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Muerte por flatulencia

Bienvenidos a Verdad y Método. Esta sección estará dedicada a la vinculación de la ciencia con la literatura, la filosofía y otras disciplinas, mediante entrevistas. En esta ocasión, decidimos charlar con el médico Óscar Fernando Flores, mejor conocido como Dr. Morfina, para que nos hablara un poco sobre las consecuencias de ser un sujeto flatulento en la modernidad. Acá vamos.

 
Shandy: ¿Cuál es la enfermedad más peligrosa que recuerdes que involucren flatulencias?
Dr. Morfina: Enfermedad celiaca y la intolerancia a la lactosa.
Shandy ¿Has tratado a alguien con algún problema de meteorismo o una de esas enfermedades gaseosas? ¿Tienes una anécdota que te haya pasado a ti o que sepas que le haya pasado a alguien y que involucre flatulencias?
Dr. Morfina: Permíteme ser simplón: “El pedo” es que no hay enfermedades graves que se caracterizan por flatos , pero esas enfermedades que mencioné si se caracterizan por eso. El meteorismo es uno de los motivos de consulta mas frecuentes de la medicina general. Aunque en sí no es un diagnóstico, es un síntoma.
Shandy: ¿Te ha tocado algún paciente con estos síntomas?
Dr. Morfina: Una vez, un paciente acudió a mi consultorio refiriendo malestar abdominal. Se sentía muy distendido, con muchas ganas de eructar y pedorrear. Por “instinto” (lo supongo porque no es una práctica común) tomó un poco de su propia saliva como “ungüento” y se la embarró en la panza para tratar de aliviar sus gases. Qué locura.
Shandy: Qué pena. Es algo que yo haría. La saliva es maravillosa.
Dr. Morfina: …
Shandy: ¿Qué pasa con esta relación entre el cáncer y las flatulencias?
Dr. Morfina: Bueno, ésa es una investigación de primer nivel. Es decir, apenas está en su etapa inicial, es pronto para ser asertivos sobre los resultados. Pero, mira, te explico: cuando hay células estresadas, que se están dañando o hay un agente que las perturba, secretan una sustancia que le avisa a las demás células que deben detener su mortalidad porque hay trabajo que hacer, alivianar el origen de dicho estrés. Esta secreción, digamos, que ayuda a las células enfermas, debido a que están trabajando efectivamente. Entonces, esta sustancia que envía esta señal de producción de trabajo, adivina dónde se encuentra, o más bien, cuál es una de las fuentes.
Shandy: …
Dr. Morfina: En los gases de los pedos. 
Shandy: ¡Oh!
Dr. Morfina: Ahora, ¿quién demonios va a tratarse oliendo flatulencias?
Shandy: Bueno, pero se puede sintetizar, ¿cierto?
Dr. Morfina: Claro, se puede sintetizar, pero la molécula es muy básica y es horrible. Es lo mismo, oler una molécula orgánica o una sintética. El olor será desagradable por su contenido químico, el metano. Es realmente asqueroso.
Shandy: ¿Hay alguna rama dedicada sólo a las flatulencias?
Dr. Morfina: No. Tanto un médico familiar como un coloproctólogo pueden atender eso.
Shandy: Bueno, acá lo importante es, Doc., ¿alguien podría morir por flatulencias?
Dr. Morfina: Bueno, no específicamente. Pero, digamos, hay enfermedades que podrían verse agudizadas por el alto contenido de gases. No sé, por ejemplo, la diverticulosis.
Shandy: ¿Diverticulosis? ¿Como diversión?
Dr. Morfina: Sí. Diverticulosis. Parece broma, pero no. Cerca del 5% de la población, a los 40 años, sufre de esta enfermedad. Este padecimiento implica la creación de bolsas en las paredes del colon. Estas bolsas hacen que el grosor sea muy delgado y son muy delicadas. La mayoría de los pacientes de este trastorno llevan una alimentación baja en fibras. Estas bolsas, digamos, están ahí infladas y podrían reventarse por exceso, ejem, de gases. Nunca he escuchado sobre este caso, pero es posible, ¿por qué no?  Entonces, sí, podrías morir de flatulencias.
Shandy: Vaya, muerte por flatulencia.
Dr. Morfina: Todo es posible, hay que esperar. Mira, en una importante base de datos de artículos sobre medicina hice una búsqueda hace unos días y hay poco más de diez mil resultados que implican flatulencias en sus investigaciones. Prometo darme un chapuzón y traer sorpresas. Encontraremos a alguien, estoy seguro, que haya pasado a mejor vida por un pedo. Mira, entra a Google y escribe “muerte por flatulencia”, hallarás un montón de casos de parejas que se aguantan las flatulencias por vergüenza y estará involucrada la diverticulosis, lo que conduce a la peritonitis y luego a la muerte. Hay casos muy divertidos. Creo que, incluso, en este programa de “Mil maneras de morir” hay un caso de muerte por flatulencia. Pero, bueno, ya sabemos cómo son los gringos de embusteros. Hay cientos de mitos que involucran la muerte alrededor de las flatulencias. Chicos que encienden sus pedos con fuego y se queman los intestinos, jóvenes asfixiados por su propio metano en sus pequeñas habitaciones, hemorragias internas desatadas por la inhibición de las flatulencias en las primeras citas románticas, etcétera. Aunque, bueno, hay muchos mitos en esto. Estaré atento a mis próximos pacientes, lo prometo.
Shandy: Muchas gracias, Doc., por sus respuestas. Es importante que nuestros lectores sepan que pueden morir si se aguantan una flatulencia. La Diverticulosis puede hacer de las suyas. No está de más saberlo.
Dr. Morfina: Exacto. Ya lo saben. Lo más sano es abandonarse al flato. Buenas noches.
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El amor es un pedo

