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Señor Bigotes

A Óscar David López

 

Como muchas mujeres pasadas de peso, Doris Camarena lo había intentado todo para adelgazar sin obtener resultados. Incluso se había sometido a dos intervenciones menores, la primera para colocarse una malla supralingual que sólo le permitiría ingerir líquidos y la segunda para hacer que la retiraran porque, efectivamente, no la dejaba comer. 

Probó con la dieta del licuado de pepino, con la de la alcachofa horneada, la del jugo de sandía, la de la infusión de jengibre, la del atún, la de la piña, la del huevo cocido, la de la manzana verde, la de la savia, la de la sábila, la de la manzanilla, la del apio, la de la chía, la de la alfalfa, la del té verde, la del abedul, la de los brócolis, la de la hierbabuena, la de la menta, la de la lechuga, la del agua de avena, la de la linaza, la del caldo de repollo, la del repollo crudo, la diurética, la que estimulaba el tránsito gastrointestinal y la de los dos traguitos de vinagre antes de cada comida. Esta última, particularmente, le había sentado fatal, porque con todas las comidas que hacía en el día antes de la cena ya se había tomado litro y medio de vinagre. Le había sentado peor que la del ajo, que ya es mucho decir, porque aunque supuestamente es excelente para desintoxicar el organismo, a ella le había hinchado la barriga con las más olorosas flatulencias.

Aquella mañana en que Doris Camarena iniciaba su affaire con la Dieta Monocromática, abrió la ventana y dijo qué mañana más radiante mientras respiraba hondo una brisa fresca que le onduló la bata, ruborizándole la papada y haciéndola lanzar una risilla pícara, porque Doris Camarena era cursi y sólo sabía expresarse así, con las frases hechas y los recursos del estereotipo que leía en revistas del corazón y noveletas rosas, que como es bien sabido, erigen su escritura en frases vacuas. Pero como ya apuntó un clásico francés con la sagacidad propia de los franceses: no se leen necedades impunemente, así que cuando Doris Camarena lograba construir una expresión suya, la repetía hasta convertirla en un cliché. Lo mismo que con cualquier acto espontáneo, por nimio que fuera, Doris Camarena sabría integrarlo a su pedante repertorio de gestos ostentosos. 

Cuando a Doris Camarena le recomendaron la Dieta Monocromática, supo que sería la dieta perfecta, porque pocas veces una dieta se molesta en incluir el elemento estético, así que la indicación de organizar los platos como si fueran arreglos decorativos, más que incentivarla, le pareció una verdadera señal. Decidió comenzar con el rojo, porque como ya se dijo, era cursi y, como todas las gordas, también un poco dada al drama. Entonces, todos los alimentos que consumiera debían formar parte de una paleta de color que iría del rosa viejo al borgoña suave. Con sólo pensarlo su apetito se estimuló y un grueso hilo de saliva con regusto a pollo empanizado le humedeció el mentón antes de caer en su descomunal busto, junto a dos migas de algo que se confundía entre waffle y galleta. 

Galleta, en definitiva, pensó Doris Camarena luego de pasarse grácilmente los dedos del escote a la boca y secarse la barbilla con tres golpecitos de una borla cubierta con talco perfumado. El polvo proporcionó una capa sedosa, delicada y aromática a los pliegues de piel que separaban su rostro de los hombros, ahí donde otras personas tendrían lo que se conoce como cuello. Doris Camarena se sintió sensual y hambrienta, bostezando, calzó sus piececitos rechonchos en dos babuchas de tul que la elevaron brevemente algunos centímetros del suelo, antes de que el exiguo tacón, vencido por el peso, se desplomara haciendo pasar las babuchas de diseñador por vulgares pantuflas. Pero Doris Camarena no lo notó, y si lo notó, no pareció importarle mientras se desplazaba hacia la cocina con la cadencia concerniente al tamaño de sus muslos y caderas.

 Doris Camarena terminó de verter la jamaica con betabel en sus mejores copas, agregó un toquecillo de agua gasificada y un acento de sirope, ingredientes que por su transparencia se permitía incluir con un contento singular, y contempló un momento el primor de coquetería con que había puesto la mesa. Porque una cosa era hacer dieta y matarse de hambre y otra muy distinta hacerlo sin tener siquiera una satisfacción: cisnes de bolonia con salchichas, flores de queso de puerco y pimentón, pirámides de jamón bañadas de cerezas en almíbar, manzanas caramelizadas, lonchas de lechón en gelatina, pepperonis rebozados con tomate frito. Todo en porciones industriales porque donde decía un vaso, Doris Camarena bebía un galón. Donde decía una pieza, el querubín se zampaba un kilo. Donde un tazón, desaparecía la cara metiéndola en una bandeja.

