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El pedo fugitivo

El Pedo de Lucerito es el Santo Grial del internet en México. Lo he buscado por los siete mares y todo lo que he encontrado me ha dejado más insatisfecho y con más preguntas. También, con una sensación de derrota ante la posibilidad de dar con él y una mayor tendencia a mitificarlo.

Hay, por supuesto, tantas referencias al Pedo de Lucerito (sí, con mayúsculas en cualquier parte de este texto) que su reputación, aunque difusa, es hoy más persistente: discusiones interminables en los comentarios de Youtube, hilos en Reddit, blogs con publicaciones-homenaje. No existe, al menos en los sitios a los que mi conocimiento me ha hecho posible llegar, un registro fiable o directo (un video tomado de un VHS, que se pruebe inalterado, por ejemplo), pero tantas personas hablan de él, que no hay manera de que haya sido una alucinación colectiva. A menos que tenga un origen comparable al de fantasías pasadas y presentes, como los ovnis o las hadas.

Para quienes nacieron después de 1995 o recién fueron rescatados de una isla desierta, la anécdota central, menos detalles incidentales y aquello sobre lo que no hay consenso, es la que sigue: al terminar su “interpretación” (entrecomillo porque había playback) en una emisión de Siempre en Domingo, el programa dominical conducido por Raúl Velasco, Lucerito colocó el micrófono, cuando el audio de éste ya había sido reactivado, a su espalda, para hacer una reverencia. Simultáneamente, se escuchó el sonido de un flato de la variedad percusiva (en oposición a la de aliento). Lucerito mostró signos de turbación, como una risa nerviosa que se mezcló con una mueca que parecía cercana al horror. Raúl Velasco dijo algo parecido a “es normal, a todos nos pasa”, mientras extendía una sonrisa que se antojaba incluso más sardónica que la suya de costumbre. Días después, Raulito pretendió hacer pasar esa frase como una referencia al pánico escénico, algo de lo que, para entonces, supondríamos, Lucerito debía estar más que curada para entonces, tras dos décadas de vida frente a las cámaras.

(Un detalle que puede no ser menor es que aquello sucedió el mismo día que Lucerito celebraba su cumpleaños frente al público. Eso le daba una cualidad tridimensional a la pesadilla o al placer de la humillación ajena, según sea el caso).

Si hiciéramos llamar a un perito para hacer un dictamen, con base en las declaraciones disponibles, casi con toda seguridad diría que sí existió y que el apodo de Luzpedito está plenamente justificado. El problema es que ese egregio pedo sólo existe en nuestra memoria.

Daría la impresión de que la llegada y aceleración de las comunicaciones por vía digital ha causado una pérdida de memoria de eventos recientes, como si al sujeto social le hubiera afectado una forma nueva de amnesia anterógrada. Tal vez se trate de que la memoria es ahora distinta: la manera de interpretar, recuperar y jerarquizar lo que nos parece importante se realiza por medio de otros mecanismos. En unos años empezaremos a dejar de comprender lo que pasó en el siglo XX, o al menos a comprenderlo de otra forma. Puede que contemos la historia de él en maneras que hoy no podemos sospechar.

Algunos indicios de esto podrían acaso adivinarse desde hoy. Por ejemplo, hay un antes y un después de internet para la forma en que se difunden los rumores: hoy, si no hay enlace al video a los pocos minutos de que algo sucede (o no existe una nota en una fuente medianamente reconocible), no sucedió. Antes confiábamos en periodismo de calle: relatos orales, crónicas a ras de tierra, documentos escritos, el mismo material del que estaba hecho la historiografía. Hoy esos relatos orales deben aparecer en un video tembloroso tomado con un teléfono, las crónicas deben incluir vínculos y contenido multimedia y los documentos se difunden en screenshots.

Los rumores que nacen y sobreviven hoy deben venir respaldados por la más cara y sofisticada ingeniería de la propaganda (historias sobre el rescate de niñas inexistentes en los terremotos de la Ciudad de México, las fake news que difundió el equipo de Trump durante su campaña…), cuando no se trata de aquellas historias demasiado grandes o esquivas como para poder probarse con un solo video. En la segunda categoría entran todas las teorías de la conspiración: reptilianos, negacionistas del alunizaje, Roswell… Hace poco leí que el mundo real siempre ha sido internet y que los gifs de gatos son un anzuelo para atraer a la humanidad hacia él y liberarnos de la ficción esclavizante que ha sido lo que, hasta ahora, tomábamos por verídica. También circula la tesis de que Bob Ross era un asesino en serie y cada paisaje suyo se corresponde con el de un sitio en donde enterró cada uno de los cuerpos.