No encontré otra forma de consolarla más que recitarle la “Oda al pedo”, aquel poema de no sé quién, pero recitado en mi familia por generaciones, incluso mi papá y mi tío alguna vez le pusieron música y la tocaban en el piano.

“Era un pedo maloliente que se escapó de repente de las nalgas de un mortal.
Era su olor a cagada, una cosa tan marcada que hacía mal….
quiso el dueño de ese pedo, detenerlo con el dedo… se escapó.
Y al quererse salir a partir de aquel día no dejó pedo sin par apestoso
que mi vientre generoso fabricó, del que alguna buena moza de asfixiarse temerosa se alejó.
¿Los pedos, tus compañeros acaso no fueron buenos consejeros para ti?
En mi nalga sucia y rala curso que te acompaña no te di,
Y así pasaron los días y aquel hombre no cagaba aguantando los dolores,
retorciéndose entre temblores hasta que el pedo se escapó y los calzones le ensució.”

Sin duda el poema le dio risa pero el estruendo había salido de sus entrañas y seguramente había espantado a aquel amor al otro lado de la puerta, ya no quería salir del baño le daba demasiada vergüenza…

Acabé diciéndole que es mucho peor oler que oír y que si por un pedo (por más grande, largo y asqueroso que sonara) ese pobre diablo la dejaba, había entonces valido la pena echárselo en la cara. En fin, ellos siguen juntos…ese es el buen pedo, el que ama, que une, el que reconcilia. Porque el amor es un pedo, que se escucha y/o se huele.

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Shandy 27. Shandysmo

¿En qué nos quedamos? Ah, es verdad. Era una tarde estival de 2010, la última vez que liberamos un volumen más de la revista. Sacamos el número 27, la Edición Shandysmo. La mayoría de la gente se preguntaba por qué, si habíamos sacado el No. 8, publicábamos el 27 inmediatamente. Acá la respuesta, ocho años después: El 27 es el número shandy por excelencia, por tanto, diseñamos este especial del shandysmo en el que colaboraron Alberto Chimal, Andréi Vásquez, Enrique Vila-Matas, Claudia Apablaza, Eduardo Uribe, El Demonio Encorbatado, Eluart S. Barajas, Eric Bonnargent, Ferrán Valdez, Javier Avilés, Jezreel Salazar, JIS, Luis Marina, Luna Miguel, Mijail Seidel, Nadxeli Yrízar, Valeria Gascón y Karla Olvera, quien fungió como curadora del número. Hagamos un viaje a la memoria. Esperamos que lo disfruten: Pulsa aquí —> Shandy 27.