Doris Camarena se anudó un mantel mediano a modo de servilleta con un moño en el nacimiento de la nuca. Imaginar el nudo de tela como un perifollo entre sus bucles dorados la llenó de complacencia y procedió a hundir los cubiertos directamente en las charolas. Apenas había probado bocado de un embutido tan blando y pulposo que recordaba a sus propias pantorrillas cuando sonó el timbre. A Doris Camarena le invadía un regocijo inenarrable cuando escuchaba el trino, el gorgorito y los aleteos de ruiseñor con que había hecho personalizar el llamado de su puerta, pero muchas veces podían ser inoportunos, sobre todo cuando se aposentaba en el comedor y cuando, como en esa ocasión, insistían con tanta vehemencia.  

Doris Camarena puso un ojo en la mirilla y un pepperoni rebozado en su boca. Era el mensajero del taxidermista. Visiblemente emocionada, deslizó el mantel de su pecho y abrió la puerta dando aplausos con la punta de los dedos. El movimiento, que presionaba sus senos y los desbordaba hasta la desmesura para presionarlos otra vez, era sugerente por la enorme voluptuosidad de Doris Camarena en bata, y mantuvo en coma al repartidor hasta que cesaron los aplausos y las masas insufladas bajaron a un palmo de su ombligo, donde de acuerdo con lo ocurrido tras su bragueta, el repartidor intuyó el tamaño de la areola de aquellos dos pezones gruesos que amenazaban con reventar los encajes que contenían las carnes de Doris Camarena.

Doris arrebató el paquete al repartidor. Éste pareció despertar de alguna clase de hechizo y, sudoroso, entregó la nota. Doris Camarena tomó el bolígrafo y estampó su firma en el papel, un arabesco extravagante que remataba las íes con corazoncitos. El repartidor tembló. Doris Camarena cerró sin darle propina y se arrojó en el diván para admirar a Mirriñús, un persa aperlado de tres años, el séptimo gato que disecaba con la empresa que empleaba al repartidor. Colocó a Mirriñús en un cojín de damasco conmocionada hasta el sollozo por la excelente calidad del trabajo de liofilización hecho con los ojos del gato. Le habían dejado la plaquita y habían tenido la delicadeza de ponerle otro cascabel. Y el pelaje, tan lustroso, idéntico a como era cuando Mirriñús le alegraba los días compartiendo con ella el tocino y la soledad.

Doris Camarena pasó su mano por la pancita del gato y se conmovió. Mirriñús pesaba ocho kilos pero era un gato frágil en comparación con Señor Bigotes, que al momento de su visita al taxidermista estaba impedido para maullar y moverse a causa de sus diecisiete kilos. Señor Bigotes había muerto de una complicación diabética, lo que frustró mucho a Doris Camarena porque siempre pensó que Señor Bigotes se iría como los grandes: comiendo. El suspiro con que Doris Camarena puso a Mirriñús en la vitrina fue semejante a un bufido que la desinflaba. Posó ambas manos candorosamente sobre el cristal y pretendió que se abandonaba un instante a la desolación. Pero Doris Camarena no era ese tipo de mujer, ella se recomponía de inmediato y nunca se dejaba abatir por los sinsabores de la realidad. 

Uno por uno, sacó a los gatos del aparador y fue sentándolos alrededor de la mesa con Señor Bigotes a la cabecera. Después, en el sentido de las agujas del reloj, les puso baberitos con curiosos ratones bordados en punto de cruz. Sololoy, Chimichurri, Macarrón, Budulbudur, Fígaro, Sushi, Zig-Zag, Quesito, Burbuja, Whisky, Finlandia, Cornflake, Malvavisco, Brandy, Duvalín, Nutella, Tropical y por supuesto, Mirriñús. A Whisky y a Brandy les sirvió piernas de pollo a la papikra; a Chimichurri, pavo al chipotle; a Quesito, Duvalín y Nutella, chorizo español; a Tropical, pastel de frutillas; Burbuja y Finlandia preferían las empanaditas de churrasco; a Sololoy le puso doble ración de tallarines marinara; Cornflake, Budulbudur y Macarrón se veían di-vi-nos con sendos filetes de salmón; a Fígaro le acercó un cisne de bolonia;  a Zigzag y a Sushi, lomo de lechón; y a Mirriñus y Señor Bigotes les repartió cinco flores de queso de puerco equitativamente. 