Esas cosas, si se propagan, no pueden resolverse con un solo enlace de Youtube.

En una de mis búsquedas, he dado con un video que, dependiendo cómo se le interprete, puede arrojar una luz o profundizar las dudas.

 

https://www.youtube.com/watch?v=9TtwcntI4hE

 

En él, grabado al cabo de varios días de aquella celebración cumpleañera, Raúl Velasco intenta hacer un control de daños por el estúpido manejo que tuvo del pedo en el minuto inmediato posterior a que sucedió. Al parecer, la noticia del incidente había llegado lejos y él se vio obligado a desmentirlo: lo achacó a la fricción de la ropa de la cantante y, según él como prueba, transmitió un video de la presentación de ese día, que parecía haber sido editado por un perro. Los cortes en él son tan obvios que podría parecer que estaba colaborando con los enemigos de Lucerito. Eso, o la transmisión del día del desmentido sí incluía el instante del pedo y éste fue editado después.

Como sea, El Pedo de Lucerito, mientras no se encuentre el video original, sin editar, de esa aparición suya en Siempre en Domingo, quedaría relegado a una categoría similar a la de las teorías de la conspiración: fervientes defensores de su existencia pelean por hacerse escuchar en un entorno que descarta todo lo que no quede a la vista con un clic. En la era de “link o nunca pasó”, quienes recordamos ese pedo esplendoroso hemos sido relegados a la misma esquina que los devotos de los mayas galácticos.

Al centro de este fenómeno, más que la cuestión de la existencia del pedo está la duda de quiénes han borrado su rastro y por qué. Está claro que ha existido un operativo para eliminarlo de la esfera pública y ese operativo ha sido, si no masivo, constante, a lo largo de 20 años.

No está de más recordar que las figuras en el entorno del pop cumplen un papel de comunicadores sociales, de manera voluntaria o no. Televisa, en particular, subcontrata los servicios del manejo de imagen para sus figuras públicas a empresas que estudian a profundidad la manera más lucrativa y útil en que puede ser explotada su presencia ante la cámara. Así, determinan cuáles de sus rostros famosos dan más credibilidad a un partido político y a cuáles pueden enviar en una misión kamikaze de opiniones protofascistas para hacer encabronar al respetable público cuando es necesario crear distractores o dividir opiniones en debates fútiles. Que Belinda haya tenido acceso a sitios acordonados para brindar su ayuda (especializada en qué, nos preguntaríamos) después del terremoto de septiembre en la Ciudad de México no es gratuito. En algún escritorio se decidió que ella saturaría los canales y redes sociales en los días posteriores a la tragedia.

Lucerito debe contarse entre las figuras más prominentes en la historia de Televisa en este sentido: como conductora del Teletón, imagen de innumerables campañas de iniciativas públicas o privadas y cara de la propaganda gubernamental de la gestión de Peña Nieto en Edomex, en relevo de la Gaviota (quien salió porque, hasta para esa gente, resultaba un conflicto de intereses demasiado grande mantenerla ahí).

Lucerito no es solamente alguien a quien le aplauden por hacer playback o repetir frases que escucha en su chicharito en los sets de las telenovelas. Es, ha sido, una pieza política. Y además de su valor propagandístico, ha cosechado algo de poder propio. Aquí llegamos a la parte de las teorías de la conspiración: en la misma época del Pedo de Lucerito se rumoraba que ella, más que ser la Novia de América, lo era de Zedillo. El mismo Zedillo que checaba tarjeta en Los Pinos. Se dice que la salida de Raúl Velasco de Televisa fue precipitada por una orden secreta, girada desde la presidencia, en reprimenda por su pésimo manejo del Pedogate.

(Esa hipótesis, por cierto, es congruente con la reputación de intransigencia que tiene Lucerito, fundada en hechos como su desdén hacia las críticas por su pasatiempo como cazadora de especies protegidas y las órdenes que dirigió a sus guaruras para que tundieran a golpes a un fan que se había excedido de fervor).

El Pedo de Lucerito puede que sea uno de los últimos vínculos que tenemos con la forma en que se escribían las páginas de la cultura popular antes de la llegada de internet. Su sensible ausencia (puede que la humanidad no consiga jamás volver a escuchar ese pedo, ¿lo conciben?, ¿no les aterra, en cierta forma?) es, también, uno de los últimos puentes con la manera que teníamos de recordar los sucesos mediáticos antes de las redes digitales. Esa pérdida es también una derrota de la memoria colectiva y un punto a favor de la maquinaria ideológica del régimen priísta. Por otra parte, recordarlo, hablar de él, es un acto de resistencia.