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¿Cómo funciona un bisturí eléctrico?

Soy un tipo en realidad
afortunado. Amo
mi trabajo.
Decía,
con grandes risotadas,
el médico que iba a practicar una incisión para drenar
una lesión cutánea en el trasero de una
desnudista.

Lo mejor para el cuerpo no sería comer
hot dogs con mucho picante y a deshoras,
pero este es un trabajo
que me odia. Y así
son las cosas.

Tal como se encontraron la máquina de coser y el paraguas sobre
la mesa de disección,
así ocurrió con el primer chispazo del bisturí
eléctrico
y la deflagración intestinal (¿No es bonito cómo
se puede hacer de un pedo algo épico
en un acta
de defunción?)

El asombro del médico fue genuino.
Ese gesto de abrir,
enorme,
la boca
y aspirar ruidosamente aire.
En este caso, una
bola de fuego
que lo mató al instante.

He aquí un ejemplo de desmesura que no se les había ocurrido
castigar
a los dioses griegos.
Pero hay tiempo
para todo.

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Otras mujeres de México Aguilera

Los hijos de Maricarmen se portan muy mal. Está harta. Al mayor le ha dado por morderle las orejas al pequeño. Ya le gastó la carne a la oreja izquierda. Ella no sabe qué hacer. Abraza al pequeño mientras le pone violeta de genciana en el lóbulo y con besos curativos pretende que la llaga cicatrice aprisa, pero él la empuja lloriqueando. Consigue zafarse de sus mimos. Ella amenaza al hijo mayor: “Si le vuelves a morder la oreja a tu hermano te voy a dar una zurra”. La verdad es que Maricarmen es incapaz de ponerles una mano encima a sus hijos. Corrige el ultimátum: “Si le vuelves a morder la oreja a tu hermano, tu papá te va a dar una zurra”.

¡En la madre: su papá ha sido invocado! De inmediato se lo piensa dos veces, le sale una aureola encima de la cabeza, mastica con la boca cerrada y baja los codos. Su padre se llama México Aguilera. Así le pusieron y si para algún lector eso es chistoso será mejor que no lo note; de lo contrario, que se despida de sus dientes. Hombre que no sale en las fotos, tosco, toral, entrón, clóset de hostilidades. Padre ausente, de pedos tronados y zurras severas. Por lo mismo, Mamá Maricarmen rara vez acusa a sus críos, sufre con cada manazo que el progenitor les acomoda. Lo de la oreja mordisqueada se ha vuelto un problema al que le urge solución.

El hijo mayor podría arriesgarse y reincidir. De todas formas papá no ha venido a dormir en semanas. Su asiento en la mesa está vacío, sobresale como el hueco en la sonrisa de un chimuelo. Maricarmen le guarda una buena porción de la cena a su esposo. Por si llega de repente o más al rato. Se arrepiente de llamar “cena” a ese estofado sin sazón. La comida que prepara parece las sobras de un platillo de a de veras, como los que salen fotografiados en las revistas.