Al terminar de servir, en estricto orden regresivo, Doris Camarena fue dando cuenta de cada platillo. Una, dos, tres, cuatro, cinco flores de queso de puerco y un sostenido gemido de placer. Lomo de lechón, cisne de bolonia, filete de salmón. Eructo. Risilla. Jarra de jamaica. Se empujó los tallarines marinara con las empanadas de churrasco y el pastel de frutillas fue un paraíso de dulzura en medio del festín salado. Devoró los chorizos, el pavo y los pollos enteros hasta arrasar con la mesa en medio de chumps y ñams. Agotada y somnolienta, se derrumbó en el diván con tal impacto que hizo cimbrar la casa, ensuciando a Sololoy con restos de salsa y mantequilla. Lucía tan apetitoso que Doris Camarena de buena gana se lo habría comido, pero al intentarlo, no se pudo incorporar.

Roncó sin dar tregua a sus cornetes nasales aproximadamente tres cuartos de hora durante los cuales tuvo un vívido sueño en el que aparecía Señor Bigotes, donde ambos ronroneaban, soltaban gases que daba gusto –alternado uno del apretado culito en forma de estrella del gato y, otro, del agujero negro capaz de absorber la galaxia de Doris Camarena– y compartían recetas desparramados sobre un algodón de azúcar al que daban mordiscos de vez en vez, pero de pronto, Señor Bigotes abría unas fauces gigantescas llenas de dientes y se la tragaba. Doris Camarena despertó con hambre y un poco agitada. Regresó los gatitos a la estantería y tomó el pedazo de jamón enlatado más jugoso de la alacena, desmenuzó la mitad y la llevó a la ventana en el platito de Mirriñús. Ahora sólo debía esperar. Comer su medio jamón de lata y esperar. Pronto tendría otro compañero de atracones a quien prodigar mimos y a quien amar. Porque Doris Camarena tenía pocas certezas en la vida, pero ahí, con su redonda faz pegajosa y colorada, con rastros de esas viandas rojas cuyo recuerdo iluminaba sus pupilas y le provocaba borborigmos, se resumían en dos: la Dieta Monocromática había llegado a su existencia para quedarse y siempre, siempre tendría lugar para otro gatito en su vitrina.

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Generación Pynchon

La imagen anterior es una de mis favoritas. Es una fotografía de 1965 que capturó la mano izquierda de Thomas Pynchon. El hombre, oculto detrás de la puerta decorada con una flor de papel, hace el saludo oficial de los hippies (¿amor y paz?): mayor e índice se alejan, uno del otro, para dibujar una “V”. Aparecen en la imagen su amiga, la maestra Phyllis Gebauer y la piñata en forma de cerdo que cariñosamente llamaron Claude. Gebauer y su esposo Fred serán dos de los pocos amigos que mantendrá a lo largo de estos cincuenta años. Es posible hallar imágenes de la dedicatoria que hizo para ellos en Arco iris de gravedad: un cerdito sonriente (el mismo Claude) que expresa con una voluta de diálogo la palabra “Love”. Esta dedicatoria se repetirá a lo largo de todos los libros que pertenecen al matrimonio que ha tenido la fortuna de sostener una relación con el fóbico social. El escritor norteamericano se ha ocultado desde entonces detrás de un velo que han puesto sus editores y que ha funcionado espléndidamente para desarrollar un branding que se ocupa de alimentar el enigma que rodea la literatura de este interesante autor elusivo. Pero es necesario aclarar que esta estrategia no está por encima de su calidad narrativa. Es decir, si le encantaran los selfies, aparecer en foros o congresos, conceder entrevistas, ser un foco de atención mediática, sus libros seguirían siendo igual de buenos. La fobia social que padece es tan real, como la que padeció J.D. Salinger o Cormac McCarthy.