Como nota al pie, es mi opinión que si, en vez del operativo para desaparecerlo, lo hubieran dejado circular de manera libre, por los canales habituales, desde la masificación de internet, hoy no sería más que un chiste olvidado. Su vida media habría sido el de cualquier video viral de político diciendo una estupidez.

O la misma del pedo que la conductora Ingrid Coronado se tiró en vivo hace no muchos años.

 

 

Ingrid, por cierto, dio la misma explicación que Lucerito o Raúl Velasco: que el sonido no había salido de su cuerpo, sino de la fricción de su ropa.

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Meticulosidades varias

Home is where the heart is, home is where the fart is.
Come let us fart in the home.
There is no art in a fart.
Still a fart may not be artless.
Let us fart and artless fart in the home.
Ernest Hemingway
Si las acciones humanas pueden ser nobles,
vergonzosas o indiferentes,
lo mismo ocurre con los placeres correspondientes.
Hay placeres que derivan de actividades nobles,
y otros de vergonzoso origen.
Aristóteles.

 

La razón principal que hace repulsivas a las flatulencias es el mal olor que las acompaña (causado por su porcentaje mínimo de azufre), a pesar de ser una reacción natural del organismo. La cantidad —considerable— producida diariamente por el sistema digestivo de un ser humano aumenta drásticamente con una dieta rica en sulfuro o por la ingesta de aire, y su sonido particular depende de las vibraciones creadas en el recto según la presión con la que sea expulsada, así como de la tensión de los músculos del esfínter. Aunque retener los gases podría ser dañino para la salud, en Occidente las normas de urbanidad suelen reprobar el acto de expeler ventosidades en público, pues es considerado indecoroso.

Que a una persona le guste el olor de sus flatulencias tiene una explicación: está familiarizado con sus propios olores. La descomposición que realizan las bacterias de cada organismo le otorga un olor peculiar a los gases que expulsa. En general, los malos olores —desconocidos— son rechazados automáticamente por considerarse una amenaza, de ahí que los gases ajenos produzcan repudio, pero quizá este elemento de transgresión es lo que los convierte en una estimulación sexual única para ciertos individuos: la eproctofilia o flatofilia es la filia que define a quienes encuentran excitante todo lo relacionado con las ventosidades. Un flatofílico —y cropofílico— célebre fue James Joyce, basten como muestra estas palabras que le dedicó a su amada en una carta: «It is wonderful to fuck a farting woman when every fuck drives one out of her», o éstas otras que le dedicó Javier Marías a Joyce en Vidas escritas (1992): «mostraba abierta predilección por las capacidades aéreas o aun depositivas de la que había conocido como Nora Barnacle».

En cuanto a la literatura, un formidable ejemplo se encuentra en numerosas de las 150 pasiones de Los 120 días de Sodoma o La escuela del libertinaje (1785) de El Marqués de Sade, y quizá es precisamente la palabra «pedo» una de las más repetidas en esta obra: «…me importan un bledo tus pechos y tu coño, lo único que necesito es tu culo», «Se apoderan de sus viejos y feos culos, solicitan pedos, los obtienen y se encuentran a punto de ser tan felices…», «…trago la eyaculación mientras mi adonis hace otro tanto con mi orina, y todo eso sin dejar de respirar los pedos con que no dejo de perfumarlo». Contrario a este comportamiento, Umberto Eco, en la introducción del capítulo «Lo feo, lo cómico, lo obsceno» de Historia de la fealdad (2007), hace referencia a la incomodidad que produce todo lo referente a los excrementos, misma que se manifiesta «a través del pudor, o sea, del instinto o el deber de abstenerse de exhibir y referirse a ciertas partes del cuerpo a ciertas actividades».

Por supuesto, la digestión también ha estado al servicio del esparcimiento y la comicidad desde las obras de Aristófanes, y a finales del siglo XIX surgió Le pétomane, un personaje famoso por su gran pericia para expulsar ventosidades, habilidad que le permitió realizar interpretaciones musicales y emular diferentes sonidos. Se presentó en el Moulin Rouge de París y en diversos países, y algunos LP aún conservan los sonidos de sus flatulencias emitidas más de cien años atrás.