Se asegura de que los niños, antes de irse a la cama, se laven la boca o de perdida hagan buches con agua. Ella se queda rezando, ora para que su esposo regrese con algún regalo que le compró en un semáforo rojo: gardenias, mazapanes, un arma que dispara burbujas de jabón, un disco compacto con cientos de canciones. Maricarmen extraña muchísimo a su marido. Nada puede hacer al respecto. Hace unos meses de pronto desapareció el Canal 9 en la tele, ya no se ve. Tampoco pudo hacer nada al respecto. Atravesó la retorcida antena de conejo con una lata de refresco, pero el canal nomás no regresa. Así de impotente se siente con respecto a su marido. Extraña su aliento, sus manos gruesas, los himnos de su respiración carrasposa, sus cicatrices de tinta en el brazo (Maricarmen, Leticia, Martha, Lupe, Mamá Lola), su mirada que embaraza. Extraña verlo hacer corajes porque “el trabajo está bien triste” o no hay nada en la alacena. Incluso extraña sus pedos. Explosiones escandalosas que aprisionan una auténtica peste abajo del lienzo que los cubre; él ni se inmuta, ella se despierta exaltada a la mitad de la noche.

Pero más lo extraña manoseándola y adentro, bien adentro. Sentirlo hasta el tope. A veces, cuando él está profundamente dormido ella le descubre el pájaro y se lo besa quedito mientras mentalmente repite: “Besos curativos, besos curativos”. Lo hace por cariño y para borrar las enfermedades malas que sus otras mujeres seguro le contagian. Ya hace una semana que él no se acuesta con ella.

¡Con qué feo pensamiento se queda dormida! Dormida y en una silla. Aquella cama está reservada para el ser que sólo existe cuando ella y su hombre suman. La noche acontece. Maricarmen se sueña cocinando perfectos platillos aunque desconoce la identidad de sus comensales. A lo largo de la noche varios sonidos la despiertan. No son las mentadas de madre chifladas con que México Aguilera anuncia su aparición.

Al día siguiente el cielo amanece haciendo pucheros. Maricarmen piensa: “Cuando llueve a nadie se le puede negar un techo” y se va con sus hijos para el monte. Aborda la combi que la lleva a donde su Comadre Bruja le dijo. Se bajan y toman otra combi, una más humilde y destartalada. La Comadre Bruja le indicó que le hiciera la parada al chofer pasando el Cementerio del Collado. Ya de ahí no hay pierde: “Del panteón tienes que caminar hacia arriba cuatro veces cien pasos…”

Maricarmen no sabe contar. Sus hijos sí. Por algo los manda bien peinaditos a la escuela.

Ahí van los tres caminando entre números. A los niños se les nota que los zapatos les quedan grandes. Ni cuentan hasta cien. ¡Pero ella cómo se va a dar cuenta! Nota que el hijo chico grita un número y el hijo grande otro. Cabe mencionar que eso de que uno es mayor que el otro nomás es un decir. Los separan tan sólo cinco minutos de vida. Maricarmen los mira andando. Sus dos barajitas gastadas. Tan gastadas que con el puro tacto y cerrando los ojos podría reconocerles las marcas y cicatrices que los desigualan. Le salieron igual de cabrones que el papá, bien poco cariñosos. Ojalá pudiera hacer algo para que crecieran de chingadazo. Está harta de sus inocentes majaderías. Se limpian con las mangas del suéter los besos curativos que ella les manda, le avientan cosas, escupen cuando no los ve y torturan a las mascotas de los vecinos. El menor es muy callado. Al mayor le ha dado por morderle las orejas al otro. “No eres rata, eres niño”, le dijo. Ya no sabe cómo hablarle. Tampoco sabe a qué va a esa casa tan lejos. “Es la única casa que hay por esos rumbos…”, le dijo su Comadre Bruja mientras le echaba las cartas: “Aquí clarito se ve que tu viejo te está engañando…”

Está chispeando. No sabe qué va a hacer cuando llegue. Cree que ya estando ahí todo ocurrirá por sí solo.

Si México Aguilera está presente, le va a suplicar que por favor se regrese con ella, ya que los niños se portan mal y no hay Canal 9 desde hace un mes. Que lo ama.

Si México Aguilera no está; a ella, a la otra, la va a dejar sin cabello y sin ojos. La va a arrastrar todo el camino de regreso.

O tal vez debería regresarse a casa y acomodarse en su silla. Esperar rezando.