En 2009, Pynchon confundió a sus lectores, quienes, habituados a una extensa y compleja narrativa, fueron sorprendidos por una obra de apenas cuatrocientas páginas, un número reducido en comparación con los carpetazos que conforman su repertorio literario. Se trata de Inherent Vice, un alucinante viaje a la ciudad de Los Ángeles de finales de los años sesenta. Una enredosa historia policiaca que tiene como protagonista a un fumado detective privado que se mezcla en los lugares más oscuros y los personajes más peligrosos de esta metrópoli californiana en busca del amante secuestrado de su exnovia. Los grados de complejidad tampoco son altos, por el contrario –esto también es desconcertante para los acostumbrados a la densidad pynchoniana– la novela es muy digerible. La historia fue llevada al cine por Paul Thomas Anderson (Magnolia y The Master). Cuatro años después, en 2013, se publicó Bleeding Edge, un nuevo espectro narrativo que incluye la historia que antecede al desastre de las Torres Gemelas. Interesada no por la catástrofe, ni los intereses geopolíticos, esta nueva pieza tiene como escenario a Silicon Valley, órgano compuesto por varias empresas vinculadas a Internet y que tienen dos estadios importantes en la historia de ese país: el colapso de la burbuja punto com y el impacto cultural de ese momento trágico, el sangriento desenlace de estas estructuras económicas derivado del 11 de septiembre. Todo esto en poco menos de 500 páginas.

Por esos días, era yo un poco más paranoico que de costumbre e imaginaba que algo había cambiado en la escritura de Pynchon y quería saber por qué. Menos páginas, historias más digeribles. ¿Sería que ya estaba cansado o simplemente se había enfadado de escribir textos tan complejos como Gravity’s Rainbow? ¿Tendría algo que ver la muerte de Salinger por esos años? Le di mil vueltas al asunto y hablé con varios amigos pynchonianos. Estaba perdido. Pasaba horas leyendo archivos y artículos sobre el autor. La conclusión más que adelantada fue descabellada: Thomas Pynchon en realidad era un colectivo de autores. Ésa era mi apuesta. Así que abrí un expediente e inicié una investigación. En esta sección iré publicando los resultados de mis pesquisas por entregas. Empecemos.

 

Fotograma del capítulo 15×10: “Diatribe of a Mad Housewife”

 

Lo primero que descubrí fue abrumador porque echó abajo mi teoría del autor de varias manos. Thomas Pynchon no ha sido el único Thomas Pynchon de su familia. Nuestro autor es el Thomas Ruggles Pynchon Tercero. Antes que él, está su padre, 1) Thomas Pynchon Sr. (que estuvo casado con Katherine Frances Bennett, madre de nuestro Tom), que tuvo como padre a 2) William H. Pynchon, hijo de 3) William I. Pynchon, hijo de 4) William Henry Ruggles Pynchon (hermano de Thomas Ruggles Pynchon, el primero de los Thomas Ruggles Pynchon) y que a su vez es hijo de Thomas Pynchon (que tuvo como esposa a Mary Tomilson), quien es hijo de Joseph Pynchon (quien estuvo casado con Sarah Ruggles) y, aquí se pone lo interesante, fue hijo de Katherine Brewer y, ni más ni menos que, del colonizador William Pynchon, fundador de -¡ay! Springfield, el Springfield de Massachusetts. Aquí, arranca una nueva beta de investigación. ¿Será posible que esto sea un guiño de Matt Groening para darnos una pista del elusivo (como el mismo Pynchon) punto geográfico de la mítica ciudad amarilla? El mismo Thomas Pynchon ha colaborado en al menos un par de capítulos de Los Simpsons donde ha prestado su voz.

Fotograma de los créditos del capítulo 15×10: “Diatribe of a Mad Housewife”

 

William Pynchon era un personaje singular. Nació en Springfield, Essex, Inglaterra, en 1590. Llegó a América en 1630 aproximadamente y se estableció en Roxbury, Massachusetts. Era un recalcitrante opositor del calvinismo en cuanto al tema de la expiación y publicó el libro The Meritorious Price of our Redemption (1650), que fue clasificado como una herejía por su contenido y tiene la “condecoración” de ser el primer libro censurado en nuestro continente. El texto rechazaba la noción del pecado y el exceso de castigos y predicaba la bondad y la obediencia (incluso, llegó a decir que Cristo no había redimido a la humanidad con su crucifixión). Fue autor también de A Further Discussion of… the Sufferings of Christ (1653); The Jewes Synagogue (1652); How the First Sabbath was Ordained (1654 y The Covenant of Nature Made with Adam (1662). Murió en Wraysbury, Buckingshamshire, el 29 de octubre de 1662.