 

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El punete literario

Mi hijo suelta una carcajada cada que escucha la palabra “punete”. Sobre todo cuando él la pronuncia. Cuando nosotros lo hacemos se ríe pero, de alguna forma, trata de entender que una palabra suya es usada por los demás. Se carcajea aún más que cuando, en un rapto de naturalidad a veces accidental, a veces a propósito, se tira un gas. Nombrarlo, en un momento, se vuelve más importante que hacerlo. He entendido que, entre todas las cosas que sus cuatro años, y sus padres, le autorizan hacer, entre los cientos de descubrimientos que su corta vida le ha permitido, la expulsión de ese viento corpóreo lo exalta, lo hace dejar clara una posición: existo y soy capaz de intervenir el mundo. Y ese poder lo divierte. Le hace, creo yo, tomar conciencia de muchas cosas respecto a los otros y a él mismo. Le hemos explicado una serie de normativas sociales respecto a eso. La diferencia entre hacerlo en familia y en público, las sutilezas y diferencias entre la broma y la ofensa. Aunque comienza a entender la noción de “broma” (“ah, te hice una bromita, papá”) creo que su afán es aún establecer su presencia y, como ya dije, su capacidad de incidir en lo que ocurre alrededor.

En Mierda: símbolos y significados, Luis Carlos Molina Acevedo consigna, al menos, una veintena de momentos en donde el “pedo” ocupa un lugar, sino protagónico, sí enfático en las descripciones.

Es curioso cómo sobre todo son los autores más excéntricos, menos realistas y más tirados a la desproporción y el humor quienes consignan esta “narrativa del punete”. El rey de la exageración y las excrecencias, Francois Rabelais, habla de un pedo que hace temblar la tierra nueve millas a la redonda en Gargantúa y Pantagruel. Otro enorme, exagerado y sublime, como Cervantes, “explica un flato como señal de una nueva aventura: ‘¿Qué rumor ese ése, Sancho? -Alguna cosa nueva debe ser”. Otro, Francisco de Quevedo, en “Gracias y desgracias del ojo del culo” señala: “se ha se advertir que el pedo antes hace al trasero digno de laudatoria que indigno de ella”. Otro grandiosamente exagerado como el Marqués de Sade en su “La filosofía en el tocador” pone una amenaza  en boca de la señora de Saint-Age: “Cuanto queráis, amigo mío; mas mi venganza está dispuesta, te lo advierto; juro que a cada vejación, te soltaré un pedo en la boca”.

Entre otros, se consignan ejemplos en la obra de Julio Cortázar, como cuando en la novela Un tal Lucas, trabaja el gran tema de qué hacer cuando se usan los servicios sanitarios en una casa ajena, el horror de la fetidez y los ruidos (una teoría de la domesticación del pedo, si se quiere). En el libro también se cita que en Ulises de James Joyce, Leopold Bloom “se tira pedos en el capítulo de las sirenas”. Hasta Samuel Beckett trabaja el asunto en su obra de teatro Mohillo en donde “discute la Antropología del Pedo”.

Un autor del que habla Molina Acevedo es Pierre-Thomas-Nicolas que en un ensayo de 1751 titulado “El arte de tirarse pedos”, dice: “Es en el mundo social donde el pedo puede tener sus mejores desarrollos, ya sea para iniciar una conversación, para hacer callar a un tertuliano fatigoso o como salida triunfal en una disputa dialéctica. Hay que ser claro: el pedo es un acto de afirmación existencial sólo al alcance de aquellos que han conquistado su libertad más allá de los prejuicios sociales”. Leo esto y pienso en mi hijo: un ser que está conquistando su libertad más allá de los prejuicios sociales.

En la mayoría de los casos literarios que recuerdo y en éstos que expuse anteriormente hay dos áreas en donde el pedo convoca su influencia: en la exageración que deviene humor y en el tratamiento intelectual o explicativo del hecho. En ambos hay menciones cortas, descripciones, a veces excéntricas, pero, sobre todo, son carreras a corta distancia. Es siempre, si se quiere, una parte de algo más. Vamos, en sí, no tiene un valor global o general, más bien es como una uña en el suelo, un remolino de pelo en la bañera, el vómito, los orines o la mierda. Sin embargo, su característica principal es que, si se es discreto, puede hacer su aparición en público (no así los miados o la mierda) sin convocar vergüenza o señalamiento (como el vómito) o dejadez (como cortarse las uñas o dejar cabello por todos lados). Si se hace con cuidado, no debes apartarte de los demás. Así, dejas tu impronta invisible sin ser acusado de nada. Violentas el mundo en silencio (a veces).