El hijo menor enumera los golpes de lluvia que siente en los brazos, la frente, la nuca. Ha cesado el aguacero y ahora llueve sin ganas, prácticamente se puede caminar entre las gotas. El hijo mayor recogió una rama y viene golpeando todo a su paso. Maricarmen cruza los dedos deseando que su marido no esté ahí. También observa los pies de sus hijos, los pantalones se les están llenando de lodo. Le va a costar mucho lavarlos. Entre el 52 y el 53 el hijo menor hace una pausa incómoda. La oreja le arde, punza como cuando miras la noche. “60”, dice brincándose los números de en medio, como si, más que contar del uno al cien desempeñara los servicios de un segundero. Vuelve la mirada y su hermano mayor señala con la rama una casa a lo lejos. “Vieja el último”, grita. Corren en subida. Ella los observa convertirse en un punto a lo lejos. El viento agita aquel interminable paisaje. Al pasto se le pone la piel de gallina. La lluvia cae monótona y sin fuerza, exigiendo que se le llame de otra manera.

Teresa está limpiando frijoles. Escucha voces de niños. Su primer presentimiento es malo: piensa que los querubines del Señor han venido para recoger a su Esteban. Entonces corre hasta la habitación ubicada al fondo de la casa, persignándose sin orden alguno: el Padre acaba en la nariz, el Hijo en una oreja y el Espíritu Santo casi le pica un ojo. Su nene está bien. De todas maneras ella pone cara de malas noticias y sale a ver de qué se trata aquel escándalo. En su portón sorprende a dos niños empujándose. Son gemelos. No se da cuenta de que además son idénticos a su esposo.

A la distancia, bajo los chisguetes, una mujer se aproxima. Detrás de ella se ennegrece dramáticamente el cielo. “Cuando llueve a nadie se le puede negar un techo”, piensa Teresa e invita a los niños a entrar. Traen los zapatos llenos de porquería. Les suplica que no ensucien el piso. Eso transforma a los dos chiquillos en súbitas estatuas de marfil. “Espérenme un momento”, les dice y se dirige al baño. Maricarmen apura el paso y entra a la casa.

Teresa no quiere estropear alguna de sus toallas, por lo que le cuesta mucho trabajo elegir un par de trapos viejos con los que la mujer y sus gemelos puedan secarse el cabello y los pies. Revuelve el closet buscando paños deshilachados mientras afuera los empapados pasean la mirada por la casa. El hijo menor busca juguetes, el mayor, monedas y Maricarmen, indicios de la presencia de su marido. Los tres encuentran inmediata satisfacción: una pelota, varias monedas apiladas en una esquina (para la buena suerte y evitar embrujos) y el tufo implícito de los gases de México Aguilera.

Ya con los pies limpios, los niños se quedan sin decir ni hacer nada, inútiles como pajaritos que ya no cantan. De reojo, las dos mujeres se estudian con femenina prevención hostil; es decir, sonriéndose. A Maricarmen la desilusiona Teresa. Esperaba alguien joven. O por lo menos no tan vieja. O por lo menos flaca. Ya de perdida, con caderas y senos proclives al escarceo. Teresa rompe la inconfortable calma: “No se pueden ir hasta que deje de llover. Ven, ayúdame con la comida”.

Entran a la cocina. En la mesa están dispersos varios montones de frijoles crudos. “Ayúdame a espulgarlos”, le dice Teresa Aguilera a Maricarmen Aguilera. Toman asiento una junto a la otra, ignorándose pero a la vez combatiendo. Los niños se quedan en la sala. Las dos mujeres repasan uno por uno los frijoles, desechando las piedritas intrusas y los gorgojos polizones. Sus manos trabajan con una gracia mutua, mecánica e infantil. Todo el coraje de Maricarmen se disipa en silencio. “Soy una maricona”, piensa.