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Vida urbana y sublimación

En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels mencionan que: “Todo lo establecido se va desvaneciendo; todo lo sacro es profanado, y los hombres se ven finalmente obligados a contemplar sus condiciones de vida y sus relaciones recíprocas en toda su desnudez”. Este párrafo fue popularizado por Marshall Berman, hace 35 años, en su libro Todo lo sólido se desvanece en el aire (1982). Una anotación al margen: Berman le adjudicó el párrafo sólo a Marx y cambió la primera frase por el título de su libro, pero fuera de ese pequeño detalle estético (pues existen distintas versiones, según la traducción), la frase de Berman, nos ubica en uno de los fenómenos negados en la actualidad: la sublimación y sus olores. Pues si algo ha marcado el diseño y construcción de las ciudades modernas fue el movimiento higienista. El cual contemplaba la participación de un sinnúmero de médicos y de políticas en busca de la higiene de París, usando como analogía el cuerpo humano. Al abrir las ciudades y permitiendo la circulación de los vientos se podía combatir la insalubridad, donde el símbolo altamente significante de insalubridad era (y es) el mal olor.

Pero entonces ¿qué tiene que ver el título de Berman con el movimiento higienista y los olores de las ciudades? Realmente poco de manera directa, pero es útil como analogía sobre la vida moderna y la sublimación estomacal. Si no, pensemos en la relación entre la forma de vida urbana y los gases estomacales, producto del estrés que ocasiona la ciudad. Usemos de ejemplo uno de los tantos actores de la gran escenografía urbana: el sujeto del rendimiento. Ese sujeto del rendimiento, del que nos habla Byung-Chul Han, que se autoexplota y que genera sus propias represiones a partir de sus metas laborales que articulan toda su vida. Su inconsciente se estructura ya no desde un signo paterno, sino desde su narcisismo. Ese sujeto del rendimiento sigue el juego del exceso de positividad de la sociedad contemporánea, lo que le acarrea distintos malestares, tanto psicológicos, como somatizaciones de los mismos: verbigratia, el colón irritado.

Por eso, no resulta extraño el bombardeo de publicidad sobre medicamentos para combatir el malestar estomacal que nos llega a diario. Si nos pusiéramos las gafas alienígenas de They live (1988), veríamos el mensaje muy claro: “¡Hey tú! ¡Sujeto del rendimiento! toma nuestras pastillas y deja de hablar como poseído cuando se te va la voz con un eructo, así como también dejarás de disimular los pedos mientras caminas con la muchedumbre o en los pasillos de la oficina”. Aquí, es posible ubicar uno de los principales síntomas de las ciudades modernas: la negación de los malos olores. Mas, si son corporales y van en contra del triunfo de la razón, vía la artificialización de las ciudades modernas, en las cuales, lo humano se aleja cada vez más del hombre. Esos medicamentos tienen, en una escala micro, el mismo efecto que al abrir grandes espacios en la ciudad para la circulación del viento. De ahí que una de las formas (en el sentido de Wittgestein) de la vida urbana moderna se podría resumir así: trabajo-comida-malestar-pedos o lo que es lo mismo: todo lo sólido se desvanece en el aire.

Así que, respecto a lo anterior, siguiendo con nuestro juego analógico, podríamos parafrasear lo dicho por Marx del siguiente modo: Todo lo comido, por más nutritivo que sea, se va desvaneciendo; todo lo higiénico se profana, y los sujetos del rendimiento se ven obligados a contemplar sus formas de vida y sus relaciones recíprocas en todo el mal olor de sus propios gases. De ahí que es un acierto de Berman el referir la experiencia de la vida moderna a lo gaseoso. Pues en la sociedad del rendimiento, lo que realmente va en aumento, son los pedos producto de los colón irritados de sus sujetos.