Sin embargo, el “fétido gas ‘innoble’”, o “punete” como lo llama mi hijo Dante, ¿es realmente literaturabilizable o, para no ser tan ambiciosos, al menos es dramatizable?

¿Por qué a los niños les provoca tanta risa el afán del pedo o, en menor medida, del eructo? ¿Qué sorpresa o asombro convocan esos aires animales que suscitan sus cuerpos? Si bien su descubrimiento del mundo pasa por sus bocas, manos, oídos y ojos, hasta que no caminan, desafiando las leyes de la gravedad o logran violentar el mundo tocándolo o moviendo objetos, su calidad es la de receptores. Y, quizá, además de cuando orinan o cagan, procesos que les enseñamos deben hacerse en un baño, en una zona privada, lo público de los pedos y eructos, en primer lugar, no tienen repercusiones  tan agresivas (“te orinaste en los pantalones, hay que cambiarte” y, si acaso, dependiendo de varias circunstancias sociales, casi siempre son aplaudidos o provocan risas. “El niño, la persona nueva, ha disparado hacia el mundo gases, ha externado el ejercicio de su cuerpo, ha incidido en el mundo desde su interior. Celebremos.”

El pedo o el eructo es un desafío social. Y, para ellos, es grato que, entre tanta prohibición, de vez en cuando puedan soltar los aires humanos y, dada la novedad, no sean regañados.

Sin embargo, como el gag cómico, como el humor rupestre sin progresión del drama, la problematización dramática de los gases es, casi, imposible.

Su duración y presumible anomalía se basan en el momento, en la ruptura de una supuesta tensión y, a la manera del haikú, estimula sólo el instante. No podemos, salvo casos específicos en la adolescencia, sostener la tensión dramática sobre el puente de los pedos. Siempre se disipa, siempre es preámbulo o fin de algo más. Es el remate. En ese sentido, podría volverse detonante de un conflicto o su término. Pero no su progresión. Por eso no existen novelas sobre el punete y quizá sí, al menos escenas, sobre lo que provoca el disparo o contención de uno.

Daniel Sada, para ejemplificar las grandes diferencias entre el humor simple y vacío y el humor dramático, contaba la siguiente situación: en un banquete de la realeza, todos ven cómo la reina llega, se dispone frente a la mesa, algún mayordomo se coloca  detrás de ella para ayudarla con la silla y, en el último momento, justo cuando la reina se va a sentar, le quita el asiento y la mujer se cae. Todo mundo suelta una risa o un esbozo de esta. El momento, si lo cuentas en público, también convoca a la risa. Es grato. La idea de aquel momento es divertida. El problema viene después: ¿Qué ocurre enseguida de la risa intuitiva e instintiva? ¿Qué pasa con la impresión general cuando el chiste pasa y hay que levantar a la reina porque se lastimó y porque, simple y sencillamente, es la reina? El hecho, entonces, tendrá consecuencias. Se inició el conflicto y aunque no imaginamos, de entrada, lo que ocurrirá después, lo intuimos. La escena siguiente no le dará risa a nadie. Y esto es lo que vale la pena ser narrado.

Así, el humor en literatura es el desarrollo de ese instante, fugaz en la literatura menor o en los chistes en una reunión familiar.

Lo mismo se puede decir de los pedos. Alguien se tira un pedo. Todo es risas y diversión. ¿Pero y después? Otro pedo, puede ser. Vamos, un pelotón de pedos. ¿Y luego? Si no pasa nada, si el drama se desvanece, como el gas, habrá sido un disparo al aire. Un momento a olvidar cuando el conflicto verdadero estalle. Quizá se convierta en un elemento de la tensión, sí. Pero nada más.

De ahí la falta de una considerable problematización en literatura y que, como en casi todos los casos, convoque dos vertientes: la caracterización en algún personaje que va de la mano con la descripción, afanosa o no, del fenómeno; o, por otra parte, la indagación casi intelectual, aunque casi siempre o sexual o humorística, de los gases.

Probablemente me equivoque porque no conozco toda la bibliografía al respecto, ni tampoco soy afecto a ella, pero me cuesta recordar una novela, quizá sí un cuento, en donde el pedo tenga una progresión dramática y no se trate, como lo expuse, de momentos.