Las manos de las dos mujeres se rozan al seleccionar tal o cual piedra. Se escuchan insistentemente los taconeos del chubasco en el techo; es como si la lluvia narrara la mutua inspección letra por letra, gota tras gota. Disputan en amable contienda los últimos frijoles que restan. Maricarmen piensa que aquella mujer debió ser muy hermosa de joven. Sus gestos serios que se tornan amables dan la sensación de estar abriendo una carta ajena. “Me estás tocando a través de él. Te estoy tocando a través de él.” Teresa acaricia el crucifijo que le cuelga del cuello y propone una charla llena de vacíos y tiempo. Le cuenta a Maricarmen que su hijo está enfermo. Eso ella ya lo sabía. El niño se llama Esteban. Eso no lo sabía. “Hasta el brillo del cabello ha perdido mi hijo…” Maricarmen trata de evadir la mirada de la otra pero su voz padece complejo de omnipresentes ojos. “…Me dijeron que le están haciendo un trabajito… ¿pero cómo va a ser eso? Si él nunca le ha hecho mal a nadie.”

Enjuagan los frijoles con un colador y luego los ponen en una olla, listos para cocer. Teresa le pregunta a su invitada por la edad de sus gemelos.

“Siete”, responde.

“Mi Esteban tiene doce”, dice Teresa dándole golpes al traste. Sordamente encomienda la salud de su hijo a un reducido acordeón de santos.

Maricarmen tal vez sea una pésima cocinera, pero hasta ella sabe que si no le cambias el agua a los frijoles antes de cocerlos, caen muy pesados a la panza. Maricarmen también se da cuenta de que ella es la otra mujer de México Aguilera.

Afuera, el mayor de los gemelos juega con la pelota roja que el menor encontró. El pequeño aprovecha para escabullirse de los cocos y los mordiscos de su tirano reflejo. Camina hasta una puerta ubicada al fondo y entra a una habitación. En el centro de la pieza hay una cama inmensa y blanca, ¿o se trata de una nube aprisionada? Del techo cuelgan hilos blancos que sostienen diminutas canicas amarradas a diferentes alturas. También cuelgan telas transparentes; el niño piensa que son espectros de cortinas que ya murieron. La luz flota. Camina de puntitas hacia la cama. Le da pena tener el calzado varias tallas más grande de lo necesario. Su mamá le dijo que dentro de poco ya le quedarán bien. Ese cuarto. Ahí dentro no se escucha el insistente escándalo de la lluvia. Huele a medicina sabor vainilla. En el colchón está acostado un niño. Empequeñecido, hinchado, con los rasgos de la cara mal dibujados y el cuerpo inflado como un pequeño globo de salchicha. Nunca vio un niño así. Está completamente dormido.

El gemelo menor se acerca y con excesivo cuidado comienza a roerle la curiosa y dura piel de las orejas.

En ese momento, México Aguilera aparece por el camino difuso que conduce a aquel hogar. Camina dentro de la sombra que la casa proyecta en la tierra, la oscuridad le besa el cuerpo, él chifla una mentada de madre tras otra. Viene de trabajar, antológicamente empapado. Siempre ha pensado que protegerse de la lluvia bajo un techo es traicionar al chango que alguna vez fuimos.

México Aguilera no es fuerte y grande como Maricarmen fantasea, ni tan viejo y barrigón como tantas veces Teresa le gritó para herirle el orgullo en medio de una bronca causada por sus constantes ausencias. México Aguilera es simplemente un hombre. Un hombre cansado que preferiría estar ebrio. Odia su nombre. Nunca lo ha hablado con nadie pero siente y jura que una terrible maldición ha caído sobre él: es incapaz de sentir rico cuando coge; en cambio, sus mujeres gritonean rasguñándole la espalda, berreando cosas que más vale no reproducir aquí. “Estás maldito”, piensa e imagina los rostros de sus mujeres quebrándose de tanto placer; por lo menos, ya les prohibió que se embaracen de nuevo. Piensa en los hijos que ha traído al mundo: dos gemelos y un enfermo. “Valiente semilla endemoniada”. Todo empezó cuando le metió mano a la comadre de su segunda esposa. ¡A esa pinche bruja aguada!