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Algunos libros sobre pedos

Tirarse pedos es un arte, y por lo tanto, algo útil a la vida,
tal como señalaron Luciano, Hermógenes, Quintiliano y tantos otros
Pierre-Thomas-Nicholas Hurtaut, 1751

Para empezar con la verdad por delante, pensé que sería más fácil hacer una lista de libros sobre pedos. Uno pensaría que es un tema de interés general, ampliamente conocido y tratado extensamente por cualquier género de la literatura, incluida la biografía, libros que tienen como punto de partida un pedo transcendental que cambió por completo el rumbo de la historia (más adelante les daremos un ejemplo). Pero no.  El arte de tirarse pedos. Ensayo físico-teórico y metódico de 1751, del historiador francés Pierre-Thomas-Nicholas Hurtaut, publicado ahora por la Editorial Pepitas de Calabaza,  tendría que ser my only way out para salir de ésta. Este libro escrito a modo tratado, dedicado a estudiar el fenómeno de los pedos con rigor artístico e intelectual, tal como indica Antón Ventolin,  encargado del prólogo de este tratado tan particular, es un libro dedicado enteramente a los pedos.  No sólo es un análisis teórico y analítico sobre los pedos, sino que además de la teoría, nos ofrece datos curiosos sobre el tema, e incluso consejos prácticos. Esta edición moderna del tratado de Pierre-Thomas es además ilustrada.  El ilustrador José María Lema consigue que los pedos de esta edición no solo se lean sino que se vean. Y sus pedos, son hermosos. Compruébenlo ustedes mismos. No está de más añadir que Pierre-Thomas- Nicholas  Hurtaut era miembro de uno de los salones literarios más célebres del siglo XVIII. Y parisino. ¿De dónde si no?

Lo que no deja de sorprender es que este interés intelectual por los pedos y por los misterios del cuerpo humano en general, parece ya antiguo, pasado de moda casi podríamos afirmar. Este tratado recuperado es un claro recordatorio de que desde mucho antes de la Revolución Francesa, ya se interesaban los escritores e intelectuales por las ventosidades. Desde el Emperador Tiberio Claudio, sobrino de Calígula, pasando por Chaucer, Quevedo, Rabelais o Benjamin Franklin, muchas personalidades relevantes de los libros de literatura e historia han hablado de pedos en sus obras escritas. Pero, ¿por qué es más fácil encontrar obras alrededor de los pedos fechadas en un año que empieza con un uno que con un dos? Parece que con la llegada del segundo milenio y su amenaza de desastre mundial informático, regresó el pudor, el rechazo por lo natural, y haría falta que algún intrépido, quizás salido de las páginas de esta revista que tienen en las manos, se de a la tarea de crear El arte de tirarse pedos 2049.

Para que no corran a googlear “libros sobre pedos” para comprobar la veracidad de mis palabras, ya que es lo primero que hice al entrar en pánico pensando en el lío en el que me había metido aceptando escribir este texto, les diré que mi afirmación anterior no es enteramente cierta. Actualmente si hay libros sobre pedos. Y sobre mocos, y  caca y pis, y demás cosas etiquetadas hoy día como “asquerosas” (no duden de que haya alguno sobre el vómito a punto de entrar a imprenta en lo que escribo estas líneas). Pero son libros infantiles. Sí, libros para niños y niñas. Parece que los pedos hay pasado de tener interés científico y médico, a ser una simple diversión infantil, si acaso un acto de rebeldía de algún papá moderno.

Otro gran clásico sobre el mundo de los pedos, aunque con un título más finamente traducido, El beneficio de las ventosidades, es aún más antiguo que el tratado de Pierre-Thomas.  En 1722 Jonathan Swift, el autor de Los viajes de Gulliver, se aventó, y nunca mejor dicho, un round con el mundo de las flatulencias con esta obra. En forma también de tratado científico, riguroso y exhaustivo – incluye una taxonomía del pedo a cargo de Charles James Fox además de una lista de otros ilustres escritores del pedo- , es además divertidísimo. Y vigente.  Una cosa si es segura, el humor, como reírse de los pedos, nunca pasa de moda.

Pero para no caer en el terrible drama existencial del “cualquier tiempo pasado fue mejor” y “ya a nadie le importan los pedos”, añado a esta pequeña lista un libro que pese a ser publicado en 2008,  es difícil de encontrar ya que solamente se imprimieron quinientos ejemplares: La paz volátil. Conferencia sobre el pedo, de Enrique Cantos. El autor, un inspector de policía retirado, decidió, muy probablemente inspirado por los tratados pedorros de Swift y Hurtaut, escribir un libro para “redimir a esa criatura siempre prohibida y mal vista que es el pedo”.