En este sentido, el trabajo literario sobre el pedo es infinito, en cuanto a distancias cortas, pero escasamente inexplorado como centro dramático. De ahí, entonces, su valor relativo como asunto literario. Nace y se disipa de origen. Su naturaleza indica la no duración.

Tampoco tendríamos que preocuparnos por esto o afanarnos en construir tratando de hacerlo parte central. Quizá sea sólo un síntoma.

Por supuesto que el interés en este fenómeno, como en muchos casos, tiene que ver con la negación o amordazamiento social. Se habla en chiste del pedo, ya no como del eructo o mucho menos de asuntos como sonarse la nariz, porque aún existe una sanción en la comunidad si lo hacemos.

Probablemente en sociedades en donde la normalización del pedo sea una constante, la literatura en donde se hable de esto no promueva risa, y sólo se trate de un señalamiento costumbrista “normal”.

Externar el pedo, como todo lo que del cuerpo aún se oculta, es un acto de rebeldía contra lo establecido, contra lo no permitido. Y, como acto aislado de rebeldía, no sé si casi adolescente y primario, no ofrece un poder narrativo sustancial ni titánico.

Esto es: el día que en cualquier sociedad sea recibido como parte natural del cuerpo pederá su efecto y poco a poco desaparecerá este afán que hasta hoy pervive entre nosotros. Los personajes seguirán tirándose pedos y abrirán un momento de risa o incómodo pero hasta ahí. Se recompondrá la situación y pasará a otros temas dignos de una progresión dramática.

Por eso, cuando noto la existencia de un punete en una historia recuerdo la carcajada inocente de mi hijo y su candorosa intuición de querer ser. Advierto lo lejanos que estamos de una normalización del cuerpo y de sus consecuencias. La aparición del pedo, me parece, en lo social y en lo literario sigue siendo sorpresivo, a veces agreste y a veces feliz. La búsqueda del “punete literario”, no su mera descripción, sigue siendo la persecución de la ballena blanca. Quizá sea sólo un detalle menor de nuestra existencia. Quizá sea una revolución en sí misma que aún no explotamos.

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Todos los pedos posibles y ninguno

Probablemente fue a partir de Rabelais que existe la idea de que un pedo atorado puede llevarte a la muerte. Antes de Rabelais, los pedos eran inenarrables, comportamiento para futuros occisos. Un pudor oloroso ambientaba la historia antigua, derivado de civilizaciones que consideraban al pedo una suerte de inconsciente colectivo. Hay un pasaje en Gargantúa y Pantagruel, por ejemplo, donde Pantagruel se encuentra en una isla cuya gente no come más que puro aire y sufren de cólicos terribles, “pedorreándose mientras mueren, los hombres ruidosamente, las mujeres silenciosamente”.

Quienes conocen la obra de Gargantúa y Pantagruel, están en el entendido de que a los personajes principales les encantaba vivir de manera expansiva, comer y beber y festejar la sonrisa y la fantasía insólita de la perpetua aventura, misma que en muchas ocasiones derivaba en el absurdo o posiblemente en la extinción. Islas habitadas por pájaros que una vez fueron humanos, conversaciones insólitas con personajes que sólo responden en monosílabos, el espíritu de moral humanista no necesariamente cristiana (tan vilipendiada por ese pensamiento de otra clase de flatulencia engendrado por Nietzsche), explayado en una serie interminable de viajes, que culminan con Rabelais el narrador atrapado entre las muelas y el paladar del gigante, desde donde puede vislumbrar un poblado campesino en la región del esófago, rumbo al estómago, epicentro de la gasificación de esa cosa terriblemente humana llamada cuerpo.

Estos mismos conocedores están igualmente en el entendido de que este predicamento, su vida dedicada al goce, ponían a Gargantúa, a Pantagruel –y a Panurgo— en un perpetuo estado de alarma intestinal.

 

– ¿Alarma? Me pregunta el niño imaginario enseguida de mí mientras se quita sus lentes

– Efectivamente, chicuelo.

 

Sobre todo porque entienden que todos los pedos del mundo se reducen a uno, el estertor final de la muerte. En un pasaje del Quinto Libro, cuando Pantagruel llegó a la Isla de los Apedeftes, se encaminaron hacia un poblado llamado Odre, donde las personas estaban habituadas a desollarse para extraer la grasa de sus cuerpos porque no podían estar dentro de su piel. En una taberna cercana yacía el cuerpo del patrón, desollado hasta la revelación de sus entrañas desfondadas, que una vez reventadas expulsaron un ruido resonante que era el pedo de la muerte.

