un inepto total. Una tarde lluviosa, con pocos usuarios, después de tomar mis alimentos y al incorporarme a mis labores, dejé escapar un pedito vespertino, uno de los que perduran y que, si no se tiene precaución, es altamente inflamable, dado que ha reposado unas horas y viene de una digestión balanceada (esa tarde había comido alubias). Justo cuando la flatulencia experimentaba su plenitud expansiva y su peor olor añejado, entró el susodicho y se inclinó por unos documentos cerca de mí. Se lo fumo todito. El tipo era de esos güeros de rancho y se puso como jitomate con el pinche hornazo que salió de mi ser. Me dije, entonces, para mis adentros y sin voltear a verlo: te mereces uno por cada compañero de trabajo. La lección bibliotecaria es: nunca menosprecies los pedos de tus subordinados, sean cuales sean, de olor o de sabor o de expansión. Sé prudente y lo agradecerán sin rafaguearte. ¡Viva el pedo y el olor de los libros en las bibliotecas!

Article

The Man Who Killed Don Quixote

Está lista, por fin, después de casi dos décadas, The Man Who Killed Don Quixote, la película de infinita producción de Terry Gilliam. Muertes, inundaciones, contratos, dinero, la gran maldición de Gilliam, todo esto impidió durante un lutro que se concretara el proyecto. Sin embargo, la cinta está lista y tiene las actuaciones de Jonathan Pryce (el High Sparrow que odiamos en Game of Thrones) y Adam Drive (el berrinchudo Kylo Ren de la nueva saga de Star Wars) como Don Quijote y Toby Grisoni (un Sancho flaco y moderno) respectivamente. Ahora, el último obstáculo de la maldición es una demanda por la que atraviesa el director sobre los derechos de este filme de lento cocimiento. El productor portugués Paulo Branco asegura ser el propietario legal de este filme, por lo que, si el próximo 15 de junio (en Francia), se declina en favor del lusitano, es posible que la cinta no salga a la luz. ¿Cuál será el final? ¿Será Branco el hombre que haya matado el nuevo proyecto de Don Gilliam? Mientras tanto, aquí el trailer:

 

Article

Escritura y prisión: Mujeres que matan

Seis de la mañana es la hora en la que se pasa lista. […] Dos pesos cuesta recibir una llamada telefónica. Quince días barres la cancha si no sales a la lista. Quince días barres el comedor si le faltas el respeto a la custodia. Treinta días en el área de segregados si te peleas con alguien. Doce celdas hay en la planta alta. A las seis se reparte el desayuno. A las once la comida y a las cuatro la cena.  […] Dos meses permanece en castigo a quien se le sorprende con droga o celular. Ochos años es la condena a quien comete homicidio. Dos pesos cuesta un cigarro suelto. […] Ocho lavaderos y un boiler abastecen aproximadamente a 140 mujeres. Diez regaderas, cinco en cada planta. Seis camas en cada celda. Se permite un refrigerador y un cooler por cada celda. Quince pesos cuesta bailar cuando se organiza uno. Seis y doce horas duran es el tiempo que duran las conyugales. Quince minutos dura la visita de corto tiempo.

Fragmento del texto “Numeralia”, pp. 37.

 

 

Las cárceles han existido prácticamente desde el comienzo de la vida civilizada. En la antigüedad, el cómo se debía castigar al que cometiera un crimen fue una interrogante a la que le dedicaron tiempo de reflexión filósofos como Platón, Heráclito, Sócrates, Protágoras y demás.

Pese a tantos siglos de historia, lo que actualmente conocemos como sistema de justicia penal nace en el siglo XVIII con el fin del feudalismo y entró en un constante proceso de cambio hasta mediados del siglo XX. La idea de cómo debe funcionar un reclusorio ha sido más o menos constante: rehabilitar al que cometa un delito aislándolo de la sociedad para inducirlo a un proceso de meditación –casi siempre ligado a una religión, películas como Sueño de fuga o La naranja mecánica lo demuestran- que lo reforme para su posterior reintegración a la sociedad. La idea suena convincente, como mucho de lo que se plasma en papel, desafortunadamente, en la realidad se interponen factores como corrupción, autoritarismo, impunidad, mafias internas y en general un ambiente putrefacto, que más que una reformación proporciona la maleabilidad del sujeto. 