Si comparamos los tratados de Pierre-Nicholas y Swift con unos deliciosos y embriagadores vinos añejos, el libro del ex policía experto en pedos tampoco sería ese vino joven y fresco y tan rico al paladar,  ya que pronto se cumplirán diez años de su publicación. Así que todavía nos falta añadirle un toque de actualidad a nuestra lista de bebidas, digo, de lecturas.

Es por esto que quise incluir aquí Un libro para ellas, de la humorista británica Bridget Christie. Pese a no ser un tratado sobre pedos, tiene a un pedo como protagonista. Un pedo que fue el catalizador en la carrera de la autora,  un pedo que la convirtió en feminista e hizo que escribiera este libro en dónde habla de cómo es ser mujer en el mundo del humor y de mujeres relevantes como las hermanas Brontë, Mary Wollstonecraft o Virginia Wolf, que sin lugar a dudas también se tiraban pedos. El libro de Christie y el pedo que lo denotó son una reivindicación de cómo el humor puede convertirse en un arma política para denunciar injusticias y despertar consciencias: una “arma social”, como señalaba  Hurtaud en su tratado.

Mi conclusión, ya no se valoran los “poetas de los vientos” como antaño. Pero estén atentos porque en cualquier momento se puede revertir el fenómeno puritano de esconder nuestras flatulencias puertas adentro, y los pedos volverán a resonar con fuerza en las páginas de los libros. Como dice el autor de esta pequeña joya que es El arte de tirarse pedos. Ensayo físico-teórico y metódico de 1751,  “es en el mundo social donde el pedo puede tener sus mejores desarrollos. El pedo es un arte de afirmación existencial solo al alcance de aquellos que han conquistado su libertad más allá de los prejuicios sociales”.

Y hoy en día tenemos muchos prejuicios. Y cada vez menos libertades. Así que no se los guarden, desháganse de sus pedos.

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Colección de gases

Tenía como siete años cuando descubrí que todos nos “echamos” pedos, incluso algunos animales; me lo explicó mi abuela después de ver mi cara de sorpresa al escucharle uno bien tronado. Se los juro, antes de eso yo creía que sólo algunas personas, en ciertos momentos de su vida, sentíamos la necesidad de tirar gas por el culo. Será que yo no era muy pedorra, digo, las deyecciones no son algo que trasciendan en nuestra memoria[1], o quizá no era común para mí observar a otras personas peyéndose. Claro, ahí entendí que la mayor parte de la gente se oculta para pedorrearse. Ahora sé que los pedos, como la caca y la muerte están presentes en la historia del primer humano, y estarán en la del último. Que aunque se oculte o no se hable de ello, son parte de todos nosotros.

Me gusta hablar de aquellos temas que poco se tocan, será por eso que la idea de colaborar con un escrito sobre flatulencias me pareció bastante atractivo; luego, mientras me preguntaba qué pedo sobre el artículo de los pedos, me fue recomendado el libro Una vieja historia de la mierda, obra que conjuga una investigación histórica y arte para hablar, enmarcada en una reflexión histórica, las referencias a la mierda en Mesoamérica; una jugosa investigación de Alfredo López Austin y la estética de Francisco Toledo, compuesta por 18 apartados, situada en el contexto indígena, a partir de crónicas, testimonios y documentos de variadas culturas precolombinas.  Fue entonces que decidí hablar sobre los gases en aquel libro coprofílico y ventoso.

Pero antes de entrarle de lleno al material espirituoso de este maravilloso libro, déjenme hablarles un poco más sobre su enjundioso contenido. Una vieja historia de la mierda reúne una amplia selección de referentes sobre la caca en el mundo prehispánico. Se dice que la interpretación de los textos originales es mínima porque las indagaciones de López Austin reflejan el interés por entender la cultura prehispánica desde su propia visión, penetrando de lleno en las complejidades indígenas. Es así como éste investigador nos comparte los variados significados que tuvieron la mierda y los pedos entre las culturas mesoamericanas, y cómo algunos prevalecen en nuestra cultura mestiza.

Una vieja historia de la mierda es una proeza armada con fragmentos de relatos, testimonios y leyendas; nos habla de lo que simbolizó la popó, de los usos que se le ha dado; de su relación con las divinidades y los minerales, con la muerte, la salud y las enfermedades; nos habla sobre sus metáforas y aires. La de la mierda (y los pedos que menciona) es una historia no narrada en su totalidad, ya que son historias que siguen chorreando, como la propia caca, porque esta es antiquísima y se seguirá escribiendo hasta que la humanidad sea pura cagada. Y entonces, ya sin tanto pedo, cómo aparecen las flatulencias entre todas estas historias, cuáles fueron sus significados o tratamientos.