México Aguilera entra a la casa haciendo ruido. En la cocina encuentra a sus dos mujeres cocinando. Piensa que parecen dos manos de un mismo cuerpo. Le da mucho gusto. Nota que las dos le caben en un abrazo y para celebrar se tira un pedo

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Un coral sin colonia

Siempre me ha fascinado escuchar las conversaciones de la gente en la calle, en los cafés, en los transportes públicos, en los baños, etcétera. Esto lo aprendí del viejo Vila-Matas, que suele espiar a los peatones una y otra vez para desangrar sus historias. Yo, por otro lado, los escucho porque me asombra la facultad que tienen los todos a mi alrededor para comunicarse. A mí me resulta imposible, cada vez más, construir expresiones para transmitir una idea. Se me revuelve el estómago de coraje cuando veo a dos señoras conversar y entenderse sin el menor problema. Soy de esa clase de personas que supone que nadie se entiende en realidad y que viven recluidas en su interioridad, imaginando que el Otro aprehende el mensaje que envía oralmente. Una ficción nietzscheana más. El pacto humano: hay que simular que entendemos al interlocutor, cuando sólo nos estamos entendiendo a nosotros mismos. Siempre hay un mensaje, eso es verdad. Pero no siempre un receptor con pericia para decodificar el objeto transferido oralmente. Suele ocurrirme bastante que no me explico con pertinencia o quedo como un loco cuando abro la boca. Como a aquella chica a la que apodaron cruelmente LadyCoral Blanco en el famoso evento de Carlos Slim, Aldea Digital. Se supone que esta chica, ubicada en la primera fila del público, tomó el micrófono para participar y hacer comentarios sobre un tema de actualidad pero sólo pudo articular un montón de frases y oraciones que, aparentemente, no tenían sentido. La chava, a quien se le acusó de estar drogada, fue objeto de burla durante semanas. Éste es el mensaje íntegro:

 

“El coral blanco o el ambiente que estamos manejando, lo estamos contaminando de una manera inigmi, i, im, inimaginablemente, inig, inigmante. Esto quiere decir que el coral blanco se está maltratando, eh, pues esas algas rojas. Eh, la alga verde puede servir como combustible. El carros sólo necesitamos el petróleo realmente y si supiéramos manejar un buen gobierno, no necesitamo nada solar lenguas náhual y eso, no metemos nada en aztecas porque si son los que conservan todo. Y si conserváramos todo bosques, flores, selvas, nuestros huertos, nuestras calles fueran ¿kioscos? no estuviéramos como estuviéramos ahorita, porque el coral se está maltratando moralmente y los tiburones les cortan las aletas y los tiran así. Hay que pensar en la contin, en la contien, contamina, en la contaminación, las algas verdes pueden ser un combustible, y el agua, y las los lenguajes náhual no impiden que aprendamos, y celulares solares, licuadoras, menos. Bueno, nada más nos falta un puntito. Nada más que no queremos razonar. No pego, no grito, no empujo en el metro que me avientan y no entienden eso, menos esto, porque yo sí tengo ese IQ. Nunca, nunca. No sé qué IQ tengo. No me importa y adiós. Soy una persona normal…”

 

Todos estamos solos aquí adentro. No es necesario hacer ecuaciones lacanianas para explicarnos lo aislados que estamos del Otro. Es suficiente con tratar de explicar a nuestro vecino que ama la tambora, que el punk tiene una trascendencia importante en la historia musical. El gran problema acá consiste en los interlocutores, quienes deben estar abiertos al mensaje y su codificación. Si ponemos un poco de atención, por ejemplo, a lo que dijo esta chica, podemos descubrir que existe una línea argumentativa en su articulación. Vayamos a eso. Seleccionemos frases y expliquemos.

Idea 1: “El coral blanco o el ambiente que estamos manejando, lo estamos contaminando de una manera inigmi, i, im, inimaginablemente, inig, inigmante. Esto quiere decir que el coral blanco se está maltratando, eh, pues esas algas rojas. Eh, las algas verde puede servir como combustible”.