No, querido T.S. Eliot, sí morimos de una explosión, y no de un gemido. La explosión es el pedo, el último grito del cuerpo que expira.

¿A alguien le ha escupido diplomática pero agresivamente un becerro su boñiga cuando sus entrañas son abiertas? A mí sí. La vivencia no es abrumadora, es una gran lección, la gran lección rabelaisiana: la furia animal es también nuestra furia, y nuestra furia es nuestro gas, alimentado de los dóciles excesos y las fiestas eternas, la poetización del dolor interno que revolotea encabronado al interior de nuestros cuerpos y que, al final de nuestros días, después de ese suspirillo vulnerable de la conciencia que deja de respirar, el cuerpo procede a expulsar sus entrañas, esto es, a expulsar el alma encabronada y contenida, a la que nunca le hiciste caso.

La historia de los pedos de nuestras vidas siempre se ha tomado a la ligera a pesar de su densidad. ¿Quién no ha dejado esos aromáticos fantasmas de nosotros mismos en las tazas de los baños o en las butacas de un cine, en los rincones de tiendas departamentales o en la fila del cajero automático, que es, de todos los espacios posibles, el mayor inductor de pedos en la vida contemporánea? Rabelais fue el único que se lo tomó en serio. Me refiero al humor escatológico, que es al mismo tiempo el humor que deriva del comportamiento de nuestras entrañas y las visiones flatulentas del fin de los tiempos. El pedo se antepone, se impone, incluso, a prácticamente todas las vicisitudes existenciales de sus personajes. Ése es su estado de permanente alarma. Ése es nuestro estado actual.

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El sino de lo que no se disipa

Tus pedos estallan y se desvanecen.
Octavio Paz

De entre todos los eufemismos que existen para hablar de las flatulencias, el que más me gusta es pun. Sílaba pueril, sugerida a veces entre dientes, pun es una onomatopeya a medias: carece de la m que convertiría el acto en una explosión de consecuencias fatídicas, es casi una detonación pasivo-agresiva. Allí donde el pedo ─ “idea abstracta” lo llamó Borges en correspondencia con Bioy Casares, refiriéndose a un verso de Octavio Paz─ es puro ruido y furia, o la plumita silencio y letalidad, el pun puede gritar a “voz en cuello” (por decirlo de alguna manera), amenazar a los presentes con la señal funesta de un humo que terminará por sofocarlos, y luego disiparse sin más. ¡Paf! ¡Pun!

Sin embargo, ¿qué pasa cuando una flatulencia ni destruye ni se transforma?

Según Francois Rabelais, crea.

En el capítulo 27 de Les horribles et épouvantables faits et prouesses du très renommé Pantagruel Roi des Dipsodes, fils du Grand Géant Gargantua (Las hazañas y hechos horribles y espantosos del muy renombrado Pantagruel, Rey de los Dipsodas, hijo del gran gigante Gargantúa) de 1532, Rabelais cuenta ─como hace a lo largo de los cinco libros que componen su Gargantúa y Pantagruel,, a modo de parábola bíblica o crónica heroica─ el modo en que Pantagruel (panta en griego significa “todo”, y gruel en lengua morisca “sediento”), engendró “hombrecillos” con sus pedos.

Todo parte de un juego de palabras, iniciado por Pantagruel, para arengar a sus hombres a la batalla en lugar de fatigarse ociosamente por el banquete: “No hay más sombra que la de los estandartes, no hay más vapor que el de los caballos, ni más tintineo que el de los arneses”. Los dos gigantes que acompañan a Pantagruel, Epistemón y Panurgo, alteran el orden de la frase a su antojo, de modo que el último, antes de soltar un pedo, dice: “No hay más sombra que la de las cortinas, más vapor que el de los pechos, ni más tintineo que el de los cojones”.

Pantagruel, entonces, en declaración de poderío, se echa un pun que “hizo temblar la tierra en nueve leguas a la redonda, y con su aire corrompido engendró más de cincuenta y tres mil hombres pequeños, enanos y contrahechos; luego, de un follón, engendró otras tantas mujeres pequeñas y encorvadas (…). Eso fue lo que hizo Pantagruel. Los llamó pigmeos y los mandó a vivir en una isla cerca de allí, donde después se han multiplicado extraordinariamente. Pero las grullas les hacen continuamente la guerra, y de ellas se defienden valerosamente, porque esos pequeños cabos de hombres (…) son por naturaleza coléricos. La razón fisiológica está en que tienen el corazón cerca de la mierda”.