 

 

La primera vez aparece en el segundo apartado: “Miscelánea”. Nos habla de una creencia de los antiguos Nahuas, quienes decían que cuando un zorrillo deyectaba no era verosímil que fuese un animal, pues aquella materia gaseosa hedionda, por su magnitud, debía ser un pedo del gran dios Tezcatlipoca.

Sigue con “Otro pedo”, un mito maya-mopán que nos habla del encuentro con el grano del maíz; resulta que una zorra recogió granos de este, los probó y le supieron deliciosos; luego cuando llegó con los otros animales se echó un pedo que le fue festejado por su grandioso aroma. Así que se inició un interrogatorio y búsqueda por parte de todos, hasta que se dio el gran encuentro del hombre y los animales con el gran tesoro: el grano del maíz.

Ahora vayamos hasta el apartado siete “Salud, enfermedad, medicina y muerte” donde nos hablan sobre El daño del ayuno, una creencia de los Tojolabales de Chiapas – con la cual muchos podríamos identificarnos. Nos dicen que es malo traspasarse sin comer, pues al dejar de comer el estómago se llena de aire y al caer de nuevo el alimento, este se revuelve, se esponja, el vientre se hincha y todas las tripas entran en movimiento – ¿a poco no lo han sentido? Se le hace a uno una bola de la barriga. Pues resulta que, para curar este aire, se decía que el sobador deberá darle a una un mansaje con unto de puerco revuelto con azahares, luego golpeará para que el aire se despegue, y salga impetuoso y fétido. Hasta descansa una nomás de leerlo.

Luego el apartado diez: también “Miscelánea”. Los pedos como maldad pura. Aquí nos cuentan sobre algunos resentidos que habitaron en Sonora, seres que no soportaban la felicidad ajena y perjudicaban a todos los que celebraban. Se dice que estos amargados mataban coyotes, y con el sebo hacían velas que encendían en los bailes; el humo era muy dañino, así que la gente que estaba en la pieza comenzaba a sentirse incómoda, les llegaban los borborigmos y luego el dolor de vientre; se les inflaban las tripas y se llenaban de retortijones. La pedorrera era insoportable, todos terminaban peyéndose. Esas fiestas terminaban con vergüenza y bochornos. ¿Han asistido a alguna de esas?

Ahí va otro: “Salud, enfermedad, medicina y muerte II”, apartado doce. Los aires mefíticos, Otomíes del sur de la Huasteca: aquí nos hablan de los pedos de la tierra. Así como dentro de nuestro cuerpo, bajo la tierra circulan aires, estos se forman de las emanaciones de los muertos, están cargados de enfermedad, de muerte, de olor a podre. Dicen que estas ventosidades salen de las cavernas para doblegar a los hombres con su infección y para quebrar con su violencia las matas de maíz. Justo por esto se cubrían con costales la boca de la cueva del viejo santuario cuando se celebraban los ritos del maíz, de lo contrario esa abertura expelería la perdición de la cosecha.

Y otro más. Apartado quince: “Cuentos y mitos”. Aquí podremos encontrar el mito de El jaguar que fumó, de los Lacandones septentrionales de Chiapas. Se dice que un hombre confundió a un jaguar con su cuñado, lo recibió, lo invitó  a pasar, así como a disfrutar de atole y un buen puro; le presumió que ese sabroso humo era de un auténtico “pedo de jaguar”. Sin saber que con el humo aquel visitante recobraría su figura original, saltaría frente a él, le apuntaría con el culo y le dispararía un tremendo cuesco.

No la hago más de pedo con estas cagadas historias.  Y no se aguanten las ganas de soltar el aire de la colina, ya que como dijera mi abuela: más vale perder una amistad que una tripa.

 

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[1] A menos que haya sido épica; y con esto quiero hacer alusión a aquellos pedos que nos han evidenciado o metido en aprietos. No sé, los que nos salen con premio o los que causan estruendo en el peor momento, los que nos delatan con su olor fétido o con su verdoso color… ¿guardan recuerdo de algún pedo?

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