Al pensar en un reclusorio -o toparse con uno en diferentes medios- lo más común es imaginar un lugar de paredes grises y aspecto mortecino con cientos y cientos de hombres habitando las rejas. Resultará extraño para muchos imaginar un cerezo femenil, tal vez se daba a los matices machistas todavía impregnados en nuestra sociedad, los mismos que nos hacen sentirnos los únicos seres del mundo; pero no es así, también existen los reclusorios femeninos y están igual de saturados, ahí se hallan mujeres criminales y Mujeres que matan.

Sylvia Arvizu es la encargada de transmitirnos las voces que pueblan este libro de crónicas elaboradas con narraciones abrumadoras: imágenes reflexivas o contundentes, según lo necesite la historia. El volumen se encuentra dividido en tres segmentos: “Prófuga”, “Breve Azul” y “Mujeres que matan”, cada parte en un fragmento poderoso que hace de la obra un todo. El primer apartado es la presentación de la autora ante el lector y a su vez un ejercicio de autorreflexión entorno a ella y sus años venideros; elaborada magistralmente, la primera crónica, “Prófuga”, narra los meses de su corta vida como evasora de la ley por el crimen que no conocemos de una persona –la misma autora- de la que sólo sabemos está embarazada, la fuerza narrativa que hay en cada párrafo es tal que basta con eso para sentirnos cercanos a ella; cada página no se agota y más bien se reinventa en una segunda lectura. Hay garantía de llanto, de sentir una fuerza opresora en el vientre al pasar las hojas, y también de profundo reconocimiento hacía Arvizu, quien no busca tergiversar las cosas para adornarlas, todo lo contrario: emplea el lenguaje como un arma contra el olvido de las historias que transitan frente a nosotros. Cada texto deja una sensación de vacío e injusticia; nada parece inverosímil, cada escena nos aproxima a una realidad probablemente ajena hasta antes de la lectura, el tabaco -se aprende con el libro- es fundamental para sobrellevar los días de cautiverio.

Las descripciones de sus compañeras y el ambiente en el penal llegan en el segundo apartado: “Breve azul”, publicado de forma independiente en 2008 (Ediciones La Cábula) y retomado para esta edición. Las reflexionas predominan aquí y su lectura en un sentido profundo induce a la interrogante de si realmente es la cárcel un reformatorio efectivo o si por el contrario se trata de un sistema errado. La respuesta parece contundente, y también entristecedora. Las abstracciones sobre lo que dejan afuera son una constante en las anécdotas de las reclusas, pero también lo es la efímera felicidad y la sensación de que ahí también se puede encontrar un hogar. El libro fue publicado en 2013 en paquete -e individualmente- con Matar, de Carlos Sánchez (aquí una reseña), la estructura de éste es semejante pero con historias de hombres. Hay una marcada diferencia entre la actitud que denotan las mujeres en comparación con los varones: la empatía, la solidaridad que construyeron dentro del cerezo para hacer del lugar un poco más confortable, o al menos tolerable. Por irónico que suene, en los textos de los crímenes y asesinatos perpetuados, no se encuentran a personas buenas o malas, solamente humanas. Leer, entender cómo llega alguien a prisión sin caer en juicios de valor es el mayor mérito del libro.

En “Mujeres que matan” –la sección inédita del libro- los texto se enfocan en eso: describir los asesinatos de sus compañeras, vecinas de celda que con refresco en mano vieron privadas sus libertades, o que encontraron en el fuego la oportunidad de acabar con la huella de un cadáver fresco. En las cinco crónicas que dan forma al apartado se demuestra una ardua labor periodística ya antes ejercitada gracias a la conducción del programa radiofónico que condujo varios años antes de su reclusión, ahí se puede detectar la enorme carisma que fue clave en el proceso de sinceridad de las reclusas; por eso no deja de sorprender el libro, que alguien se desnude en palabras ante los ojos del lector ya es de por sí complicado, y más tratándose de asesinatos perpetuados no hace mucho, pero Sylvia lo hace ver como un trabajo fácil.

 

Perteneciente a la colección Letras Rojas de Nitro-Press, Mujeres que matan es un libro que cuesta trabajo terminar: al llegar por primera vez a la última página el lector querrá regresar  la primera y comenzar desde cero; no hay exageración al afirmar que se trata de un libro inagotable y de una autora que escribe con el alma en la pluma.

Scroll Up