El sino de las flatulencias que no se disipan en humaredas de perfume venenoso es dar vida; su estallido, pues, es semejante al llanto de un bebé. Así, es en su capacidad creadora, indulgente lector, donde radica la gran diferencia entre un pedo y un pun. El primero es un abstracto de ruido y olor, el segundo, bien echado ─como algunos dados─ es tangible en su vocación artística.

Incluido Rabelais, palabra a palabra, los gigantes se echan punes.

Que no les venga Ulises con mentiras.

Patricio J. Gómez Garcés

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La música del culo

Lo sabemos, el reguetón mueve al perreo. La intención principal de este género no es conmover hasta las lágrimas ni alimentar la teoría musical. Todo va dirigido a las nalgas y su temblor. Es la música del culo, en muchos sentidos.

Para algunos es mierda, yo pienso que apenas es un flato. Quiero decir que encuentro otros géneros más intransitables que el reguetón. Por ejemplo, la banda me despedorra mucho peor. No hay nada más horrible que escuchar a un grupo de metales desafinados a todo volumen. Y ya sé que no todos los músicos de banda tocan igual, pero al final, un género se define por lo que se escucha masivamente y lo común es que cada integrante ha decidido tocar notas en distintas escalas porque a nadie le importa. En serio, a nadie le importa porque el público, a estas alturas, ya está pedo.

Así, el reguetón, aunque tiene representantes con habilidades discursivas más que respetables, el grueso del género es un pedo apestoso. No nos confundamos, aquí no hay odio, porque tampoco es para tanto, pero de que está limitado y no llegará más allá de las pistas de baile es un hecho.

Lo anterior va para aquellos que opinan que es tan importante como el punk o el hip hop, géneros que transformaron no sólo la música en su momento y que sus ondas siguen afectando la creación actual, sino también llegaron más allá, a la misma cultura popular.

Para todos ellos: no, tarados, el reguetón no lo logrará, su influencia, al igual que la música disco, a pesar de vender millones, se desvanecerá eventualmente y quedará en la memoria como un recuerdo simpático pero vergonzoso. Como cuando todos bailábamos la Macarena en las fiestas porque sí, porque ya estábamos pedos y todos lo hacían.

Dejando claro eso, permítanme analizar el movimiento de cadera característico del reguetón.

La idea, por lo que he observado, requiere seguir el ritmo básico de cualquier canción del género. La gran mayoría de los ritmos para bailar se cuentan en 2/4, el reguetón no es la excepción. Y la parte fundamental del perreo es el primer tiempo, el más fuerte. Así, las bailarinas de reguetón saben que los tranques, que son los quiebres de cintura hacia atrás o hacia adelante, se hacen siempre en el uno.

Una habilidad más que tienen las bailarinas de reguetón es mover la cadera en círculo girándola en una dirección, mientras el resto del cuerpo va en sentido contrario. Es hipnótico. Quiero decir que esas nalgas pueden distraer hasta al más aburrido y concentrado lector de enciclopedias.

Otro movimiento fundamental es descender poco a poco mientras las nalgas vibran en un movimiento rítmico hacia adelante y hacia atrás. Ignoro cuáles son los músculos que uno debe manipular para logar ese meneo. Puedo afirmar con toda seguridad que nunca lo aprenderé pero que prefiero mantenerlo como un misterio más de las pistas de baile, junto al shuffle y las habilidades para conquistar mujeres a través de la danza.

Esta ineptitud para comprender los movimientos fundamentales del reguetón me lleva a la siguiente idea: sé que los hombres también bailan reguetón, pero pienso que es una forma de expresión casi exclusivamente femenina.

Así, me parece natural la defensa que hacen las feministas del perreo, sin importar que las letras tengan fuertes tintes misóginos. Así es, no veo contradicción entre el perreo, el feminismo y las letras. Al final, estamos hablando de música y la crítica principal debe ser estética y no moral.

Por eso pienso que es similar a un pedo, causa placer aventárselos y duran casi nada. Algunos argumentarán que van más de 15 años de reguetón sonando con insistencia en el mundo. Yo diré que los flatos nunca se acaban y eso no los hace más valiosos en general.

Desde esa perspectiva, perrear un poco, no debería afectar a nadie, así como echarse unas pestes airosas libera el estómago y alegra el alma, menear el culo mientras suena un ritmo machacón y simple aleja el estrés y despierta la sexualidad. Eso sí, no más de media hora de reguetón, por favor, que algunos no experimentamos la felicidad por periodos tan largos.

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