 

Explicación: En Sidney, una enorme cantidad de corales de la Gran Barrera de Australia han muerto por el blanqueamiento ocasionado por los depredadores y las altas temperaturas. Se puede buscar en Google “Blanqueamiento Corales” y los resultados indicarán el argumento: El calentamiento global es el responsable de esta decoloración (o blanqueamiento, pues), porque precisamente “estamos contaminando el ambiente inimaginablemente”. Ahora, pensamos en las otras señales lingüísticas de nuestra amiga: “algas rojas”, “algas verdes”, “combustible”. Los corales reciben, fundamentalmente, sus nutrientes de las algas. Los corales bien pueden ser rojos o verdes o azules, etcétera, pero curiosamente estos dos colores (rojo/verde) se conectan la siguiente tanda de articulación:

 

Idea 2: “El carros sólo necesitamos el petróleo realmente y si supiéramos manejar un buen gobierno, no necesitamo nada solar lenguas náhual y eso, no metemos nada en aztecas porque si son los que conservan todo”.

Explicación: Es verdad que las algas pueden ser verdes y pueden ser rojas y, por supuesto, crear hidrocarburos con los que se hace el combustible. Rojo y verde son los colores de la gasolina, Magna y Premium, que usan “los carros que necesitan este derivado del petróleo”. No cabe duda que el pensamiento es generalizado en relación con la otra idea: Las cosas serían muy distintas si tuviéramos un mejor gobierno. No puede haber error de interpretación. Y quizá, si este gobierno estuviera bien administrado, no tendríamos que recurrir a la implementación de paneles solares para recolectar otra energía menos funesta y nociva. Insistimos, la chica y yo, esto sería si tan sólo tuviéramos un mejor gobierno y un mejor manejo de él. Ahora, bien, aquí, nuestra amiga, registra una utopía intensa, primigenia. De la misma manera que no necesitaríamos la energía alternativa, tampoco necesitaríamos programas de socialización del náhuatl (recordemos que en 2015 se celebró, por ejemplo, la primera misa en náhuatl en la Basílica de Guadalupe, ese mismo año se inventó una aplicación de aprendizaje y de traducción de esa lengua y el Politécnico impartió clases en Náhuatl y el Gobierno del Distrito Federal lanzó una campaña para fomentar la lengua) porque justamente estaríamos hablando náhuatl y seríamos aztecas. Y al no haber sido colonizados, no tendríamos necesidad de los hidrocarburos y conservaríamos nuestro medio ambiente. Nuestro “todo”. Conservaríamos, como explica en la siguiente idea, los bosques, las flores, las selvas, nuestras huertas y en cada calle habría kioscos para convivir.

Me parece bastante curioso que esta chica haya seleccionado el ejemplo del coral. Justo porque los corales son, en términos generales, animales coloniales. Como el mismo lenguaje y la escritura. Que en su fijación, no han hecho otra cosa que colonizarnos. ¿Cómo? Con esta suerte de Selección Natural Discursiva, que exige que los hablantes hablemos o escribamos de manera estructurada o pretendidamente “racional”. Estamos colonizados y por eso nos burlamos del supuesto error y el “balbuceo” de la chica que trata de enviarnos un mensaje desde una codificación singular. Es más, estamos tan colonizados que no percibimos que esta distorsión la tenemos todo el tiempo frente a nuestras narices y no nos reímos o burlamos del sujeto hablante: los poetas, por ejemplo, esa clase de emisores que destruyen la sintaxis y la gramática y les aplaudimos extáticamente. Lo mismo con la publicidad o los discursos políticos, que si bien conservan sintagmas, más o menos normales, balbucean (ahora sí) con oraciones metafóricas.

Podríamos seguir analizando las ideas de nuestra amiga de la Aldea Digital, pero el espacio acá es limitado. Aprendamos su lección, como lo hemos hecho tantas veces al leer a Beckett: “Cada palabra es como una innecesaria mancha en el silencio y en la nada”.

Franco Félix

 

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